Columna de opinión
Hay reuniones internacionales que parecen diseñadas para la fotografía. Los dirigentes llegan, estrechan sus manos, se colocan delante de las banderas, pronuncian palabras solemnes sobre la paz, la cooperación y un mundo más justo, y finalmente regresan a casa. Durante unas horas, las imágenes recorren la televisión del mundo y dan la impresión de que algo trascendental acaba de suceder.
Con los BRICS conviene hacer exactamente lo contrario: mirar menos la fotografía y más aquello que se está construyendo detrás del escenario. Porque la cumbre de Nueva Delhi no alumbra una alianza militar, ni una moneda común capaz de destronar mañana al dólar, ni mucho menos un bloque compacto dispuesto a enfrentarse a Occidente. Todo eso pertenece, por ahora, más al terreno de la propaganda que al de la realidad. Pero sería grave error concluir que no está pasando nada.
Lo que está pasando es algo más lento, menos espectacular y más importante: una parte creciente del mundo intenta adquirir instrumentos para depender menos de las estructuras económicas, financieras y políticas dominadas por Occidente. Y esto sí tiene consecuencias estratégicas.
Durante años, cada cumbre ha alimentado la misma noticia: "los BRICS preparan una moneda para acabar con el dólar". Esto es una simplificación cómoda y, de momento, equivocada. Lo interesante está en otra parte.
Los miembros están trabajando para conectar sistemas de pago, facilitar las operaciones transfronterizas y aumentar el uso de monedas nacionales en el comercio. La declaración de Nueva Delhi habla expresamente de interoperatividad entre canales de pago y mensajería y de liquidaciones comerciales en monedas locales. Esto también puede parecer una cuestión técnica, pero no lo es.
El poder de una moneda internacional no depende únicamente de que sea fuerte, sino de que exista alrededor de ella una infraestructura gigantesca como bancos, sistemas de compensación, redes de pagos, mercados de capitales, seguros, financiación comercial, mecanismos jurídicos y confianza.
El dólar no domina porque alguien haya decidido que debe dominar. Domina porque durante décadas Estados Unidos y sus aliados construyeron un ecosistema financiero en torno a él. Los BRICS está intentando construir, modestamente, otro ecosistema. Todavía es pequeño. Las dificultades técnicas y las diferencias entre las economías miembros son enormes.
Pero el objetivo estratégico es mucho más sensato que fabricar una fantasiosa "moneda BRICS": conseguir que una empresa india pueda comerciar con una brasileña, una china o una emiratí sin que cada operación tenga que pasar por la arquitectura financiera occidental. Es quí donde empieza la autonomía, en una geopolítica de poder.
Hay otra razón por la que esto importa. Las sanciones occidentales contra Rusia demuestran hasta qué punto el sistema financiero internacional puede convertirse en instrumento de poder geopolítico.
Para Washington y sus aliados, las sanciones son una herramienta de presión, en tanto que la misma experiencia para otros países contiene una lección diferente: si algún día ellos entraran en conflicto con Estados Unidos o Europa, podrían encontrarse sometidos a mecanismos similares. Irán lleva décadas experimentándolo, Rusia lo vive desde 2022, y China e India observan.
Esa es la alave para entender a los BRICS. No todos sus miembros quieren derribar el sistema occidental. Ni siquiera están de acuerdo sobre cómo reformarlo. Pero algunos quieren disponer de una puerta de salida si algún día necesitan utilizarla. No hace falta que esa puerta se utilice todos los días, solo basta con que exista.
Aquí aparece la gran paradoja. Los BRICS son poderosos porque no constituyen una alianza convencional. Carecen de la cohesión de la OTAN. No tiene una ideología común, ni un enemigo único. No todos sus miembros quieren lo mismo.
India no quiere vivir bajo la hegemonía estadounidense, pero tampoco bajo la hegemonía china; Brasil quiere más autonomía internacional, pero tratar de evitar una guerra contra Occidente; Rusia necesita romper su aislamiento, China quiere transformar el equilibrio internacional y ampliar su influencia, Irán busca reducir la vulnerabilidad provocada por las sanciones y los Emiratos Árabes Unidos mantienen relaciones estratégicas con Washington mientras participan en una organización donde también está Irán.
Esa no es una familia feliz, es algo más interesante: un grupo de países que descubren que tienen intereses suficientes en común para cooperar aunque no confíen plenamente entre sí. Esto es mucho más realista y, probablemente, mucho más duradero.
Si se quiere entender hacia dónde van los BRICS, hay que mirar a Nueva Delhi, no a Moscú.
Rusia y China tienen una visión revisionista del orden internacional. India, en cambio, juga otra partida; Modi no quiere sustituir una hegemonía por otra. Desea un margen de maniobra para comprar petróleo ruso, desarrollar su relación estratégica con Estados Unidos, comerciar masivamente con China, participar en los BRICS, formar parte del Quad con Washington, Japón y Australia, y mantener relaciones con Irán y los países del Golfo.
Desde la lógica tradicional de bloques, parece contradictorio; pero, bajo la mirada de una potencia que quiere maximizar su autonomía, tiene todo el sentido del mundo. India no está escogiendo bando, intenta convertirse en un bando, frase que mejor explica la geopolítica del siglo XXI.
Por eso la visita del presidente chino a India tiene más importancia que cualquier fotografía colectiva. Es la primera desde 2019 y llega después de la crisis militar de 2020, cuando las tropas de ambos países se enfrentaron en la frontera himalaya y murieron soldados de los dos lados. Desde entonces se ha producido una cautelosa desescalada, pero las tropas continúan desplegadas y las desconfianza estratégica continúa.
Lo interesante es que China e India están descubriendo que pueden necesitarse mientras compiten. China es el principal proveedor de muchas de las mercancías y componentes que necesita la industria india. Y por su parte, India necesita convertirse en alternativa manufacturera a China, por lo que profundiza sus relaciones estratégicas con Estados Unidos.
India y EEUU no son aliados, son competidores; una guerra permanente entre ambos sería extraordinariamente costosa. De aquí el acercamiento. Los BRICS cumple una función que suele pasar desapercibida: ofrecen un espacio en el que China e India pueden cooperar sin tener que resolver previamente todas sus diferencias bilaterales. Eso es diplomáticamente muy útil.
La guerra de Oriente Medio convierte esta cumbre en prueba de estrés. Dentro de BRICS están Irán y Emiratos Árabes Unidos. Sus intereses regionales no son idénticos. Y mientras Estados Unidos mantiene una relación privilegiada con varios países del Golfo, Irán está sufre una enorme presión económica y militar.
Sin embargo, los BRICS han conseguido aprobar una declaración común que condena las sanciones unilaterales y reclama contención ante la escalada en Oriente Medio, evitando convertir el documento en una declaración de guerra política contra Estados Unidos. Ese equilibrio es importante porque demuestra que los BRICS no necesita estar de acuerdo en todo para producir un efecto político.
El grupo puede convertirse en un espacio diplomático donde los países que no aceptan las reglas establecidas por Washington puedan coordinar sus posiciones sin formar una alianza. Es una diferencia fundamental.
Quizá ésta sea la mayor equivocación de buena parte del análisis geopolítico contemporáneo. Seguimos buscando un mundo bipolar: Estados Unidos contra China, Occidente contra los BRICS y democracias contra autocracias; pero el mundo que emerge parece mucho más desordenado.
India no quiere elegir entre Washington y Moscú, Arabia Saudí y los Emiratos no quieren decaantarse entre Estados Unidos y China, Brasil evita convertirse en satélite de Pekín o de Washington, y Turquía hace tiempo que practica su propia versión de esa autonomía. En ese mismo contexto Indonesia quiere un espacio estratégico; los países africanos buscan inversiones chinas, acceso occidental a mercados, tecnología, financiamiento y capacidad de negociación propia.
En otras palabras: el Sur Global no busca un nuevo amo, intenta dejar de tener uno solo; y eso cambia radicalmente la naturaleza de la competencia.
Ésta es, probablemente, la cuestión más profunda. La utilidad estratégica de los BRICS no consiste en sustituir al dólar, al FMI, al Banco Mundial, al G7 o al sistema occidental. Consiste en que, con el tiempo sus miembros tengan alternativas financieras, comerciales, tecnológicas, diplomáticas, energéticas y financieras.
Un país que tiene una opción, negocia; el que posee tres, elige; pero, el que elija puede conseguir autonomía estratégica. Ésta es la verdadera batalla que se está librando; no es por una moneda, sino por las opciones.
No obstante, sería ingenuo convertir esta historia en una épica del ascenso imparable de los BRICS. Sus contradicciones son enormes. India y China siguen siendo rivales estratégicos. China tiene un peso económico muy superior al de la mayoría de sus socios y eso genera temor a que los BRICS terminen convirtiéndose en un vehículo de influencia china.
Rusia tiene prioridades radicalmente diferentes, Irán necesita una confrontación mucho más intensa con el sistema occidental que Brasil o India, y cuanto más crece el grupo, más difícil resulta construir consensos.
Precisamente por eso la declaración de Nueva Delhi resulta reveladora: hay acuerdos sobre principios generales, pero todavía no existe una estrategia común capaz de transformar al conjunto en un bloque coherente. El documento apuesta por la cooperación práctica, mientras evita una ruptura frontal con Occidente; un límite que no invalida el proyecto, lo define.
La fotografía de Nueva Delhi no demuestra que Putin, Xi, Modi y los demás dirigentes hayan creado un nuevo orden mundial. Esto sería propaganda. Lo que evidencia es algo más sencillo: un interés entre potencias y países emergentes para sentarse alrededor de la misma mesa mientras el viejo equilibrio internacional pierde estabilidad.
El resultado no será probablemente un "bloque BRICS" perfectamente organizado, sino algo más parecido a una red de pagos, financiamiento, comercial, diplomática, de países que, ante una crisis, puedan apoyarse parcialmente unos a otros. Y las redes, son difíciles de fotografiar, pero pueden ser mucho más importantes que las alianzas cuando salen bien en la fotografía.
La noticia no es que dentro de unos años alguien anuncie una espectacular moneda BRICS. Será mucho más aburrida; que una parte creciente del comercio entre esos países pueda liquidarse directamente en monedas locales, que un banco pueda financiar una operación sin pasar por Nueva York o Londres, que un país sancionado siga obteniendo financiamiento, que un banco de desarrollo pueda proporcionar capital donde antes había que acudir a instituciones dominadas por Occidente; que India, China, Brasil, Rusia y los países del Golfo puedan coordinar posiciones en Naciones Unidas, y que los países del Sur Global tengan más de una fuente de financiamiento, tecnología, energía y mercados.
Cuando eso ocurra, nadie necesitará anunciar que ha nacido un nuevo orden mundial. El nuevo orden ya estará funcionando. Y quizá ésta sea la parte más interesante de BRICS: no estamos asistiendo a una revolución geopolítica que ocurra de golpe, con una fecha, una bandera y un tratado.
Estamos viendo algo mucho más lento. El poder mundial se está desagregando. Estados Unidos sigue siendo extraordinariamente poderoso. China sigue creciendo como potencia sistémica. Europa conserva un peso económico enorme. Rusia mantiene capacidades militares y energéticas decisivas. Pero entre ellos aparece un espacio cada vez mayor de países que ya no quieren limitarse a escoger entre uno y otro. Quieren negociar con todos. Y, sobre todo, quieren tener la capacidad de decir que no.
Eso, mucho más que las ceremonias de Nueva Delhi, es lo que merece nuestra atención.