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23 Apr
23Apr

Cuando el control del Estrecho de Ormuz se convierte en la prueba decisiva de la primacía estadounidense y el umbral del orden multipolar.


Versión actualizada al 04 de agosto de 2026 

Ensayo


El mantenimiento (o la pérdida) del control efectivo sobre el Estrecho de Ormuz funciona como un indicador crítico de la primacía estadounidense. Un fracaso estratégico de EE.UU. en este teatro podría generar un efecto cascada que debilitará su capacidad de disuasión en Asia (especialmente en el Mar de China Meridional), erosionará la cohesión de sus alianzas en Europa y aumentará la disposición de potencias revisionistas a desafiar el orden internacional posterior a 1945.


Águila estadounidense translúcida y fragmentada sobre el Estrecho de Ormuz con petroleros, simbolizando la erosión de su hegemonía global.

A comienzos de agosto de 2026, el Estrecho de Ormuz sigue siendo un campo de disputa a media intensidad. Los memorandos de entendimiento se firman y se rompen, los ataques con drones y misiles se suceden en ciclos de represalia y, el tráfico marítimo oscila entre recuperaciones parciales y caídas abruptas. Lo que comenzó como una campaña para degradar las capacidades nucleares y misilísticas de Irán se ha transformado, casi sin que nadie lo planeara del todo, en una lucha por el control de uno de los principales nodos de la economía global. 

En este escenario, las palabras del general retirado Wesley Clark adquieren un peso particular: el conflicto dejó de ser regional y se convirtió en una prueba existencial de la hegemonía estadounidense

Esto es lo que denominamos hegemonía logística: el control efectivo de los principales chokepoints marítimos y cadenas de suministro globales, que permite a una potencia imponer costos prohibitivos a sus rivales y garantizar la estabilidad del orden económico internacional.

La lógica de Clark es dura y clara. Permitir que Irán mantenga una capacidad real de interrumpir o condicionar el paso por el Estrecho no constituye un revés táctico, sino una herida estratégica permanente. Dañaría la disuasión estadounidense, debilitaría su influencia en Asia y socavaría la seguridad de Europa. Un retiro o un acuerdo subordinado enviaría una señal inequívoca de debilidad a China y Rusia. En otras palabras, el orden internacional construido después de 1945 se vería cuestionado en su propio corazón marítimo

Así, entendemos por disuasión marítima sistémica se concreta como la capacidad de una potencia para proyectar fuerza y credibilidad en los principales chokepoints oceánicos, disuadiendo a rivales de desafiar el orden de navegación libre a escala global.

Esta lectura encuentra eco en análisis contemporáneos. El historiador Alfred McCoy ha comparado estratégicamente el episodio con la crisis de Suez de 1956, no como una equivalencia histórica. Entonces, Egipto, militarmente inferior, cerró el canal y forzó a Gran Bretaña a negociar en términos que aceleraron el fin de su imperio. 

Hoy, Irán, con drones baratos y una geografía favorable, ha demostrado que puede convertir un estrecho vital en instrumento de coerción estratégica, geográfica y persistente, de uso prolongado y deliberado para imponer costos económicos y políticos continuos a adversarios superiores sin necesidad de una victoria militar convencional. El resultado, según McCoy, es una “disminución sustancial del liderazgo global estadounidense”.³ 

Las consecuencias sistémicas se despliegan en varias capas. En primer lugar, la credibilidad de la disuasión extendida se erosiona. Si la potencia que durante décadas garantizó la libertad de navegación en el principal chokepoint energético del planeta no puede restaurarla de manera convincente, los aliados en el Indo-Pacífico y en Europa comienzan a recalcular. Japón, Corea del Sur y los Estados del Golfo ya enfrentan costos energéticos y de seguros elevados. La tentación de hedgear —buscar garantías alternativas o mayor autonomía— crece.⁴

En segundo lugar, China emerge como ganadora relativa. Gracias a sus reservas estratégicas, a la expansión de renovables y a su capacidad de absorción de choques, Pekín ha soportado la disrupción mejor que la mayoría. Al mismo tiempo, el episodio le permite presentar a Estados Unidos como el actor desestabilizador cuya intervención genera costos globales. Cada semana que el Estrecho permanece bajo tensión refuerza la narrativa china de un orden unipolar en declive y de la necesidad de un sistema multipolar.⁵

Rusia también obtiene dividendos. El cierre intermitente eleva los precios de la energía y refuerza la importancia de las rutas terrestres y de los oleoductos que Moscú controla o influencia. La crisis valida, en la práctica, la tesis revisionista de que los chokepoints pueden convertirse en armas asimétricas eficaces contra una potencia superior.⁶

La capacidad de garantizar la libertad de navegación en los grandes chokepoints constituye hoy una medida observable de la primacía global.

Más allá de las potencias, el precedente es peligroso. Si un Estado de tamaño medio puede imponer costos sistémicos mediante el control de un estrecho, otros actores con geografía favorable —desde los hutíes en Bab el-Mandeb hasta potencias con pretensiones sobre el Estrecho de Malaca o el de Taiwán— tomarán nota. El principio de libertad de los mares, pilar del orden liberal, se debilita. La navegación deja de ser un bien público garantizado y se convierte en un privilegio negociable o disputable.⁷

El carácter relativamente permanente de estas consecuencias radica en la naturaleza de la señal enviada. La hegemonía no se sostiene solo por capacidad material, sino por la creencia generalizada de que la potencia dominante puede y está dispuesta a imponer costos prohibitivos a quienes desafían las reglas. Cuando esa creencia se quiebra en un nodo crítico, la reparación es lenta y costosa. Incluso si el tráfico eventualmente se normaliza, la percepción de vulnerabilidad permanece. 

Los seguros se mantienen elevados, las rutas alternativas se aceleran, las potencias medianas diversifican sus alianzas y los rivales ajustan al alza su tolerancia al riesgo.⁸

Es el punto crítico en el que el control o la pérdida de un chokepoint vital determina si una potencia mantiene o cede su primacía global sobre las rutas comerciales y energéticas del planeta. Es el umbral hegemónico marítimo.

Al 2 de agosto de 2026, el conflicto aún no ha producido un desenlace definitivo. Estados Unidos continúa golpeando infraestructura costera iraní; Teherán insiste en su derecho a regular el paso; el petróleo oscila según el último ciclo de ataques y pausas. Pero el daño a la imagen de invulnerabilidad estadounidense ya está hecho. Lo que Clark denominó “pensamiento duro” no es solo una evaluación militar: es el reconocimiento de que, en la geopolítica de los chokepoints, una derrota estratégica puede reconfigurar la distribución del poder global de manera más profunda y duradera que muchas victorias tácticas.

El Estrecho de Ormuz se ha convertido en el espejo en el que se refleja el estado real de la primacía estadounidense. El reflejo, por ahora, no es el de una potencia que impone su voluntad sin contestación, sino el de una potencia que lucha por recuperar lo que antes daba por garantizado. Y en la política internacional, lo que una vez se pierde en el terreno de las percepciones rara vez se recupera por completo.


Argumentación

Cabría objetar que Estados Unidos nunca aspiró a un control absoluto del Estrecho, sino solo a degradar las capacidades iraníes de interdicción, o incluso que un nivel controlado de tensión podría resultarle estratégicamente conveniente al mantener a Teherán bajo presión y justificar la presencia militar permanente. 

Sin embargo, estas lecturas subestiman el efecto sistémico de la señal enviada: cuando una potencia que históricamente garantizaba la libertad de navegación no logra restaurarla de forma creíble, el daño no se mide solo por los objetivos militares declarados, sino por la erosión de la percepción de invulnerabilidad hegemónica. 

Incluso una estrategia deliberada de “tensión gestionada” termina reforzando, ante aliados y rivales, la idea de que el umbral de respuesta estadounidense es más alto y más costoso de lo que se creía, acelerando los mismos realineamientos que la hipótesis principal anticipa.



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