Leonardo Gargallo Hernández
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22 Sep
22Sep

Un viaje narrativo por la guerra, la hegemonía y el precio humano de reconstruir después de la destrucción.


Pensamiento

Hay lugares donde la guerra no termina cuando callan los disparos. Termina mucho después, cuando alguien llega entre las ruinas, levanta un edificio, extiende un crédito, instala una moneda y pronuncia una palabra que parece inocente: reconstrucción.

Kintsugi: una vasija rota une destrucción y reconstrucción con oro junto a Hiroshima, el Sol Naciente y símbolos de progreso.

Imaginemos por un instante una ciudad después del incendio, todavía huele a humo, las ventanas son agujeros negros abiertos hacia el cielo. En las calles quedan fotografías cubiertas de polvo, juguetes sin dueño, pedazos de una vida que hasta ayer parecía permanente. Alguien camina entre los escombros y encuentra una puerta, la levanta, la mira; aún conserva el color de la casa que alguna vez protegió.

Entonces llegan los otros. No traen solamente soldados. Traen planos, bancos, contratos, maquinaria, créditos, expertos, instituciones y promesas. Dicen que vienen a reconstruir. Y quizá reconstruyan.

Pero la pregunta que corre como un río subterráneo es otra: ¿quién reconstruye? ¿con qué dinero? ¿bajo qué reglas? ¿y quién termina poseyendo aquello que vuelve a levantarse?

En determinados modelos históricos de dominación, la destrucción y la reconstrucción pueden convertirse en dos momentos de un mismo proceso de poder. No se trata de afirmar que toda guerra tenga inevitablemente ese propósito, sino de observar cómo algunos sistemas imperiales han encontrado en la devastación una puerta hacia nuevas formas de influencia económica, financiera y política.


La guerra como puerta

Paul Kennedy observó la historia de los grandes poderes como quien contempla una montaña desde lejos. Los imperios ascienden, acumulan riqueza, extienden sus ejércitos y, en algún momento, descubren que sostener la grandeza cuesta más de lo que su economía puede soportar. Esto es la sobre extensión imperial.

El imperio empieza vendiendo mercancías, después presta dinero y finalmente vende seguridad. Cuando llega a ese último peldaño, la fuerza militar deja de ser instrumento de defensa; pero puede convertirse en una pieza central de la estructura que sostiene su poder.

La historia ofrece imágenes difíciles de olvidar. Roma destruyó Cartago y después incorporó sus tierras a su propio orden económico. España conquistó Tenochtitlan y sobre sus ruinas levantó otro sistema de poder. Décadas y siglos más tarde, tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió de un mundo devastado como una potencia económica capaz de participar decisivamente en la reconstrucción europea y japonesa.

Sin embargo, la comparación entre esos episodios debe manejarse con cuidado. Equiparar Cartago, Tenochtitlan y el Plan Marshall simplifica procesos históricos distintos; aunque la imagen permanece. Primero, la ruina; después, el arquitecto y, entre ambos, una pregunta sobre el poder.

El Plan Marshall puede contemplarse desde distintos ángulos. Fue un programa de reconstrucción de enorme importancia para Europa occidental, pero también reforzó la posición económica y financiera de Estados Unidos. La ayuda estaba vinculada a un sistema internacional en el que el dólar, las instituciones multilaterales y el acceso a bienes estadounidenses adquirieron una importancia decisiva.

Así, la reconstrucción puede ser también una forma de arquitectura imperial. No siempre se domina derribando. A veces lo es levantando.


Escombros y mercancía

David Harvey ofrece una imagen todavía más incómoda. Imaginemos un territorio con carreteras, fábricas, edificios públicos, sistemas de energía, empresas, recursos y millones de vidas organizadas. Todo eso existe y tiene valor, pero después llega la guerra y aquello que durante años tuvo un propietario, una función pública o una historia puede convertirse, de pronto, en algo diferente: un espacio abierto para nuevos contratos, privatizaciones, préstamos e inversiones.

La ruina cambia de significado. Deja de ser la cicatriz de una tragedia. Puede convertirse en una oportunidad económica. Esta es la lógica que el concepto de acumulación por desposesión, asociado a Harvey y vinculado intelectualmente con la obra de Rosa Luxemburgo, intenta explicar: cuando el capital encuentra dificultades para expandirse, puede abrir nuevos espacios mediante privatizaciones, apropiación de activos, endeudamiento o transformación de bienes colectivos en oportunidades de inversión.

Irak recrea una escena particularmente poderosa. En 2003 el Estado cayó, las instituciones se fracturaron, la infraestructura se dañó y mientras la sociedad intentaba comprender qué ha ocurrido, comenzó otra batalla menos visible, hecha de contratos, empresas, concesiones y dólares.

Compañías como Halliburton y Bechtel participaron en la reconstrucción y privatización de los sectores de la economía iraquí. La imagen fue inquietante porque transformó nuestra manera de mirar la guerra... Mientras un misil destruye una carretera, los contratos la reconstruyen. Pero entre ambos acontecimientos existe una cadena de decisiones que puede modificar quién controla el territorio, quién recibe los beneficios y quién carga con las obligaciones financieras. 

En suma, un bombazo dura segundos, un contrato puede durar décadas.


Sociedades suspendidas

Naomi Klein introduce otra habitación en este laberinto. Es silenciosa, en ella no hay explosiones, pero sí mucho miedo. Una sociedad sometida a una guerra, un golpe de Estado o una catástrofe vive una ruptura profunda. Las certezas desaparecen, las instituciones se tambalean y las personas buscan simplemente recuperar algo parecido a la normalidad.

Es precisamente ahí donde aparece la llamada doctrina del shock, donde una población sometida a una crisis extrema puede aceptar transformaciones económicas que, en condiciones normales, encontraría una resistencia mucho mayor: privatizaciones, desregulación, apertura de mercados o endeudamiento para financiar la reconstrucción.

La metáfora resulta poderosa: el shock abre una puerta que la estabilidad mantenía cerrada. Pero hay una precisión importante; Klein no presenta necesariamente estos procesos como una conspiración única y perfectamente coordinada, sino como la convergencia entre determinadas ideas económicas y la utilización de las oportunidades creadas por las crisis.

La diferencia importa porque la historia rara vez funciona como una sala de control donde una sola mano mueve todas las piezas.

Con frecuencia funciona de manera más inquietante donde múltiples intereses reconocen una oportunidad al mismo tiempo. Y actúan.


Las fábricas y el mundo ardiendo

En 1961, Dwight Eisenhower dejó una advertencia. Imaginemos al presidente frente a una nación que acaba de salir de una guerra mundial y atraviesa la Guerra Fría. Frente a él no está solamente el ejército; también, una enorme maquinaria industrial: fábricas, contratos, laboratorios, empleos, investigación tecnológica, presupuestos y corporaciones.

Eisenhower advirtió sobre el creciente complejo militar-industrial y el riesgo de que se utilizara como herramienta de indebida influencia. Desde entonces, la pregunta ha seguido resonando:

¿Qué ocurre cuando una economía construye una maquinaria tan grande alrededor de la preparación militar que detenerla se vuelve difícil?

Seymour Melman llevó esta preocupación hacia la idea de una economía de guerra permanente. Su argumento central apuntaba al costo de oportunidad: recursos destinados al ámbito militar dejaron de estar disponibles para infraestructura, industria civil y otras áreas de la economía.

Según Melman un dólar militar se asociaba a una pérdida de 1.5 dólares de productividad civil, pero también advertía que dicho valor no debía interpretarse como un coeficiente matemático fijo ni como un consenso universal de la economía. Y quizá esa cautela sea lo que permite comprender mejor el problema. No hace falta imaginar una máquina perfectamente programada, basta con imaginarla que, una vez construida, necesita seguir funcionando.


El ciclo de los gigantes

Immanuel Wallerstein observó el ascenso y descenso de las potencias como si contemplara una rueda. Primero llega la producción, después las finanzas y finalmente, junto con la militarización, el declive.

Así tenemos a Venecia, Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos. Cada potencia recorre, con diferencias y contradicciones, una trayectoria histórica en la que la capacidad productiva abre paso al poder financiero y este, eventualmente, se relaciona con la expansión y el mantenimiento de la fuerza internacional.

La metáfora podría ser la de un árbol. Primero crecen las raíces: producción, comercio e innovación. Después aparecen las ramas financieras: créditos, inversiones e instituciones. Finalmente, cuando el árbol empieza a perder fuerza, intenta proteger su territorio con espinas... Pero ningún árbol puede vivir eternamente de sus espinas. 

La secuencia expansiva es: producción-financiamiento-militarización-colapso. Es una hipótesis histórica, no una ley física.

Ahí reside una de las cuestiones más importantes: hablar de ciclos de hegemonía no significa afirmar que todos los imperios están condenados a repetir exactamente la misma historia. Significa buscar patrones; es mirar hacia atrás para descubrir si las grandes potencias, cuando alcanzan el límite de su expansión económica, recurren a instrumentos financieros y militares para conservar una posición que ya no pueden sostener mediante su productividad.


¿Y si la reconstrucción fuera la última batalla?

Regresemos a la ciudad del principio; vemos que el humo ya desapareció, hay grúas, edificios en construcción, camiones transportando cemento, bancos ofreciendo préstamos, empresas presentando proyectos y expertos dibujando sobre mapas... Todo parece volver a la vida.

Pero, bajo el cemento permanecen las preguntas: ¿quién pagará? ¿quién administrará? ¿quién será el propietario? ¿en qué moneda se pagará la deuda? ¿quién decidirá las condiciones? ¿quién definirá qué significa reconstruir?

La reconstrucción puede convertirse en una prolongación económica del conflicto cuando quien posee los recursos financieros para reconstruir también consigue establecer las condiciones de esa reconstrucción.

La guerra, vista desde esta perspectiva, no termina con el último disparo. Puede continuar en los balances financieros, contratos, concesiones, en las monedas, en las instituciones y la deuda que sobrevive a los muertos.


Dos maneras de entrar en una ciudad

El planteamiento anterior nos permite comparar dos modelos contemporáneos de influencia. Por un lado, describe un modelo occidental asociado a alianzas de seguridad, poder financiero y condiciones económicas. Y por el otro, presenta el modelo chino de infraestructura y desarrollo a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, junto con proyectos energéticos y préstamos de desarrollo.

La diferencia narrativa es poderosa. Un actor puede llegar a una ciudad después de que sus edificios hayan caído. Otro puede estar antes, con una carretera que todavía no existe. Uno aparece entre las ruinas. El otro antes de que existan las ruinas. No obstante, aquí conviene conservar la prudencia analítica; es importante presentar esta comparación como un debate central de la geopolítica contemporánea, no como una verdad definitiva ni como una demostración de que un modelo sea intrínsecamente benévolo o inevitablemente perjudicial.

La historia rara vez ofrece héroes tan puros como los que caben en una metáfora.


La pregunta que queda entre los escombros

Entonces, ¿es necesaria la guerra? La respuesta es más compleja que un sí o un no. 

La guerra no es metafísicamente necesaria. 

Pero determinadas formas de dominación pueden hacer de ella un instrumento extraordinariamente útil para alcanzar objetivos económicos, políticos o estratégicos.

Esa distinción cambia todo. Porque significa que no estamos hablando de una ley inevitable de la humanidad, sino de sistemas, incentivos, estructuras, decisiones, modelos de poder y seres humanos.

Detrás de cada curva económica hay una familia; de cada infraestructura destruida, una historia; de cada deuda, años de trabajo; y de cada reconstrucción, alguien que vuelve a casa y descubre que su vivienda ya no existe.

La teoría puede hablar de acumulación; los economistas, de productividad; los estrategas, de hegemonía; y los gobiernos, de seguridad; pero una persona que atraviesa una ciudad después de la guerra no ve ninguna de estas palabras. Ve una fotografía quemada, una cama bajo los escombros, una escuela sin techo una calle que ya no conduce a ninguna parte... Y quizá por eso la última pregunta no sea quién gana la guerra, sino ¿quién obtiene el poder de decidir cómo será el mundo después de ella?

Ahí comienza la verdadera reconstrucción y una nueva forma de dependencia. La guerra no constituye una necesidad universal de los imperios, pero puede resultar funcional para un modelo específico de dominación basado en destruir, financiar la reconstrucción y conservar influencia sobre quien ha quedado debilitado.

Tal vez por eso las ruinas sean tan importantes, porque una ruina no es solamente lo que queda después de la destrucción; es también el lugar donde comienza la disputa por el futuro. Y mientras alguien levanta el primer muro sobre los restos de una ciudad, mientras otro firma el primer préstamo y alguien más coloca sobre la mesa los planos de lo que vendrá, la historia permanece allí, silenciosa, entre polvo y ladrillos, esperando que alguien formule la pregunta que casi siempre llega demasiado tarde:

¿Estamos reconstruyendo una ciudad… o estamos construyendo el próximo imperio?


Ensayos completos:

0. Imperios, ruinas y miedo: las decisiones que transforman el destino de las potencias

I. El destino de los imperios

II. Cuando los imperios reconstruyen sobre las ruinas del mundo herido

III. El miedo entre potencias y la historia como destino

Lectura recomendada:

El Panteón: órbita del alma



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