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27 Mar
27Mar

Cómo el calentamiento del planeta transforma la seguridad internacional, redefine el poder y desafía la capacidad de adaptación de los Estados.


Riegos Globales

El planeta acumula un calor que no desaparecerá cuando cambien las políticas internacionales o se reduzcan las emisiones de dióxido de carbono. Sus efectos trascienden el medio ambiente: amenazan ciudades, alteran economías, profundizan desigualdades y reconfiguran las relaciones de poder. Comprender esta transformación es clave para anticipar los riesgos y la geopolítica de las próximas décadas.


Representación del planeta Tierra, dividido en mitades. Una agrietada por el intenso calor y la otra fría; debido al desequilibrio energético terrestre..

El cambio climático dejó de percibirse como problema ambiental y se convirtió en eje que reconfigura las relaciones internacionales, el poder estatal y, las perspectivas de desarrollo a mediano y largo plazo. El informe Estado del Clima Mundial 2025 de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) incorporar el desequilibrio energético terrestre como indicador central: 

Diferencia entre la energía solar que ingresa al planeta y la que irradia hacia el espacio, reteniéndose un excedente térmico acumulado en forma irreversible.12

Los registros confirman que el periodo 2015-2025 fue la década más cálida, 2025 alcanzó 1.43 °C sobre niveles preindustriales.¹⁷ Pero, lo trascendental fue su distribución: más del 91% del calor sobrante fue absorbido por los océanos, la atmósfera superficial retuvo un 1%, las masas continentales el 5% y la criosfera el 3%.¹³ El ritmo de calentamiento oceánico se duplicó entre 1960-2005 y 2005-2025; lo que representó a 18 veces el consumo energético anual total de la humanidad.¹⁵ 

Esto significa que, si hoy se estabilizaran las emisiones, el calor absorbido continuaría elevando el nivel mar, produciría acidificación o aumento de la acidez oceánica, intensas tormentas y sequías prolongadas durante décadas o siglos.¹³


Infografía que presenta la distribución del calor en el planeta Tierra. Energía acumulada por áreas y el aumento en dos décadas.

El desequilibrio energético

Esta nueva realidad desplaza el foco estratégico. No basta con mitigar las emisiones para priorizar la planificación de adaptación estratégica, fortalecer la resiliencia nacional y gestionar los riesgos que se propagan por todo el globo.¹

Los océanos están dejando de ser únicamente rutas comerciales, caladeros o depósitos de recursos minerales para convertirse en el núcleo regulador del calor del planeta.¹² Su monitoreo, el control de zonas marítimas y la capacidad científica para medir el nivel térmico, las corrientes marinas y la acidificación pasan a ser activos clave de poder. 

Megaciudades costeras como Singapur, Shanghái y Róterdam; consideradas estratégicas por sus puertos globales, terminales energéticas y plantas generadoras; presentan riesgos debido a la elevación del nivel mar y oleajes extremos, situación que impacta en las finanzas públicas, genera desplazamientos poblacionales y debilita la infraestructura esencial.¹⁸ 

Países con extensas costas o territorios insulares pequeños sufren las consecuencias en forma anticipada y severa, profundizando las brechas internacionales.

Vulnerabilidad y eventos extremos

Olas de calor, sequías persistentes, inundaciones y ciclones ya no son excepciones, sino la nueva normalidad operativa.¹³ Rompen cadenas de suministro, disparan los precios agrícolas, elevan costos de seguros y erosionan la confianza ciudadana de gobiernos incapaces de responder a los momentos de crisis.¹ 

Así, se manifiesta con crudeza la desigualdad climática: naciones con instituciones frágiles, escasos recursos y baja capacidad técnica para absorben los impactos desproporcionados; se incrementa la fragilidad estatal, surgen conflictos por el agua y tierras fértiles, migraciones forzadas internas y transfronterizas, así como dependencia de ayuda externa.¹⁰ 

Los riesgos se multiplican y se transmiten entre regiones, afectando economías avanzadas que dependen de las importaciones de alimentos o energéticas.

Competencia tecnológica y poder energético

La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera alcanzó en 2024 su nivel más alto en al menos dos millones de años, mientras que el metano y el óxido nitroso registraron máximos de al menos ochocientos mil años; ello evidencia que la transición energética avanza lentamente que la aceleración climática.¹⁰ 

En ese escenario, las potencias de combustibles fósiles conservan relevancia a corto plazo, pero ganan ventajas estratégicas quienes despliegan con rapidez energías renovables, almacenamiento eficiente, redes eléctricas inteligentes y, en sectores difíciles de electrificar, hidrógeno verde.¹

Destaca también la pugna por minerales críticos imprescindibles para baterías, paneles solares y equipos de monitoreo. Tecnologías de predicción climática, sensores oceánicos y alertas tempranas se transforman en instrumentos tanto de poder blando —cooperación y asistencia regional— y duro, al anticipar riesgos y proteger infraestructuras sensibles.¹² 


Ilustración cinematográfica del planeta Tierra en el espacio, en colores rojizos por el calor, que sirve de fondo a una frase reflexiva.

Hacia 2030-2040

Las tendencias científicas actuales permiten plantear tres escenarios posibles, siendo el más probable una combinación de ellos:

  1. Adaptación fragmentada: cada Estado podría priorizar su propia resiliencia; invertir en barreras costeras, abastecimiento y control fronterizo; pero esto se traduciría en desigualdades, menos cooperación y más tensiones por recursos escasos o flujos migratorios.¹
  2. Gobernanza climática reforzada: podrían surgir avances conjuntos en intercambio de datos meteorológicos, redes de alerta temprana, financiamiento climático y transferencia tecnológica; lo que mitigaría parcialmente los riesgos globales y favorecer los apoyos a naciones vulnerables.¹³
  3. Crisis climática encadenada: sucesos extremos simultáneos en distintas regiones podrían frenar las cadenas productivas, generar escasez de alimentos, incrementar el precio de la energía, gestar nuevos conflictos y agotar las capacidades de respuesta.¹

El escenario híbrido prevé avances puntuales en colaboración, pero dominados por la competencia geopolítica, intereses nacionales y respuestas tardías o insuficientes que amplifiquen riesgos.


El calor acumulado

El verdadero punto de inflexión no es solo subir algunos grados la temperatura, sino haber perdido el equilibrio energético del planeta; un fenómeno con persistencia multisecular que trasciende mandatos políticos y ciclos económicos.¹² 

En geopolítica emergente, el poder no se define por las reservas energéticas o armamento, sino por la capacidad institucional, científica y económica para gestionar el calor acumulado y mitigar sus efectos.¹ 

La estabilidad internacional depende de cómo se gestionen los riesgos ambientales compartidos. El clima actúa como amplificador de divisiones, tensiones y desequilibrios existentes.

La geopolítica del siglo XXI será, fundamentalmente, la del calor acumulado. Un desafío que obliga a integrar el conocimiento científico, anticipar transformaciones territoriales y marítimas, invertir en innovación y solidaridad, así como a revisar prioridades para construir resiliencia colectiva antes que las consecuencias sean irreversibles y más difíciles de controlar.


Lectura recomendada: La diplomacia del agua subterránea


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