La fragmentación se consolida como sistema. Balance durante el segundo tercio de 2026.
Actualización 13-08-2026
Si alguien, a finales de 2025, hubiera anticipado que antes de mayo de 2026 el Líder Supremo de Irán moriría en un bombardeo estadounidense, que el Estrecho de Ormuz quedaría minado durante semanas y que Ucrania retomaría la iniciativa operativa en el Donbás; probablemente habría sido acusado de escribir ficción especulativa. Sin embargo, esos fueron precisamente los hechos que definieron el primer tercio de un año que ya puede considerarse uno de los más volátiles del siglo.
En los meses transcurridos desde el primer balance —de mayo a agosto de 2026—, el escenario no se ha estabilizado. Al contrario, la fragmentación se institucionalizó: las fracturas se profundizaron, las alianzas se reconfiguraron y el mundo comenzó a transitar de una crisis de orden a la construcción de un nuevo sistema multipolar, caótico y sin arquitecto central. Esta publicación actualiza aquel balance inicial con los acontecimientos verificados, manteniendo el mismo método; pues no hay predicciones definitivas, sino escenarios con condiciones de falsación¹.
El 28 de febrero de 2026, una coalición liderada por Estados Unidos e Israel lanzó la mayor ofensiva militar contra Irán en décadas. Los ataques culminaron con la muerte del Líder Supremo Ali Khamenei. La respuesta de Teherán fue inmediata y asimétrica: enjambres de drones y misiles balísticos impactaron la infraestructura energética y las bases estadounidenses en Arabia Saudita, así como los Emiratos Árabes Unidos, mientras el minado del Estrecho de Ormuz interrumpió 20% del tráfico marítimo energético mundial². El alto al fuego del 7 de abril, mediado por Pakistán, detuvo momentáneamente las hostilidades³.
En los meses siguientes, la tregua ha pendido de un hilo. A principios de mayo, se produjeron nuevos ataques con misiles y drones contra instalaciones en los Emiratos⁴; a finales del mismo mes, Estados Unidos acusó a Irán de una "escandalosa violación" del alto al fuego tras el lanzamiento de un misil balístico contra una base aérea en Kuwait⁵. No obstante, en agosto se abrió una ventana diplomática: el presidente Trump anunció que se estaban negociando los términos para un acuerdo que incluiría la reapertura del Estrecho de Ormuz, aunque Teherán aún no se ha pronunciado formalmente⁶.
Mientras tanto, se está reconfigurando el mapa de alianzas regionales. El 7 de agosto Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron el Acuerdo de Defensa Mutua de La Meca, un pacto que estructura una nueva arquitectura de seguridad sunnita con capacidades militares complementarias: recursos financieros saudíes, base industrial-militar turca y capacidad nuclear y demográfica pakistaní⁷. A su vez, el 30 de julio, Arabia Saudita anunció una alianza marítima de catorce naciones para proteger la navegación en el Mar Rojo⁸.
El escenario proyectado en abril —una "paz armada" sin horizonte diplomático— se ha quedado corto. Ahora coexisten dos dinámicas: la tregua en Ormuz, inestable pero sostenida por intereses energéticos compartidos y la emergencia de bloques de seguridad regionales que ya no dependen exclusivamente de Washington. La condición de falsación se ha transformado:
el riesgo ya no es solo que la tregua colapse, sino que un nuevo conflicto sea contra Oriente Medio reestructurado en alianzas que trascienden el eje Washington–Teherán
Mientras todas las miradas se dirigían hacia Oriente Medio, el frente ucraniano experimentó un cambio sutil pero significativo en el primer cuatrimestre: por primera vez desde 2024, las Fuerzas Armadas de Ucrania lograron tomar la iniciativa operativa en Zaporiyia y Dnipropetrovsk⁹. Esa tendencia se consolidado. Entre enero y agosto de 2026, la operación ucraniana en el sector de Oleksandrivskyi liberó más de 745 km² de territorio y despojó otros 300 km² de infiltraciones rusas¹⁰. Sin embargo, como se advirtió en abril, esto no constituye un punto de inflexión decisivo.
La guerra se ha convertido en un duelo de desgaste tecnológico que se traslada progresivamente al espacio aéreo. En marzo, Ucrania afirmó haber derribado 33,000 drones rusos; en agosto, la situación se ha endurecido: el suministro de interceptores antiaéreos occidentales a Ucrania cayó a un tercio del nivel de 2025¹¹. El 5 de agosto, Rusia lanzó un ataque masivo contra Kiev con 24 misiles balísticos y 4 hipersónicos; ninguno pudo ser interceptado¹². Moscú, por su parte, intensificó la cooperación militar con Corea del Norte, recibiendo unidades balísticas que están siendo modernizados en Rusia¹³.
El escenario base proyectado en abril —que no habría acuerdo de paz antes de diciembre de 2026— se ha fortalecido.
La diplomacia permanece en punto muerto. La condición para un alto al fuego duradero antes de septiembre se antoja aún más improbable que en abril: la fatiga de guerra existe, pero se ha institucionalizado. El conflicto ya no es una excepción, sino el estado normal de las relaciones entre Moscú y Kiev.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha funcionado como acelerador de tendencias preexistentes. Su amenaza de anexar Groenlandia y la ofensiva contra Irán ejecutada al margen de la OTAN resquebrajó los puentes de confianza construidos durante ochenta años de alianza transatlántica¹⁴.
La respuesta europea no se hizo esperar: se aprobó un préstamo masivo por 90,000 millones de euros a Ucrania, se aplicó la vigésima ronda de sanciones contra Rusia y, sobre todo, se aceleró el plan de autonomía estratégica en defensa y tecnología europea. La Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea entró plenamente en vigor el 1 de agosto de 2026, tal como se preveía en el balance de abril¹⁵, lo que se considera como la manifestación más visible de una Europa que busca escribir sus propias reglas en un mundo fracturado.
Esta dinámica tiene su contraparte en el tablero asiático y global. El 17 de julio de 2026, en la Cumbre Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái, China lanzó la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), un organismo intergubernamental que reúne inicialmente a 29 países, entre ellos Rusia, Pakistán, Kazajistán, Brasil, Cuba, Serbia y Bielorrusia¹⁶. La iniciativa se presenta como la respuesta institucional del Sur Global a la iniciativa estadounidense Pax Silica, lanzada por Washington en diciembre de 2025 y ampliada en junio de 2026 con nuevos miembros entre los que figuran Alemania, Argentina y Chile¹⁷.
El mundo se aleja del orden unipolar centrado en Estados Unidos, y lo hace a una velocidad que pocos pronosticaban hace un año.
Ya no se trata solo de tensiones comerciales o militares: estamos ante una división institucional de la gobernanza tecnológica. Dos bloques de IA, dos visiones del mundo, dos infraestructuras digitales que comienzan a operar en paralelo. La fragmentación ya no es un síntoma: es la arquitectura emergente.
El Fondo Monetario Internacional revisó en julio de 2026 su pronóstico de crecimiento mundial para el año a 3.0%, una décima por debajo de la estimación de abril (3.1%)¹⁸. Para 2027, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta un crecimiento del 3.4%, dos décimas superior al pronóstico anterior. La inflación global se ha revisado al alza: del 4.4% al 4.7% para 2026¹⁹.
El FMI describe un mundo escindido entre dos fuerzas que operan en sentidos opuestos: el impacto económico negativo de la guerra en Oriente Medio, que pesa sobre los importadores de energía y las economías vulnerables, y el impulso positivo del ciclo tecnológico mundial impulsado por la inteligencia artificial, que beneficia a las economías integradas en la cadena de valor tecnológica global²⁰. Las economías menos integradas en esa cadena, especialmente países de bajos ingresos importadores de energía, sufren los efectos combinados de precios energéticos elevados y la brecha tecnológica ensanchándose.
El escenario de estanflación geopolítica descrito en abril —bajo crecimiento, inflación persistente y conflictos enquistados sin solución política— se ha confirmado.
Los precios del petróleo se mantienen por encima de los 90 dólares por barril en el escenario base. Las economías de Irán y Qatar siguen en contracción, aunque con matices: la contracción iraní estimada en abril en un 6.1% podría moderarse si el acuerdo sobre Ormuz se materializa, mientras que la inflación global continúa resistiéndose a las políticas restrictivas de los bancos centrales²¹.
En abril escribimos que la incógnita no era si el mundo estaba en crisis —lo estaba—, sino si las estructuras que emergerían de la fragmentación serían capaces de gestionar la próxima sacudida. Los cuatro meses transcurridos han dado una respuesta parcial:
las estructuras emergentes se están consolidando, pero su capacidad de gestión colectiva sigue siendo débiles.
El alto al fuego en Oriente Medio sobrevive, pero no se estabiliza; el frente ucraniano se mantiene en un desgaste que nadie gana definitivamente. Europa avanza hacia su autonomía estratégica sin romper formalmente con Washington. Y el campo de batalla tecnológico se ha dividido en dos instituciones paralelas —Pax Silica y WAICO— que compiten por definir el futuro de la inteligencia artificial²².
La fragmentación ya no es una transición. Es el sistema. Y como todo sistema, genera sus propias reglas, inercias y vulnerabilidades.
La pregunta que queda abierta para el cierre de 2026 no es si el orden unipolar caerá —ya cayó—, sino si los nuevos polos de poder serán capaces de construir mecanismos de gestión de crisis que eviten que la próxima sacudida se convierta en un colapso. Los datos disponibles sugieren que no. El tiempo y los acontecimientos dictarán si este pronóstico se confirma o, como exige la ciencia, queda refutado.
Lectura recomendada: Efectos de segundo orden: los cisnes grises que nadie quiere mirar