Una mirada desde el umbral del siglo XXI.
Mente Colectiva
Policy Brief
Hoy nos encontramos de pie en la orilla de un océano temporal. Las olas no son de agua, sino de civilizaciones enteras que se levantan, se expanden y, casi siempre, se retiran. Cada ola lleva en su cresta el brillo de conquistas, el oro del comercio, el fulgor del intelecto… y, más allá, la espuma frágil de la decadencia. Nosotros, seres de una especie que apenas lleva unos pocos miles de años escribiendo su propia historia, contemplamos esas olas y nos preguntamos: ¿hay un ritmo en ellas? ¿Podemos escucharlo antes de que la siguiente nos alcance?
Hace casi medio siglo, un soldado y observador llamado Sir John Bagot Glubb —conocido en el desierto como Glubb Pasha— se detuvo a mirar ese océano. Nacido en 1897, formó y comandó la Legión Árabe de Jordania durante diecisiete años, caminó entre beduinos y reyes, y al final de su vida, en 1978, escribió un ensayo breve y luminoso: The Fate of Empires and Search for Survival (El destino de los imperios y la búsqueda de la supervivencia). No era un oráculo ni él un profeta. Era un hombre que había visto imperios de cerca y que, con la modestia de quien sabe que la historia es más vasta que cualquier vida individual, se limitó a contar lo que observaba.
Glubb estudió una serie de grandes civilizaciones —asiria, persa, romana, árabe, otomana, española, británica— y descubrió un patrón sorprendente. A pesar de las diferencias de clima, religión, tecnología y geografía, la duración media de su grandeza rondaba los doscientos cincuenta años: unas diez generaciones humanas. El ciclo, decía, solía transitar por etapas reconocibles: el estallido de los pioneros, la edad de las conquistas, el auge del comercio, la abundancia, el reinado del intelecto y la decadencia.
Esta última no llegaba siempre por la espada del enemigo exterior, sino por fuerzas internas: el materialismo que desplaza al deber, la frivolidad que erosiona la disciplina, la afluencia de forasteros que diluye la cohesión, el Estado de bienestar que suaviza el rigor, y el debilitamiento de las creencias compartidas que antes unían a la sociedad.
Nosotros, cuarenta años después de su muerte en 1986, podemos volver a ese ensayo con respeto y cautela. Porque el mundo que Glubb contemplaba ya no es el nuestro. Él escribió en una época en la que las armas nucleares apenas comenzaban a proyectar su sombra, cuando la globalización financiera aún no había tejido su red planetaria, cuando el envejecimiento demográfico de las sociedades industriales era apenas un susurro, y la inteligencia artificial y la vigilancia masiva pertenecían todavía al reino de la ciencia ficción. Estas nuevas variables no invalidan su diagnóstico, lo vuelven complejo, nos obligan a mirar el mismo patrón con ojos más amplios.
Consideremos, por ejemplo, a Estados Unidos. Desde su independencia en 1776 hasta este año de 2026 se cumplen exactamente dos siglos y medio. Según el reloj de Glubb, nos hallamos en el umbral donde tantas potencias anteriores empezaron a mostrar síntomas de cansancio interno. Vemos materialismo desbordado, polarización que fractura el sentido de comunidad, una deuda pública monumental y una sobreextensión militar que recuerda a los imperios que intentaron sostener demasiado territorio con demasiadas bases lejanas.
Y, sin embargo, también vemos algo que Glubb no pudo ponderar del todo: el poder de la disuasión nuclear. La posibilidad de una destrucción mutua asegurada ha cambiado la naturaleza de la “caída”. Ya no es tan fácil que un imperio sea conquistado por otro de la forma clásica. La decadencia, si llega, puede ser más lenta, más silenciosa y parecida a un debilitamiento relativo que un derrumbe espectacular.
China, por su parte, ofrece otro ángulo. Su Estado moderno es mucho más joven que los doscientos cincuenta años de Glubb. Aún parece habitar las fases de conquista y comercio: expansión económica, proyección de infraestructura a escala planetaria, modernización militar acelerada. Pero ya aparecen señales de madurez temprana —envejecimiento demográfico, control social intensivo, deuda elevada— que nos recuerdan que los ciclos no siempre respetan el calendario. Rusia, Europa, India… cada una porta fragmentos del mismo patrón, pero ninguna lo repite de forma mecánica.
Y aquí entra lo nuevo, lo que Glubb apenas vislumbró. La globalización financiera y tecnológica ha creado interdependencias que ningún imperio anterior conoció. Un colapso en un rincón del sistema puede contagiarse a velocidad digital. La demografía invertida —sociedades que envejecen mientras la natalidad cae— erosiona la base misma de la energía pionera que Glubb admiraba en los comienzos.
La inteligencia artificial y las capacidades de vigilancia masiva ofrecen, por un lado, herramientas de control que podrían prolongar la cohesión de un Estado; por el otro, riesgos de alienación, de pérdida de libertad interior, una decadencia más sutil y más profunda. Estas fuerzas no cancelan el diagnóstico de Glubb sobre los riesgos internos. Lo amplifican. Nos advierten de que la pérdida del sentido del deber, el materialismo y la erosión de la cohesión social siguen siendo peligros reales, pero ahora operan en un escenario donde armas nucleares, redes financieras y algoritmos de vigilancia cambian las reglas del juego.
Hagamos una pausa. Contemplemos la magnitud de lo que estamos diciendo. Durante tres mil años, seres humanos como nosotros han construido imperios, los han visto brillar y apagarse. Glubb nos regaló un mapa aproximado de ese viaje. Nosotros, herederos de ese mapa, tenemos la responsabilidad de no convertirlo en un oráculo determinista. La historia no es un destino escrito en las estrellas; es un proceso que aún podemos influir. El valor de su ensayo no reside en predecir la fecha exacta del próximo colapso, sino en ofrecernos un diagnóstico de riesgos internos: la riqueza prolongada sin renovación de virtudes cívicas, la pérdida de cohesión y el olvido del deber compartido.
¿Qué significa esto para nosotros? Significa que el conocimiento de los patrones del pasado nos obliga a una humildad activa. Nosotros somos la primera generación de contemplar simultáneamente el ciclo de los imperios y las herramientas que podrían alterar ese ciclo —o acelerarlo. Podemos elegir mirar hacia adentro: fortalecer la cohesión sin caer en el cierre xenófobo, renovar el sentido del deber sin renunciar a la libertad, usar la inteligencia artificial para ampliar el conocimiento humano en lugar de sustituirlo y gestionar el envejecimiento demográfico con creatividad y solidaridad. O podemos, como tantas veces antes, dejarnos llevar por la inercia del materialismo y la división hasta que las olas del tiempo nos alcancen.
El universo es vasto y nosotros somos pequeños. Pero en esa pequeñez reside una dignidad peculiar: la capacidad de mirar atrás, de reconocer los patrones, y de decidir, aunque sea imperfectamente, qué tipo de ola queremos ser. Glubb nos dejó un espejo. Nosotros decidimos si nos miramos en él con honestidad o si preferimos apartar la vista. El destino de los imperios no está escrito en las estrellas. Está, en parte, en nuestras manos. Y esa, quizá, sea la lección más profunda que un soldado del desierto nos legó desde la orilla de un océano temporal que aún no ha terminado de romper.
El ensayo de Glubb, visto con estrategia y pensamiento filosófico, nos recuerda que la historia no es solo un catálogo de fechas y potencias, sino un espejo en el que, si miramos con atención, todavía podemos reconocernos.