07-05-2026
En un solo mes, el tránsito de buques por el estrecho de Ormuz colapsó un 97%. El 25% del petróleo marítimo global, el principal sustento energético de la economía mundial dejó de fluir.
No fue un accidente ni una tormenta: fue la manifestación más cruda de una nueva era geopolítica en la que el poder ya no se mide solo en ejércitos desplegados ni en arsenales nucleares, sino en la capacidad de cortar el suministro energético del adversario.
El 10 de marzo de 2026, la United Nations Conference on Trade and Development (UNCTAD) publicó el informe Strait of Hormuz disruptions: Implications for global trade and development, en el que advirtió que "el estrecho de Ormuz es uno de los puntos de estrangulamiento marítimos más críticos del mundo, por donde transita alrededor de una cuarta parte del comercio mundial de petróleo transportado por vía marítima, además de volúmenes significativos de gas natural licuado y fertilizantes".
El análisis reveló que "los tránsitos de buques a través del estrecho cayeron aproximadamente un 95%, mientras que los precios del petróleo y el gas, las tarifas de flete de los petroleros, los costos del combustible marino y las primas de los seguros de riesgo de guerra se dispararon.
Datos posteriores precisaron una caída del 97%, lo que equivale a una paralización casi total del tráfico por este corredor.
El shock energético fue inmediato. Entre el 27 de febrero y el 9 de marzo, los precios internacionales del crudo y del gas natural licuado se dispararon 27% y 74 % respectivamente.
A ello se sumó un incremento del 58.8% en el precio del combustible marino de alto contenido de azufre y del 92.3% en el de bajo contenido, según los paneles de seguimiento de la UNCTAD.
La conexión entre energía, fertilizantes y alimentos explica el efecto cascada. La UNCTAD subrayó que alrededor de un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes —unos 16 millones de toneladas— transita por Ormuz, lo que eleva el riesgo de una crisis alimentaria para los países más pobres, particularmente aquellos que ya enfrentan altos niveles de deuda y escaso margen fiscal.
La disrupción pasó, en palabras de la propia UNCTAD, "del gas al grano".
Los bloqueos en Ormuz, el mar Rojo y las disrupciones derivadas de la guerra en Ucrania no puede interpretarse como una coincidencia fortuita. Es decir, como se analizó detalladamente en la crisis del Mar Rojo de 2024-2026, estas interrupciones no son sucesos aislados.
Constituyen la materialización de una doctrina de seguridad nacional basada en la interdicción asimétrica: infligir daño desproporcionado al adversario mediante la interrupción selectiva de sus líneas de suministro, sin necesidad de librar una guerra total.
Estados Unidos ha venido telegrafiando esta estrategia. Los analistas del Pentágono llevan años advirtiendo que el talón de Aquiles de China es su dependencia de las importaciones energéticas a través del Índico y el Sudeste Asiático.
La reorientación de la presencia naval estadounidense hacia el cerco de los nodos críticos —Gibraltar, el Canal de Panamá y el estrecho de Malaca— responde a esa misma lógica.
La crisis de 2026 demuestra que el instrumento funciona: la capacidad de proyectar poder sobre un punto de estrangulamiento produce efectos económicos más devastadores y más rápidos que cualquier paquete de sanciones.
El mecanismo es sencillo. Según la consultora Ocean Capital Partners, el cierre de Ormuz afecta al 10.7% de la flota mundial de portacontenedores, un segmento que transporta aproximadamente el 4.5% del valor total del comercio global.
Las navieras han respondido con recargos de emergencia que oscilan entre 1,800 y 3,800 dólares por contenedor, y las aseguradoras han cancelado masivamente las coberturas por daños de guerra.
El resultado es un shock inflacionario que se transmite a través de los precios de la energía, los alimentos, los fletes y, finalmente, el crédito.
La idea de que el comercio mundial se está "desglobalizando" es imprecisa. Lo que revelan los datos no es una contracción absoluta, sino una reconfiguración en función de las afinidades geopolíticas.
Según McKinsey, más del 30% del comercio global podría migrar entre corredores para 2035, acelerado por la inestabilidad en Oriente Medio y el aumento de los aranceles.
El corredor EE.UU-China se ha contraído significativamente, con una caída del comercio bilateral en 2025 que redibuja el mapa del transporte marítimo mundial.
Mientras tanto, las exportaciones chinas hacia otros destinos —particularmente el Sur Global— siguen creciendo con un aumento de los envíos de insumos industriales superior a los 175 mil millones de dólares en 2025.
La UNCTAD proyecta que la desaceleración del comercio global de mercancías será severa, pasando de un crecimiento del 4.7% en 2025 a apenas un 1.5%-2.5% en 2026, arrastrada por el shock de Ormuz y sus efectos colaterales.
Las economías en desarrollo cargan con la peor parte:
La asfixia logística opera con una lógica profundamente asimétrica. Las grandes potencias disponen de:
Las economías del Sur Global carecen de estos amortiguadores.
La UNCTAD ha sido explícita: "En un momento de marcada fragilidad, la desescalada y el restablecimiento de la estabilidad son fundamentales".
Pero el informe también anticipa que si persisten las interrupciones en Ormuz, "el sufrimiento irá mucho más allá de la región, traduciéndose en dificultades económicas generalizadas".
En la práctica, esto significa que países del África subsahariana, del sur de Asia y de América Latina, que ya enfrentan elevados servicios de deuda, se verán abocados a una tormenta perfecta de inflación importada, restricción crediticia y pérdida de acceso a insumos agrícolas.
El precedente de 2022, cuando la guerra en Ucrania disparó los precios del trigo y los fertilizantes, demostró que estos shocks no son abstractos:
La interrupción de Ormuz agrava esa dinámica al añadir la dimensión energética y logística, comprimiendo aún más el margen de maniobra de los Estados más frágiles.
La crisis de 2026 marca un punto de inflexión. Durante décadas, la teoría de las relaciones internacionales asumió que la interdependencia económica desincentivaba el conflicto, porque los costos de la disrupción eran compartidos.
La guerra en Irán y el cierre de Ormuz demuestran lo contrario: la interdependencia no inhibe la agresión, sino que la convierte en un arma de precisión.
El control de los puntos de estrangulamiento marítimos ha dejado de ser un concepto de la geografía estratégica para convertirse en la palanca central del poder geoeconómico.
La doctrina de la interdicción asimétrica no busca conquistar territorios ni manufacturas; busca cortar el oxígeno energético del rival. Y en un mundo donde el 70% del comercio se mueve por vía marítima y el 42% de su valor viaja en contenedores, bloquear un estrecho equivale a asfixiar una economía entera.
La pregunta que emerge de este análisis no es si esta doctrina continuará aplicándose —todo indica que se perfeccionará—, sino si la arquitectura institucional del comercio global podrá sobrevivir a un entorno en el que los puntos que lo mantienen unido se han transformado en los vectores de su fragmentación.