Minerales submarinos, carbono azul y el Tratado de Alta Mar redefinen el poder marítimo del siglo XXI.
Además de servir como espacio de rutas comerciales; el mar es almacén de calor, depósitos minerales, sumidero de carbono y escenario donde la soberanía se gana o se pierde metros bajo el nivel de las aguas.
En el primer artículo Desequilibrio energético terrestre y calor acumulado señalamos que más del 91% del exceso de calor acumulado por el planeta es absorbido por los océanos.¹ En el tercero La nueva fiebre del oro: minerales críticos y transición energética se describe cómo la transición energética desplazó la competencia geopolítica del petróleo hacia los minerales críticos. Ahora, ambas realidades convergen en un mismo espacio, en el océano, donde ocurren los fenómenos climáticos y es fuente de recursos; una transformación que ha convertido las aguas en una zona de influencia, disputa y soberanía jurídica incierta.
El 17 de enero de 2026 entró en vigor el Acuerdo sobre la Diversidad Biológica Marina en Zonas fuera de la Jurisdicción Nacional —conocido como Acuerdo BBNJ o Tratado de Alta Mar—, después de que al menos 60 países lo ratificaran.² Cubre el 30% de la superficie terrestre y 64% de los océanos que no pertenecen a ninguna nación.³ Por primera vez existe un instrumento jurídicamente vinculante para establecer áreas marinas protegidas en aguas internacionales, regular los recursos genéticos marinos y exigir evaluaciones de impacto ambiental antes de toda actividad industrial.⁴
Sin embargo, su aplicación inmediata revela una brecha entre lo acordado en papel y la capacidad de hacerlo cumplir. Más de 169 países lo firmaro, pero apenas 128 lo han ratificado a octubre de 2026.⁵ La primera Conferencia de las Partes se celebrará en enero de 2027 en Nueva York, donde quedará expuesta la división entre quienes ven el océano como patrimonio común y quienes lo conciben como escenario de explotación estratégica.⁶ La Unión Europea lidera su ratificación, mientras que otras potencias marítimas muestran mayor cautela.⁴
Mientras el BBNJ avanza lentamente, otra negociación corre a toda velocidad; se trata del Código de Minerales de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA).⁷ El fondo marino internacional contiene nódulos polimetálicos, costras de ferromanganeso y depósitos de sulfuros ricos en cobalto, níquel, cobre y tierras raras —los mismos minerales críticos que escasean en tierra firme.⁸ En julio de 2026, el Consejo de la ISA celebró su 31ª reunión, avanzando en el borrador definitivo de régimen de explotación.⁷
El conflicto es de fondo. Por un lado, está el principio de que la zona internacional y sus recursos son "patrimonio común de la humanidad"⁸; y por el otro, las grandes potencias cuentan con 34 contratos de exploración en aguas profundas; de los cuales China posee cinco en zonas estratégicas del Pacífico e Índico.⁹ Estados Unidos, que no es parte de la United Nations Convention on the Law of the Sea, ha avanzado por la vía unilateral mediante órdenes ejecutivas.¹⁰ Japón realizó en 2026 pruebas de extracción de lodos ricos en tierras raras en su zona económica exclusiva.¹¹ Brasil ha puesto en valor la Elevação do Rio Grande, una zona submarina en el Atlántico Sur rica en cobalto y metales esenciales.¹²
En este contexto, el dilema es evidente. La tecnología que permitirá la transición energética corre el riesgo de destruir los ecosistemas más profundos y desconocidos del planeta, sin que exista consenso sobre cómo distribuir sus beneficios ni cómo prevenir daños irreversibles.⁸
Si el fondo marino atrae por lo que contiene, la superficie y las costas ganan valor por lo que absorben. El concepto de carbono azul —captura y almacenamiento de este elemento por ecosistemas marinos y costeros— pasó de la ciencia a la política climática.¹³ Las Bahamas anunciaron en septiembre de 2026 un programa nacional de carbono azul que integrará sus praderas marinas a la Contribución Determinada a nivel Nacional.¹⁰
Eso transforma la lógica geopolítica a una posesión de mar territorial con ecosistemas saludables ricos en sumideros de carbono de alto valor, créditos climáticos y poder de negociación internacional.¹³ Los pequeños Estados insulares reclaman reconocimiento como gestores de una parte sustancial de la capacidad planetaria de mitigación. No piden solo ayuda, exigen remuneración por un servicio global que prestan de forma gratuita.¹⁰
Más allá de la soberanía marítima, ¿qué ocurre cuando un Estado deja de tener el territorio sobre el que se sustenta su condición estatal?¹⁴
Tuvalu puso en marcha el Proyecto Futuro Ahora; la primera iniciativa de soberanía digital del mundo.¹⁵ Enmendó su Constitución para establecer que el Estado subsistirá aunque su territorio físico desaparezca, comenzó la digitalización tridimensional completa de sus islas y firmó declaraciones conjuntas con 25 países que reconocen su soberanía permanente.¹⁵ En septiembre de 2026, la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración sobre la Subida del Nivel del Mar, que reafirma que la pérdida de territorio no extingue la condición de Estado.¹⁶
Esto reescribe las tres condiciones clásicas de Estado: población, territorio y gobierno.¹⁴ Si el territorio se sumerge, ¿dónde empieza y termina la soberanía? ¿Continúan vigentes sus zonas económicas exclusivas? La respuesta podría definir el concepto de Estado en el siglo XXI.¹⁴
Hacia 2040 se vislumbran tres escenarios:
Gobernanza oceánica integrada: el BBNJ se implementa con recursos suficientes, se establecen mecanismos de reparto equitativo de beneficios y el carbono azul se integra en un régimen climático global con remuneración justa.¹⁷
Fragmentación marítima: las grandes potencias avanzan unilateralmente en minería submarina, el BBNJ se convierte en declaración sin fuerza y las zonas económicas exclusivas se disputan con mayor intensidad.¹⁷
Vacío jurídico: eventos extremos simultáneos destruyen infraestructura costera, múltiples Estados insulares pierden territorio habitable y no existe mecanismo internacional que resuelva la sucesión de derechos marítimos.¹⁷
La trayectoria actual apunta hacia el segundo escenario, donde puede haber avances normativos, pero la competencia tecnológica y el interés por los minerales del fondo marino presionan para acelerar la explotación antes de consolidar las reglas⁹.
El océano dejó de ser el telón de fondo de la geopolítica para convertirse el escenario principal. Acumula el calor que modifica el clima mundial,¹ guarda los minerales que harán posible la transición energética,⁷ captura el carbono que podría estabilizar el calentamiento,¹³ y borra las fronteras de quienes habitan sobre él.¹⁶
La competencia por los océanos trasciende la explotación de recursos. En ella se dirime también la capacidad de los Estados para adaptarse a un mundo donde la geografía física y las fronteras políticas dejan de ser realidades permanentes.
Análisis completo:
0. Geopolítica del clima: riesgos, energía y poder.
1. Desequilibrio energético terrestre y calor acumulado.
2. Cambio climático y geopolítica: la reconfiguración silenciosa del poder mundial.
3. La nueva fiebre del oro: minerales críticos y transición energética.
4. Geofinanzas: deuda y justicia climática, nuevo campo de batalla.
5. Frontera azul: océanos y soberanía en retroceso.
6. IA, datos digitales y la nueva ventaja estratégica.
7. El Niño 2026–2027: efectos inmediatos.
8. Agua subterránea y sistemas alimentarios.
9. El Sur Global entre dependencia y autonomía.