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11 Aug
11Aug

De una posible acción limitada a la batalla por la cohesión aliada y la comunicación estratégica de Washington.


Imagen destacada de un tablero redondo de ajedrez con piezas azules y rojas simbolizando la capacidad estratégica y disuasiva de la OTAN y Rusia.

Hay guerras que comienzan cuando se dispara el primer misil. Y hay otras que pueden comenzar mucho antes: cuando un adversario decide averiguar cuánto puede avanzar sin obligar al otro a responder. Esta segunda posibilidad es la que vuelve particularmente inquietante una nueva evaluación de inteligencia estadounidense sobre Rusia.

Según informó The Wall Street Journal el 7 de agosto, funcionarios estadounidenses describieron un cambio en las evaluaciones sobre la posibilidad de que Vladimir Putin intente poner a prueba la determinación de la OTAN mientras continúa la guerra en Ucrania. Los escenarios contemplados abarcan desde un ciberataque hasta el empleo de grupos armados sin identificación clara y, en el extremo más grave, una incursión terrestre limitada contra territorio aliado. El horizonte temporal señalado se extiende desde el otoño de 2026 hasta 2029. El propio reporte considera que el escenario de una incursión terrestre es el menos probable, aunque ésta aumentaría con el tiempo.

La noticia no dice que Rusia haya decidido atacar a la OTAN. Tampoco, que exista un plan ruso conocido para invadir Europa. Lo que ha cambiado es algo más sutil. Washington considera plausible que Moscú pueda intentar comprobar cómo respondería la Alianza ante una agresión que no necesariamente comenzara como una guerra convencional. 

El verdadero problema es que no se trata solamente de saber si la OTAN puede combatir, sino de saber cuándo decidirá que debe hacerlo.


El valor estratégico de una provocación limitada

Una invasión convencional tiene una característica incómoda para quien pretende poner a prueba a una alianza defensiva: elimina rápidamente buena parte de la ambigüedad. Los tanques cruzando una frontera, una fuerza aérea atacando instalaciones militares o una ocupación territorial abierta difícilmente pueden confundirse con otra cosa.

Una acción limitada o híbrida es diferente, un ciberataque puede generar discusiones sobre atribución, un sabotaje puede plantear dudas sobre quién lo ejecutó y un grupo armado sin distintivos puede generar incertidumbre sobre quién está detrás de él. Incluso un incidente militar localizado puede producir, durante sus primeras horas, más preguntas que respuestas: ¿fue deliberado?, ¿quién lo ordenó?, ¿fue una operación oficial?, ¿se trata de una provocación o accidente?, ¿constituye un ataque armado?, ¿debe responder toda la Alianza? y ¿qué clase de respuesta sería proporcional?

En ese espacio entre el hecho y su interpretación aparece una variable estratégica que normalmente permanece oculta cuando se habla de poder militar: el tiempo político de la decisión, una acción limitada podría no buscar necesariamente conquistar grandes cantidades de territorio, podría buscar información sobre la velocidad de reacción de la OTAN, sobre la disposición de sus gobiernos a asumir riesgos y la interpretación que cada aliado haga del incidente. Pero, sobre todo, la capacidad de los 32 miembros de la Alianza para llegar rápidamente a una posición común.

Ésa es la esencia de una prueba. No necesariamente derrotar al adversario, sino descubrir cómo piensa.


El umbral que todos conocen, pero no siempre de la misma manera

En el imaginario popular, el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte parece funcionar como un interruptor: agresión contra uno, respuesta de todos. La realidad jurídica y política es algo más compleja; la OTAN establece que el precepto se refiere a un "ataque armado", pero también señala que determinar qué constituye ese ataque debe hacerse caso por caso. Además, la Alianza reconoce que determinados ciberataques significativos y otras acciones híbridas puede llegar a considerarse un ataque armado.

Y hay otra precisión importante. El Artículo 5 no prescribe automáticamente una determinada respuesta militar. Cada aliado se compromete a prestar asistencia adoptando las medidas que considere necesarias, que pueden incluir el empleo de la fuerza armada. Eso significa que el Artículo 5 no elimina por completo el espacio político. Lo organiza.

La obligación colectiva existe, pero la naturaleza y magnitud de la respuesta siguen dependiendo de decisiones políticas adoptadas por los aliados. Por eso, la pregunta estratégica ante una provocación limitada no sería simplemente ¿se activa o no el Artículo 5? La pregunta más difícil sería: ¿cuándo una acción hostil alcanza el umbral de un ataque armado y qué respuesta colectiva resulta necesaria, proporcional y políticamente sostenible? Ahí comienza la verdadera prueba.


Mapa limpio del flanco oriental —Báltico, Polonia, Rumania y zona del mar Negro— señalando visualmente la proximidad entre Rusia y los miembros orientales de la OTAN.
The new Iron Curtain - New Statesman

La zona gris como instrumento de presión

Durante décadas, la estrategia militar tendió a imaginar la guerra como una secuencia relativamente reconocible: paz, crisis, conflicto. Este modelo resulta cada vez menos adecuado porque la competencia contemporánea permite actuar por debajo del umbral de una guerra convencional mediante ciberataques, sabotaje, operaciones de influencia, interferencias y otras formas de presión.

La propia OTAN reconoce que los aliados enfrentan una presión continua por debajo del umbral del conflicto armado, incluyendo ciberataques, manipulación informativa, interferencia política, sabotaje de infraestructura crítica y otras actividades híbridas. También advierte que estas acciones pueden generar miedo, erosionar la confianza y tensionar a la Alianza.

La zona gris, por tanto, no es un territorio situado fuera de las reglas. Es un espacio donde la incertidumbre se convierte en una variable estratégica que puede ser explotada.

Una agresión pequeña puede obligar al adversario a deliberar. Una grande puede obligarlo a responder. Entre ambas existe un espacio mucho más complejo: aquel en el que la víctima necesita decidir si responder con firmeza puede generar una escalada mayor que la provocación original, pero no responder puede enviar al agresor la señal de que el costo de continuar es aceptable. Ése es el dilema.


La cohesión también es poder militar

El Wall Street Journal atribuyó a funcionarios estadounidenses la valoración de que, si Rusia atacara a un miembro de la OTAN mientras continúa la guerra en Ucrania, el objetivo sería fracturar la Alianza. La afirmación merece atención porque modifica nuestra manera de interpretar una eventual provocación.

Si el objetivo fuera simplemente territorial, el territorio conquistado sería la principal medida del éxito. Pero si fuera político, la medida podría ser la divergencia entre los aliados: ¿cuánto tardarían en ponerse de acuerdo?, ¿todos considerarían el incidente de la misma manera?, ¿estarían todos dispuestos a asumir el mismo nivel de riesgo?, ¿interpretarían de igual forma la proporción de una respuesta? y sobre todo, ¿seguirían considerando que la seguridad de un aliado amenazado forma parte de su propia seguridad?

Una alianza multinacional posee una enorme ventaja: suma capacidades militares, económicas, tecnológicas y políticas. Pero esa misma estructura introduce una exigencia que un Estado individual no tiene en la misma medida; debe convertir capacidades diferentes en una decisión colectiva creíble.

Por eso la cohesión no es un elemento decorativo de la OTAN. Es parte de su poder de disuasión.

Allied Command Transformation lo expresa de manera clara: 

una disuasión eficaz requiere capacidad, credibilidad, cohesión y comunicación, y debe estar orientada a modificar el cálculo de decisión del adversario.


Del tripwire a la defensa avanzada

La OTAN conoce desde hace mucho tiempo el problema. Después de la anexión rusa de Crimea en 2014 y tras la invasión a Ucrania en 2022, la Alianza incrementó sus fuerzas de alta disponibilidad y reforzó su presencia militar en el flanco oriental. La propia Organización señala que este esfuerzo incluye fuerzas terrestres multinacionales avanzadas, defensa aérea y antimisiles, así como otras capacidades destinadas a reforzar la defensa colectiva. En sus primeras etapas, la presencia avanzada multinacional cumplía también una función que en la literatura estratégica se conoce como tripwire: hacer evidente que una agresión contra un aliado implicaría desde el comienzo a fuerzas de otros miembros.

La lógica era sencilla. Si fuerzas de distintos aliados se encontraban desplegadas junto a las fuerzas nacionales de un Estado del flanco oriental, una agresión contra ese país difícilmente podría permanecer como un conflicto exclusivamente bilateral. El agresor tendría que asumir desde el primer momento la posibilidad de afectar a varios miembros de la Alianza. Con el tiempo esa lógica evolucionó hacia una defensa más robusta...

hacia una postura que combina fuerzas desplegadas, refuerzos rápidos, equipos preposicionados y capacidad para escalar formaciones hasta brigada. Esto está documentado directamente por la OTAN. 

La cuestión ya no consiste únicamente en garantizar que habrá fuerzas aliadas presentes cuando comience una agresión. Consiste también en impedir que el agresor pueda crear rápidamente un hecho consumado. Es la lógica de la disuasión por negación: no solamente amenazar con castigar al adversario, sino reducir su posibilidad de alcanzar aquello que pretende conseguir.

La postura actual de la OTAN combina capacidades nucleares, convencionales y de defensa antimisiles, complementadas por elementos espaciales y cibernéticos. La Alianza afirma que está reforzando significativamente esa postura como respaldo de su compromiso de defensa colectiva. Esta evolución adquiere especial relevancia frente a una posible estrategia de prueba porque si Rusia quisiera comprobar hasta dónde puede avanzar, la respuesta de la OTAN no puede limitarse a prometer que reaccionará después.

Debe convencer al adversario de que el hecho consumado no funcionará.


La disuasión también se libra con palabras

Aquí aparece una dimensión menos visible, pero posiblemente tan importante como las fuerzas desplegadas. La disuasión no depende exclusivamente de las armas. Allied Command Transformation define tres elementos fundamentales de la disuasión: capacidad, credibilidad y comunicación. La capacidad permite negar beneficios o imponer costos, la credibilidad demuestra resolución y la comunicación transmite intenciones, umbrales y consecuencias. La propia OTAN vincula la disuasión con la preservación de la cohesión aliada y la gestión de la escalada.

La idea es poderosa. Una capacidad militar que el adversario no percibe puede tener menos efecto disuasorio. Una amenaza que el adversario no considera creíble puede resultar inútil, una capacidad y voluntad real que no se comunica adecuadamente pueden dejar espacio para una interpretación equivocada. Por eso, la comunicación forma parte del poder... Y aquí regresamos a la noticia que dio origen a este análisis.


Infografía circular con un centro que represente disuasión, y flechas bidireccionales mostrando que las cuatro dimensiones de capacidad, credibilidad, cohesión y comunicación.

¿Por qué hacer pública una evaluación de inteligencia?

Sabemos que la evaluación estadounidense llegó al conocimiento público a través de información publicada por The Wall Street Journal. Lo que no sabemos es algo mucho más importante: cuál fue exactamente la intención de Washington al permitir que esa información llegara a la prensa. No existe evidencia pública suficiente para afirmar que la divulgación haya sido diseñada específicamente para disuadir a Vladimir Putin; y sería metodológicamente incorrecto convertir una posibilidad en una certeza.

Pero existe otra pregunta que sí podemos formular: ¿qué efecto estratégico puede producir una divulgación de esta naturaleza, independientemente de cuál haya sido la intención original? La respuesta puede ser significativa. Al hacer visible que Washington contempla la posibilidad de una prueba rusa, Estados Unidos también hace visible que ese escenario está siendo observado.

El mensaje potencial no necesita formularse explícitamente. Podría resumirse así: "sabemos que existe esta posibilidad. La estamos estudiando. Estamos preparándonos para ella". Eso puede modificar el cálculo del adversario. Pero aquí aparece una paradoja. La misma señal que pretende disuadir puede ser interpretada como una señal de preparación para el conflicto... Y una señal de preparación puede provocar una nueva preparación del adversario.

Entonces: señal → percepción → reacción → contra-reacción en la comunicación estratégica no garantiza la disuasión. Puede producirla, pero también puede contribuir a la escalada.


La guerra antes de la guerra

Ésta es quizá la dimensión más inquietante del escenario. La propia OTAN sostiene que una disuasión eficaz exige controlar el camino entre la paz y el conflicto e impedir que un adversario tome la iniciativa de maneras capaces de fracturar el centro de gravedad de la Alianza. También reconoce que, en el entorno estratégico actual, la escalada ya no es necesariamente lineal, predecible ni confinada a un solo dominio. 

Eso significa que el momento decisivo puede llegar antes del primer combate, cuando un adversario intenta descubrir cuál es el límite de la respuesta, cuando los aliados intentan determinar qué constituye una agresión, cuando Washington decide cuánto de su evaluación debe permanecer secreto y cuánto puede ser comunicado, y puede aparecer incluso cuando Moscú intenta interpretar qué significa la preparación militar occidental.

La guerra, en ese sentido, puede comenzar como una competencia de percepciones. Rusia intenta calcular qué hará la OTAN y ésta intenta calcular qué pretende Rusia. Los aliados intentan calcular qué harán los demás aliados y todos intentan evitar interpretar equivocadamente las intenciones del adversario... Es una ecuación extraordinariamente peligrosa porque cada actor toma decisiones no solamente a partir de lo que el otro hace, sino de lo que cree que el otro hará después.


El factor Ucrania: Presión no significa causalidad

Las nuevas evaluaciones estadounidenses aparecen, según los funcionarios citados por The Wall Street Journal, en un contexto de creciente presión sobre Putin: dificultades para obtener los avances que busca en Ucrania, fuertes pérdidas y ataques ucranianos que han afectado capacidades militares y la industria petrolera rusa. Pero aquí también conviene resistir la tentación de construir una explicación demasiado sencilla. Que Rusia se encuentre bajo presión no demuestra que vaya a atacar a la OTAN.

Incluso podría sostenerse el razonamiento contrario: abrir un nuevo frente de confrontación con una alianza militar de 32 países implicaría riesgos extraordinarios. Por eso, la presión sobre Moscú debe entenderse como un factor potencial dentro del cálculo estratégico ruso, no como una causa demostrada de una eventual agresión. La diferencia no es semántica, es la diferencia entre análisis e imaginación.


Diagrama que representa la posibilidad de atacar, activar el Artículo 5 de la OTAN, llegando al umbral tolera

El verdadero problema no es si Rusia cruzará el umbral

La pregunta más interesante quizá no sea si Rusia atacará a la OTAN entre 2026 y 2029. No tenemos elementos para afirmarlo. Tampoco sabemos si una acción de esa naturaleza forma parte de un plan ruso. La propia evaluación estadounidense habla de posibilidades y escenarios, no de una decisión tomada. La cuestión verdaderamente estratégica es otra: ¿qué ocurre si Moscú intenta averiguar dónde está el umbral antes de decidir si lo cruza?

Ahí convergen todas las piezas. Una acción limitada puede generar incertidumbre. La incertidumbre puede exigir una decisión política. La decisión política puede poner a prueba la cohesión. La cohesión condiciona la credibilidad y la credibilidad determina, en última instancia, buena parte del efecto disuasorio.

La OTAN intenta responder a ese problema mediante capacidades avanzadas, defensa colectiva, resiliencia y comunicación. Washington puede contribuir haciendo visible que determinados escenarios ya están siendo contemplados. Pero ninguna de esas herramientas elimina completamente el riesgo de una mala interpretación. Porque la disuasión tiene una paradoja inevitable: para impedir que el adversario ataque, hay que convencerlo de que se responderá; pero para no provocar una escalada, hay que evitar que esa misma señal sea interpretada como una intención de atacar. Ese es el delicado equilibrio.


Diagrama de flujo circular con 4 nodos conectados: provocación, deliberación, cálculo ruso y cohesión en la respuesta.

La batalla que comienza antes del primer disparo

Quizá por eso la próxima crisis entre Rusia y la OTAN, si alguna vez ocurre, no comenzará necesariamente con una columna de blindados atravesando una frontera. Podría iniciar con algo mucho más pequeño: un ciberataque, un sabotaje, una incursión, un grupo armado sin identificación o un incidente cuya autoría tarde horas o días en esclarecerse. Y mientras los gobiernos investigan, consultan y deliberan, habrá otro conflicto desarrollándose por determinar qué significa lo ocurrido.

Ése es el verdadero valor estratégico del umbral. Rusia podría intentar descubrir cuánto puede acercarse a él sin provocar una respuesta colectiva inequívoca. La OTAN necesita demostrar que ese cálculo no ofrece una ventaja, y Washington puede intentar influir en esa percepción mediante sus capacidades militares, diplomáticas y comunicativas.

No sabemos si la reciente divulgación de la evaluación estadounidense fue concebida específicamente para disuadir a Moscú. No existe evidencia pública suficiente para afirmarlo. Pero sí sabemos que, para la propia OTAN, la disuasión exige mucho más que disponer de fuerzas militares: requiere capacidad, credibilidad, cohesión y comunicación. Es ahí reside la verdadera prueba, no solamente en la capacidad de responder a una agresión, sino en conseguir que el adversario crea que esa respuesta será colectiva y creíble, sin convertir al mismo tiempo esa señal en una invitación a la escalada.

La OTAN está reforzando su flanco oriental precisamente para reducir ese margen de cálculo. Sus nueve battlegroups multinacionales, apoyados por refuerzos rápidos, capacidades aéreas y antimisiles, equipos preposicionados y estructuras de mando reforzadas, buscan hacer visible que una agresión contra un aliado no comenzaría contra un Estado aislado. Por eso, la cuestión decisiva quizá no sea si Rusia cruzará el umbral. Es si llegará a la conclusión de que no puede acercarse a él sin pagar un precio que no está en condiciones de controlar.

En una confrontación entre potencias nucleares, ésa es la esencia de la disuasión, no ganar una guerra. Es evitar que el adversario crea que puede comenzar una sin perder el control de ella y, quizá sea la verdadera batalla que ya ha comenzado: no por el territorio que Rusia pueda ocupar, sino por la incertidumbre que consiga generar antes de hacerlo.


Metodología y transparencia


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