tiempo estimado de lectura : 19
24 Aug
24Aug

Seúl quiere sustituir el armisticio por un régimen de paz, pero la diplomacia de Trump y Kim Jong Un podría terminar consolidando la coexistencia armada con una Corea del Norte nuclear.


Un misil divide un globo en dos partes en disputa geopolítica; entre Corea del Norte y Corea del Sur; en fondo blanco.

Del armisticio a la coexistencia armada

La península coreana vuelve a experimentar uno de esos momentos en los que la diplomacia parece avanzar precisamente porque la guerra continúa siendo una posibilidad real. Más de setenta años después del armisticio que detuvo los combates de 1950-1953, pero que nunca produjo un tratado de paz, Corea del Sur intenta abrir una salida política a una confrontación congelada. 

Su objetivo declarado es sustituir el régimen de suspensión de hostilidades por un marco permanente de paz y coexistencia.

La propuesta del presidente surcoreano Lee Jae Myung parte de una verificación elemental: el armisticio dejó de ser una solución provisional hace mucho tiempo y se convirtió en la estructura jurídica y militar de una rivalidad permanente. La frontera intercoreana sigue siendo uno de los espacios más militarizados del planeta; Corea del Norte ha consolidado su capacidad nuclear y misilística; Estados Unidos mantiene su presencia militar en el Sur; y China y Rusia han adquirido una importancia renovada en el cálculo estratégico de Pyongyang.

En estas condiciones, la pregunta ya no es únicamente cómo preservar la disuasión, sino cómo evitar que la disuasión termine produciendo una guerra por error, cálculo equivocado o escalada no controlada.


¿Paz con una potencia nuclear de facto?

Lee ha propuesto conversaciones con Corea del Norte y con las partes interesadas para avanzar hacia un régimen de paz. El planteamiento contempla discutir medidas destinadas a limitar las capacidades nucleares de Pyongyang. No se trata, por tanto, de abandonar formalmente la desnuclearización como objetivo, sino de reconocer que no puede existir una estrategia seria de paz sin abordar la realidad nuclear norcoreana.

Sin embargo, la iniciativa contiene una contradicción de fondo. 

Seúl continúa hablando de coexistencia y de una eventual reconciliación, mientras que Pyongyang ha abandonado la idea de la reunificación como horizonte político común. 

Kim Jong Un ha definido a Corea del Sur como el Estado más hostil y ha reforzado la separación institucional, militar y conceptual entre las dos sociedades.

La paz, por tanto, ya no podría basarse necesariamente en la antigua idea de que existen dos partes de una misma nación destinadas a reencontrarse. Tendría que construirse sobre una premisa más incómoda: 

la coexistencia entre dos Estados enfrentados, con sistemas políticos incompatibles y percepciones de seguridad mutuamente excluyentes.

Éste es uno de los cambios más importantes del actual escenario. El objetivo ya no sería preparar la reunificación, sino impedir que la división se transforme en guerra abierta. La península podría encaminarse hacia una suerte de coexistencia armada institucionalizada, en la que la paz no significaría reconciliación, sino gestión permanente de la hostilidad.

La cuestión nuclear constituye el núcleo del problema. Corea del Norte ha convertido sus armas atómicas en la garantía última de supervivencia. Para Pyongyang, renunciar completamente al arsenal implicaría renunciar al principal instrumento que le permite disuadir una intervención externa, elevar el costo de cualquier cambio de gobierno y negociar desde una posición de fuerza.

Donald Trump afirmó recientemente que Corea del Norte posee 57 armas nucleares. La cifra, que no coincide con otras estimaciones citadas por autoridades surcoreanas, adquirió además una importancia política particular: el presidente estadounidense hizo pública esa estimación en un momento en que intenta reactivar el diálogo con Kim Jong Un. 


Caricatura de Trump y Kim Jong Un en un escenario de operaciones renacentista, intentando tener un acercamiento político.

La afirmación, sin embargo, debe entenderse como una cifra atribuida al mandatario y no como una confirmación independiente del tamaño exacto del arsenal norcoreano.

El ministro de Defensa surcoreano, Ahn Gyu-back, indicó que estimaciones de organizaciones privadas sitúan el número de ojivas entre 80 y 120, aunque aclaró que el Gobierno surcoreano no puede confirmar oficialmente esa cifra. La discrepancia ilustra la opacidad del programa norcoreano, pero también revela algo más importante: cuanto mayor sea el arsenal, menos plausible será exigir su desmantelamiento completo como condición previa para cualquier acuerdo.

La diplomacia podría verse obligada a sustituir el objetivo maximalista de la desnuclearización por metas intermedias: congelamiento de la producción de material fisible, límites al desarrollo de misiles, moratorias de ensayos, mecanismos de verificación y canales directos para evitar incidentes. Analistas citados por Yonhap han considerado más realista un acuerdo de congelamiento o reducción de riesgos que la eliminación completa del arsenal norcoreano.

La hipótesis que emerge es incómoda, pero cada vez más necesaria: 

el régimen de paz podría negociarse no con una Corea del Norte en proceso de desnuclearización, sino con un Estado que posee capacidad nuclear y que, para efectos de la negociación, tendría que ser tratado como un actor nuclear de facto, sin que ello implique reconocerlo jurídicamente como una potencia nuclear. 

En tal escenario, la paz no sería el resultado del desarme, sino el mecanismo para controlar las consecuencias de que el desarme no se produzca.


Trump y la diplomacia del vínculo personal

Trump ha anunciado que pretende reunirse nuevamente con Kim Jong Un antes de que termine el año. La fecha y el lugar todavía no están definidos, aunque se ha especulado con la posibilidad de que el encuentro coincida con la visita presidencial estadounidense a Asia en noviembre.

El anuncio reactiva la diplomacia personal que caracterizó los contactos de 2018 y 2019. Trump insiste en que mantiene una buena relación con Kim y parece convencido de que la conexión entre ambos líderes puede reabrir un canal bloqueado por las negociaciones fallidas de Hanói.

Pero la diplomacia personal tiene una doble naturaleza. Puede superar obstáculos burocráticos y generar un clima de negociación cuando los canales tradicionales están agotados. Al mismo tiempo, puede convertir la política exterior en una extensión de la personalidad presidencial y reducir la previsibilidad estratégica de Estados Unidos.

Pyongyang podría intentar negociar no solamente con Washington como institución, sino también con la necesidad política de Trump de obtener un nuevo éxito internacional. La cumbre, en ese sentido, corre el riesgo de convertirse en un acontecimiento político antes que en el inicio de un proceso verificable.

La propia ambigüedad de Trump sobre la desnuclearización refuerza esa incertidumbre. 

Si Washington continúa exigiendo el desarme completo, las posibilidades de acuerdo seguirán siendo reducidas.

Si acepta objetivos más limitados, podría conseguir una moratoria o un congelamiento, pero a costa de aproximarse a una aceptación práctica de la condición nuclear de Pyongyang, aunque no exista un reconocimiento jurídico de ésta.

La pregunta estratégica es, por tanto, si Estados Unidos está pasando de una política centrada en la desnuclearización a una política de control de daños nucleares.


La alianza surcoreana bajo presión

Trump ordenó reducir y acortar los ejercicios militares conjuntos Ulchi Freedom Shield, argumentando que las maniobras son costosas y envían a Corea del Norte una señal innecesariamente hostil. También vinculó la decisión con la falta de asistencia surcoreana a la guerra de Estados Unidos contra Irán.

Desde la óptica de Washington, la reducción de los ejercicios puede funcionar como un gesto de distensión. Desde la perspectiva de Seúl, sin embargo, plantea dudas sobre la confiabilidad de la alianza. El canciller Cho Hyun declaró que el Gobierno surcoreano no había sido informado previamente del anuncio presidencial.

Seúl enfrenta así el dilema clásico de las alianzas: el temor al abandono y a quedar atrapado.

El abandono consistiría en que Estados Unidos negociara directamente con Pyongyang, redujera su compromiso militar o aceptara una fórmula que dejara a Corea del Sur expuesta. Quedar atrapado, en cambio, implicaría que Seúl quedara arrastrado a conflictos regionales o globales ajenos a la península, como la guerra de Irán, debido a las exigencias de Washington.

La reducción de los ejercicios puede ser leída de dos maneras opuestas: como una señal de moderación destinada a facilitar el diálogo o como una concesión que demuestra que la presión norcoreana produce resultados. El lanzamiento de alrededor de diez misiles balísticos de corto alcance, ocurrido después del anuncio de Trump, parece indicar que Pyongyang no interpreta la distensión como razón suficiente para detener sus demostraciones militares.

La paradoja es evidente: Washington busca crear condiciones diplomáticas reduciendo determinadas actividades militares, pero esa misma reducción puede debilitar la confianza del aliado cuya seguridad pretende garantizar.


La batalla por controlar el proceso de paz

La disputa no se limita al contenido de una eventual negociación. También concierne a quién tendrá autoridad para diseñarla.
Washington aspira a convertir la eventual cumbre Trump-Kim en el eje del proceso. Pyongyang quiere negociar desde su condición nuclear y obtener reconocimiento político, alivio de sanciones y garantías de supervivencia. Seúl reclama un lugar central como parte directamente afectada. China, por su parte, difícilmente aceptaría una arquitectura de seguridad regional definida exclusivamente por Estados Unidos y sus aliados.


Caricatura editorial en la que Xi y Kim se dan la mano frente a la mirada crítica de Sun Tzu.

Por esa razón, Corea del Sur ha planteado que un diálogo entre Washington y Pyongyang debería conducir a conversaciones de cuatro partes: Corea del Norte, Estados Unidos, Corea del Sur y China. El objetivo sería sustituir el sistema de armisticio por un marco permanente de paz, con la participación de los actores que poseen capacidad real para sostenerlo.

La inclusión de China, no obstante, no resolvería automáticamente el problema. Pekín desea evitar una guerra en su frontera, pero también preservar su influencia sobre Pyongyang y limitar la expansión de la presencia militar estadounidense en el noreste asiático. Un régimen de paz que mantuviera intacta la alianza entre Washington y Seúl podría ser aceptable para Corea del Sur, pero insuficiente para China.

La relación entre Corea del Norte y Rusia añade otra capa de complejidad. El acercamiento entre Moscú y Pyongyang amplía el margen de maniobra internacional de Kim y sitúa a la península dentro de una confrontación más amplia entre potencias. El programa nuclear norcoreano ya no puede analizarse exclusivamente como una herramienta de supervivencia nacional: también forma parte de un entorno internacional en el que las alianzas, la cooperación militar y la transferencia de capacidades adquieren un valor creciente.


El precio de la paz

Para Corea del Norte, cualquier acuerdo deberá ofrecer beneficios tangibles. El reconocimiento político, la reducción de sanciones, el acceso económico y las garantías de seguridad probablemente constituirán sus principales demandas. Para Estados Unidos y Corea del Sur, en cambio, conceder esos incentivos sin obtener verificaciones concretas significaría perder capacidad de presión.

La secuencia de las concesiones será decisiva. 

¿Deberán llegar primero las garantías de seguridad o las medidas nucleares? ¿Se levantarán sanciones antes de la inspección internacional o después? ¿Puede avanzarse hacia un tratado de paz mientras Pyongyang continúa expandiendo su arsenal?

La experiencia histórica sugiere que el orden de los pasos puede ser tan importante como el contenido del acuerdo. Un tratado de paz sin límites nucleares verificables podría consolidar la posición estratégica norcoreana. Pero exigir la desnuclearización completa antes de iniciar el proceso condenaría la diplomacia a la parálisis.

La cuestión de los derechos humanos presenta un dilema adicional. Seúl insiste en que la seguridad no puede separarse del bienestar de la población norcoreana. Sin embargo, para Pyongyang, los derechos humanos constituyen una forma de presión orientada al cambio de gobierno. Convertirlos en una condición previa podría cerrar el diálogo; ignorarlos por completo transformaría la paz en una concesión política sin obligaciones internas.

Una vía intermedia consistiría en promover medidas humanitarias, reunificación familiar, asistencia civil y cooperación limitada sin exigir una capitulación pública del régimen. No sería una solución moralmente completa, pero sí una forma de mantener abierta la conexión entre seguridad y dignidad humana.


Zona Desmilitarizada de Corea de noche: mesa de negociación iluminada frente a misil junto a montaña. Tratado rasgado en la frontera. Sombras de EE.UU., Corea y Rusia en cielo tenso. Paleta azul oscuro, gris y rojo tenue.

¿Proceso de paz o nueva guerra fría?

La iniciativa de Lee Jae Myung representa un intento de pasar de la gestión militar de la crisis a su institucionalización política. Pero el contexto actual es más difícil que el de 2018. Corea del Norte dispone de mayores capacidades nucleares y misilísticas, ha endurecido su definición del Sur como enemigo y cuenta con un entorno internacional menos cohesionado.

La hipótesis central de este escenario puede formularse así:

El objetivo más probable de la nueva diplomacia coreana no será alcanzar de inmediato la paz ni la desnuclearización, sino institucionalizar una forma de coexistencia armada que reduzca el riesgo de guerra sin resolver la rivalidad fundamental entre las dos Coreas.

Esta hipótesis permite interpretar la actual dinámica con mayor precisión. La eventual cumbre Trump-Kim no tendría necesariamente como finalidad producir un desarme histórico. Podría orientarse a establecer una pausa, limitar la expansión del arsenal, reducir la intensidad de los ejercicios militares y crear canales de comunicación suficientes para impedir una crisis mayor.

Eso no sería la paz en sentido pleno. Sería una nueva forma de guerra fría en la península: menos peligrosa que la confrontación abierta, pero todavía basada en la disuasión, la militarización y la sospecha recíproca.

La cuestión decisiva, entonces, no es si Trump y Kim volverán a encontrarse. Tampoco si Lee conseguirá que Seúl tenga un lugar en la mesa. La verdadera cuestión es si los actores podrán construir un marco en el que la paz no dependa de la química personal entre dos líderes, de la paciencia temporal de una potencia o de la moderación ocasional de Pyongyang.

Si Corea del Norte no está dispuesta a renunciar a sus armas nucleares, Estados Unidos no quiere reconocer formalmente su condición de potencia nuclear y Corea del Sur exige reemplazar el armisticio por la paz, el resultado más probable será una negociación sobre los límites de la hostilidad, no sobre su desaparición.

En otras palabras, la paradoja de la actual diplomacia coreana es que la paz podría dejar de significar la resolución del conflicto y comenzar a significar la administración de su permanencia. La ausencia de una reconciliación definitiva no impediría necesariamente construir mecanismos capaces de reducir el riesgo de una nueva guerra.

La península coreana podría estar entrando, por tanto, en una nueva etapa: no la del final de la guerra, sino a la de una administración estratégica de la guerra que nunca terminó.


Lecturas recomendadas:

La fragmentación de la disuasión estratégica

Epistemología de la disuasión | La Doctrina Karaganov

Sistemas de disuasión nuclear | Los guardianes silenciosos del orden internacional


Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.