Leonardo Gargallo Hernández
tiempo estimado de lectura : 14
22 Sep
22Sep

Un viaje entre Atenas, Esparta, Washington y Pekín por el delicado territorio donde la rivalidad puede volverse guerra.


Pensamiento

Hay momentos en que la historia contiene el aliento. Dos potencias se miran, miden sus fuerzas y escuchan; detrás del silencio, el rumor de una guerra posible. Entre ellas no existe el combate, sino algo más peligroso: el miedo creciendo lentamente, como una sombra que nadie se atreve a nombrar.


Torre griega frente una gran ola ascendente, metáfora del poder establecido frente al auge del retador.

Cuando el poder empieza a tener miedo

Imaginemos el mundo suspendido durante unos segundos. No hay disparos, ni ejércitos avanzando. Tampoco hay ciudades ardiendo en el horizonte, solo dos potencias que se observan desde lejos, calculando cada movimiento de la otra, preguntándose cuánto ha cambiado el equilibrio y cuánto tiempo queda antes de que el poder de ayer deje de parecer suficiente para contener el poder de mañana.

En ese instante nace una de las ideas más inquietantes de la geopolítica: la trampa de Tucídides. Su nombre viene de un historiador que, hace más de dos mil años, contempló cómo una ciudad que ascendía podía despertar el temor de otra que ya dominaba. Tucídides narró la Guerra del Peloponeso, el enfrentamiento entre Atenas y Esparta, y dejó planteada una imagen que sobreviviría mucho más allá de su tiempo: 

El ascenso de una potencia puede provocar miedo en aquella que ocupa el lugar dominante.

Es una idea sencilla en apariencia, pero profundamente humana.
Porque detrás de los mapas, tratados, flotas e indicadores económicos existe una emoción antigua: el miedo a perder lo que se posee. Probablemente, ninguna potencia tema tanto al enemigo como al momento en que el enemigo deje de reconocerla como la potencia que fue.


Atenas aparece en el horizonte

En el siglo V antes de nuestra era, Atenas crecía. Su poder emergía como una marea. Frente a ella estaba Esparta, acostumbrada a ocupar una posición dominante y a mirar el mundo desde la seguridad de quien conoce su propia fuerza.

Pero las mareas tienen algo perturbador: no necesitan atacar para transformar el paisaje; les basta con subir, avanzar, con que alguien, desde la orilla, empiece a preguntarse qué ocurrirá cuando el agua llegue hasta sus pies.

Así pudo comenzar la tragedia descrita por Tucídides. El problema no era únicamente lo que Atenas hacía, sino lo que su crecimiento significaba para Esparta. El ascenso de una despertaba el temor de la otra. Y el temor, cuando se instala entre potencias, puede convertirse en una lente deformante: cada movimiento parece una amenaza; cada silencio, una conspiración; cada preparación defensiva, una señal de ataque.

La historia comienza entonces a caminar sobre un suelo cada vez más frágil. No porque la guerra esté escrita en alguna parte, sino porque el miedo puede hacer que quienes gobiernan comiencen a comportarse como si ya estuviera escrita.


La historia vuelve a mirar hacia nosotros

Más de dos milenios después, Graham Allison recuperó aquella vieja intuición y la llevó al corazón del análisis contemporáneo.
En su libro Destined for War, publicado en 2017, examinó 16 casos de transición de poder durante los últimos 500 años. De éstos, 12 terminaron en guerra y 4 la evitaron mediante importantes ajustes diplomáticos y concesiones.

Los números parecen fríos, pero detrás de cada número hay ciudades que alguna vez estuvieron llenas de personas, familias que esperaban el regreso de quienes partieron, fronteras que cambiaron de significado y generaciones obligadas a aprender demasiado pronto el lenguaje de la pérdida.

Por eso, la llamada trampa de Tucídides no debería entenderse como una sentencia. Es una advertencia, una señal en el camino, un letrero que aparece cuando dos potencias se aproximan demasiado a ese territorio donde la desconfianza empieza a sustituir al diálogo.

La trampa no dice que la guerra sea inevitable. Advierte, más bien, que cuando una potencia asciende y otra teme descender, la relación entre ambas puede entrar en una espiral peligrosa si no encuentra mecanismos para contenerla.

Y ahí aparece una pregunta mucho más profunda que la de quién será más poderoso: ¿quienes poseen poder serán capaces de no dejarse gobernar por el miedo?


Las huellas de otras tormentas

La historia está llena de puertas que se cerraron antes de que comenzara la tormenta y de otras que permanecieron abiertas hasta que fue demasiado tarde.

España y Portugal encontraron una salida mediante el Tratado de Tordesillas en 1494, Reino Unido y Francia atravesaron una larga rivalidad que desembocó en las Guerras Napoleónicas, Reino Unido y Alemania llegaron a 1914 bajo una tensión que culminaría en la Primera Guerra Mundial y, Estados Unidos y Japón llevaron su rivalidad en el Pacífico hasta el ataque de 1941 y la Segunda Guerra Mundial.

Son nombres que parecen pertenecer a libros de historia. Pero basta detenerse un instante para recordar que ninguna guerra comienza siendo una página. Antes de convertirse en historia fue presente. Alguien despertó aquella mañana sin saber que el mundo estaba a punto de cambiar, abrió una ventana, escribió una carta, besó a su hijo antes de salir de casa y pensó que habría un mañana parecido al día anterior.

La guerra, cuando finalmente llega, convierte esos pequeños gestos en recuerdos. Por eso, las excepciones importan tanto como las tragedias. Si algunas potencias consiguieron contener sus rivalidades mediante tratados, concesiones y diplomacia, entonces la historia no funciona como una máquina programada para repetir siempre el mismo desenlace.

Hay caminos que no conducen al abismo. El problema es reconocerlos antes de llegar al borde.


El nuevo escenario: Washington y Pekín

Ahora la escena cambia. Ya no estamos en la Grecia antigua. Las montañas y las costas son otras. Las ciudades tienen millones de habitantes, los barcos son más rápidos, las comunicaciones atraviesan el planeta en segundos y la tecnología ha convertido la distancia en algo casi invisible.

Pero algunas emociones permanecen. Estados Unidos y China aparecen como el ejemplo más citado de esta tensión entre una potencia dominante y otra en ascenso. La rivalidad se extiende por varios territorios: comercio, finanzas, cadenas de suministro, inteligencia artificial, telecomunicaciones y semiconductores. También atraviesa el mar de China Meridional y la cuestión de Taiwán.

Ya no se trata de barcos frente a barcos. Ahora, también son algoritmos, fábricas, chips, redes, inversiones y capacidades tecnológicas. El poder ha cambiado de ropa, pero sigue siendo poder, y mientras dos países compiten por definir buena parte del futuro, cada uno puede interpretar el avance del otro como una amenaza para su propia posición.

Ahí aparece nuevamente la sombra de Tucídides. No como una profecía que obligue al futuro a repetir el pasado, sino como un espejo en el que las grandes potencias pueden contemplar, con cierta incomodidad, la posibilidad de que sus propios temores terminen empujándolas hacia decisiones que ninguna deseaba.


El enemigo que quizá todavía no existe

Hay algo particularmente peligroso en el miedo: puede fabricar anticipadamente aquello que teme. Una potencia observa cómo la otra aumenta su influencia. La otra observa que está siendo observada. Entonces ambas comienzan a prepararse. La preparación de una alarma a la otra. La alarma provoca una nueva preparación. Y la nueva preparación confirma el temor inicial. Así, poco a poco, la sospecha comienza a producir sus propias pruebas.

El adversario deja de ser solamente lo que hace. Se convierte en lo que creemos que podría hacer. Y en ese punto la política exterior deja de mirar únicamente al presente. Empieza a negociar con fantasmas... El concepto de la trampa de Tucídides resulta poderoso precisamente porque ilumina ese mecanismo: 

La transición de poder puede alimentar una espiral de miedo y desconfianza, pero no determina por sí sola que el resultado tenga que ser la guerra.

Entre el miedo y el conflicto existe un territorio que se llama decisión política.


Las grietas de la teoría

Pero incluso las ideas más sugerentes necesitan ser examinadas. La trampa de Tucídides ha recibido críticas porque puede simplificar en exceso la complejidad de las relaciones internacionales al reducirlas a la tensión entre una potencia dominante y otra emergente. También se ha cuestionado cualquier lectura determinista que convierta la historia en una sucesión inevitable de repeticiones.

Y aquí la historia vuelve a ofrecernos una enseñanza incómoda. Los acontecimientos no son solamente estructuras. También son decisiones, conversaciones, tratados, concesiones. y momentos en que alguien decide detener una escalada en lugar de alimentarla.

Entonces, la diplomacia aparece no como una palabra elegante colocada al final de una tragedia, sino como una herramienta que puede intervenir antes de que la tragedia comience.

Los casos en que la guerra fue evitada muestran precisamente eso: el ciclo puede romperse mediante gestión estratégica, negociación y acuerdos. Quizá este sea el aspecto más humano de toda esta historia. El futuro no pertenece únicamente a las fuerzas que empujan. También a quienes deciden cuándo resistirse a ellas.


El lugar donde termina la profecía

Volvamos entonces a aquella escena inicial: dos potencias, dos orillas, dos miradas que se encuentran a través de una distancia cada vez más estrecha. Podrían interpretar cada movimiento del otro como una amenaza, endurecerse, acumular desconfianza hasta que se convierta en costumbre y ésta, en destino.

Pero también podrían hablar, negociar, reconocer que la fuerza del otro no necesariamente exige la desaparición de la propia. Podrían descubrir que coexistir no significa renunciar al poder, sino aprender a ejercerlo sin convertir el miedo en combustible. Esto es, en última instancia, lo que hace de la trampa de Tucídides algo más que un concepto de relaciones internacionales.

Es una pregunta dirigida a la humanidad: ¿qué hacemos cuando sentimos que alguien viene a ocupar el lugar que creíamos nuestro? ¿qué hacer cuando el ascenso de otro parece amenazar nuestra propia seguridad? ¿respondemos con miedo? ¿convertimos la incertidumbre en hostilidad? o ¿somos capaces de construir una salida antes de que la historia vuelva a cerrarse sobre nosotros?


La última lección de Tucídides

Quizá el verdadero peligro no esté en que una potencia ascienda. Ni siquiera en que otra tema perder su lugar. El verdadero peligro comienza cuando ambas dejan de imaginar un futuro en el que puedan coexistir.

Por eso, la trampa de Tucídides es una advertencia y no una profecía. La historia muestra que el miedo y la desconfianza pueden conducir hacia la guerra, pero también que los tratados, la cooperación y la diplomacia pueden interrumpir ese recorrido.

La relación entre Estados Unidos y China representa, dentro del marco planteado por este ensayo, una de las grandes pruebas contemporáneas para esa posibilidad. No se trata solamente de saber quién tendrá más poder, sino de saber qué harán con él.

Porque las potencias pueden heredar la historia, pero no están obligadas a obedecerla. El pasado puede señalar el precipicio, mostrarnos las huellas de quienes caminaron demasiado cerca de él; advertirnos que el miedo, cuando se acumula, tiene la capacidad de convertirse en una fuerza política devastadora.

Pero todavía queda una decisión: dar un paso más hacia el abismo o detenerse.

La historia no garantiza que la humanidad elija la segunda opción.
Pero tampoco ha demostrado que la primera sea inevitable. Y quizá ahí, precisamente ahí, entre el miedo y la decisión, se encuentre el pequeño espacio donde todavía cabe la esperanza.


Ensayos completos:

0. Imperios, ruinas y miedo: las decisiones que transforman el destino de las potencias.

I. El destino de los imperios

II. Cuando los imperios reconstruyen sobre las ruinas del mundo herido.

III. El miedo entre potencias y la historia como destino.



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