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31 Aug
31Aug

Del proyecto bolivariano a la nueva arquitectura energética y geopolítica del hemisferio occidental.

Globo terráqueo de América encadenado con eslabones de bandera estadounidense y un barril de petróleo negro al costado crudo.

La paradoja de la soberanía

Hay momentos en la historia en los que las naciones no pierden su soberanía de un solo golpe. La pierden gradualmente, casi siempre mientras sus ciudadanos discuten sobre otra cosa. Venezuela parece encontrarse ante uno de esos momentos.

Durante años, la discusión venezolana quedó atrapada entre dos explicaciones aparentemente incompatibles. Para unos, la tragedia económica, política y social fue consecuencia esencialmente del proyecto chavista: una combinación de dependencia petrolera, estatización, controles económicos, deterioro institucional, corrupción y decisiones que terminaron destruyendo buena parte de la capacidad productiva nacional.

Para otros, la explicación fundamental se encontraba fuera de Venezuela: Estados Unidos habría sometido al país a una estrategia progresiva de sanciones, aislamiento, presión política y económica destinada a provocar el colapso del gobierno bolivariano y recuperar el control sobre sus recursos estratégicos.

Ambas interpretaciones contienen una parte de la verdad. Y precisamente por eso ninguna de las dos, por sí sola, explica completamente la tragedia venezolana. 

La historia suele ser más incómoda que las consignas.


Infografía sobre los principales recursos estratégicos de Venezuela. Reservas, ubicación y fuentes que sustentan la veracidad de la información.

El proyecto que pretendía emancipar a Venezuela

Cuando Hugo Chávez llegó al poder, no presentó simplemente un programa de gobierno. También, un proyecto de transformación histórica.

Su visión del denominado socialismo bolivariano pretendía recuperar el control nacional sobre los recursos estratégicos, reducir su dependencia de Estados Unidos, fortalecer al Estado, impulsar la integración latinoamericana y utilizar la renta petrolera como instrumento para modificar la estructura social.

En términos geopolíticos, el proyecto tenía una lógica perfectamente reconocible: convertir los recursos naturales en instrumentos de soberanía.

Pero existía una contradicción estructural. La revolución bolivariana pretendía reducir la subordinación venezolana del exterior mientras profundizaba la dependencia de su economía respecto al petróleo.

Mientras los ingresos petroleros fueron elevados, el sistema pudo financiar una amplia política social, incrementar el consumo y proyectar poder regional.

Pero una economía excesivamente dependiente de una sola materia prima no deja de ser vulnerable porque el Estado controle su principal fuente de ingresos. 

Al contrario, cuando esa fuente comienza a deteriorarse, toda la estructura empieza a sentir sus efectos. Y eso fue precisamente lo que ocurrió.


La vulnerabilidad no comenzó en Washington

La caída de la producción petrolera venezolana no comenzó con las sanciones más severas de Estados Unidos. Mucho antes de que Washington aplicara las medidas que terminarían golpeando directamente a PDVSA, la industria petrolera venezolana ya padecía problemas de inversión, mantenimiento, gestión, pérdida de personal especializado y deterioro de infraestructura.

La politización de PDVSA después del conflicto de 2002-2003 tuvo consecuencias profundas. La expulsión de miles de trabajadores especializados no fue una decisión tomada en Washington. Tampoco lo fueron la expansión de los controles de precios, las distorsiones cambiarias, las expropiaciones, el debilitamiento del sector privado, la dependencia creciente de las importaciones o la expansión monetaria que posteriormente desembocaría en hiperinflación.

Es necesario reconocerlo porque existe una tentación permanente, particularmente en los análisis geopolíticos, de atribuir todos los acontecimientos a la acción de una potencia externa. Eso conduce a una interpretación tan incompleta como su opuesta.

Un Estado puede ser víctima de presiones externas y, simultáneamente, cometer errores internos de enorme magnitud. Venezuela hizo ambas cosas.


Cuando la presión externa encontró una estructura debilitada

La caída de los precios del petróleo después de 2014 encontró a Venezuela en una posición extraordinariamente vulnerable. El Estado dependía de los ingresos petroleros, la producción ya había disminuido, la economía productiva estaba debilitada, la capacidad financiera se había deteriorado y la confrontación política interna se encontraba en uno de sus momentos más intensos.

Fue entonces cuando la presión estadounidense comenzó a adquirir una dimensión todavía mayor. Las sanciones de Washington no crearon las debilidades estructurales de Venezuela, pero actuaron sobre ellas como un multiplicador. Las sanciones financieras limitaron el acceso del Estado a determinados mecanismos de financiamiento. Posteriormente, las medidas contra PDVSA afectaron la principal fuente de ingresos externos al país.

Aquí aparece una distinción fundamental. Causa no es lo mismo que agravante. Una enfermedad previa no deja de existir porque aparezca un factor que la empeore.

Y eso es precisamente lo que ocurrió con Venezuela. El modelo económico había generado vulnerabilidades internas, la política estadounidense explotó y profundizó esas vulnerabilidades. Ambas circunstancias terminaron retroalimentándose.


La oposición y el dilema de la desesperación

En este punto aparece una dimensión humana que los análisis estratégicos suelen olvidar. Para un ciudadano que pierde su empleo, no puede alimentar a su familia, observa desaparecer sus ahorros y contempla cómo sus hijos emigran, una discusión sobre soberanía energética puede parecer un lujo intelectual.

La desesperación modifica las prioridades. Muchos venezolanos consideraron que cualquier alternativa al chavismo era preferible a la situación existente. Otros defendieron al gobierno porque consideraban que el proyecto bolivariano representaba una garantía frente a la injerencia extranjera.

Y entre ambos extremos quedó una mayoría que probablemente no se reconocía plenamente en ninguno. 

Por eso resulta demasiado sencillo afirmar, retrospectivamente, que los venezolanos "entregaron" su país.

No fue así. Venezuela no actuó como un actor único. Existieron chavistas, opositores, neutrales, emigrantes, empresarios, trabajadores, militares, intelectuales y millones de ciudadanos cuya principal preocupación era simplemente sobrevivir.

El problema geopolítico no fue que todos ellos tomaran una misma decisión. Fue que la confrontación interna debilitó progresivamente la capacidad del Estado para defender una posición autónoma frente a actores externos mucho más poderosos.


De la coerción a la intervención

Y entonces ocurrió algo que modificó completamente el tablero. Durante años, Washington utilizó instrumentos diplomáticos, financieros, económicos y políticos para presionar por un cambio de régimen en Venezuela.

Pero en enero de 2026 se produjo una ruptura cualitativa. Estados Unidos pasó de la coerción indirecta a la intervención y capturó a Nicolás Maduro.

La diferencia no es solamente militar, es conceptual. Una cosa es intentar modificar la conducta de un gobierno y, otra muy diferente, es intervenir directamente en la estructura de poder de un Estado.

Las declaraciones posteriores de Donald Trump hicieron todavía más explícita la naturaleza de la nueva etapa. Washington no ocultó que pretendía desempeñar un papel directo en la conducción de Venezuela durante el proceso de transición. 

El lenguaje utilizado dejó atrás la diplomacia convencional. Venezuela había dejado de ser únicamente un adversario político. Se había convertido en un espacio de reorganización estratégica.


Infografía que ilustra la producción petrolera de Venezuela con datos actualizados, viñetas y diseño atractivo.

El petróleo vuelve al centro de la historia

No existe análisis geopolítico serio sobre Venezuela que pueda ignorar el petróleo. Pero tampoco debería reducirse todo al petróleo. Los recursos energéticos constituyen una fuente de riqueza, un instrumento de poder y un elemento de seguridad nacional.

Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Un dato que ha condicionado su historia durante décadas. Pero ahora aparece un elemento nuevo.

En agosto de 2026, Estados Unidos alcanzó acuerdos destinados a obtener una posición dominante sobre importantes recursos petroleros venezolanos, acompañados por grandes compromisos de inversión. 

Si estos acuerdos se consolidan, Venezuela podría pasar de ser un Estado petrolero enfrentado políticamente con Washington a convertirse en un componente estratégico de una arquitectura energética profundamente vinculada con Estados Unidos.

Y aquí la cuestión deja de ser únicamente económica. Porque quien controla la producción no necesariamente controla todo.

Hay que observar quién controla inversión, tecnología, financiamiento, exportaciones, infraestructura, ingresos y las decisiones estratégicas. El petróleo no es solamente una mercancía. En determinadas circunstancias, es poder geopolítico líquido.


La dimensión que trasciende a Venezuela

Pero existe otra capa del problema. Venezuela no estaba sola en el escenario internacional. Durante la era chavista, Caracas construyó relaciones estratégicas con China, Rusia e Irán.

China se convirtió en un socio económico y financiero de enorme importancia. Rusia desarrolló vínculos políticos, militares y energéticos. Irán encontró en Venezuela un aliado estratégico dentro del hemisferio occidental. 

Por tanto, la transformación de Venezuela no afecta exclusivamente a Caracas y Washington, sino también al equilibrio de poder entre grandes actores externos.

Si Estados Unidos consigue reducir la presencia china, rusa e iraní en Venezuela y logra incorporar los recursos energéticos venezolanos a una estructura económica predominantemente estadounidense, entonces estaremos ante algo mucho más importante que un cambio de gobierno... ante una reconfiguración geopolítica del hemisferio occidental.


La verdadera paradoja del chavismo

Aquí aparece una de las ironías históricas más profundas del caso venezolano. El chavismo nació con la pretensión de aumentar la soberanía nacional, buscaba recuperar el control de los recursos naturales, pretendía disminuir la dependencia de Washington, intentaba construir un bloque latinoamericano capaz de actuar con mayor autonomía frente a Estados Unidos.

Sin embargo, la combinación de errores internos y presión externa terminó produciendo un resultado paradójico: 

el proyecto que pretendía ampliar la autonomía venezolana contribuyó, junto con factores externos, a crear las condiciones que hicieron posible una intervención estadounidense mucho más profunda.

No porque el chavismo haya sido el único responsable, tampoco porque Washington fuera el único responsable; sino porque ambos procesos terminaron interactuando: uno debilitó la estructura y el otro aumentó la presión sobre ella.


Sobre la nueva Venezuela

La crisis venezolana debe entenderse como un proceso de tres etapas.

La primera fue la construcción de la vulnerabilidad interna. La segunda, la explotación y profundización de esa vulnerabilidad mediante la coerción externa. Y la tercera, que estamos comenzando a observar, es la reconfiguración estratégica del Estado venezolano.

Desde esta perspectiva, el objetivo estadounidense no sería exclusivamente obtener petróleo, solo un componente fundamental de un proyecto geopolítico más amplio. Washington podría estar intentando convertir Venezuela en un nodo estratégico para recuperar influencia energética, limitar la presencia de China en América Latina, reducir el espacio de Rusia en el Caribe, contener la relación entre Venezuela e Irán, reforzar la posición estadounidense en el hemisferio occidental y
establecer una arquitectura energética regional favorable a sus intereses durante las próximas décadas.

Si esta hipótesis resulta correcta, entonces la captura de Maduro no fue el final de la crisis venezolana. Sería el inicio de una nueva etapa.

Un mosaico cultural venezolano. Símbolo de resiliencia, identidad y esperanza en un mundo mejor.

La soberanía más allá de las banderas

La pregunta fundamental, por tanto, ya no debería ser únicamente quién gobierna Venezuela. Tampoco quién ganó la confrontación entre chavistas y opositores. La cuestión estratégica es mucho más profunda:

¿Quién tendrá capacidad efectiva para decidir sobre los recursos venezolanos, los ingresos que produzcan, las alianzas internacionales del país y las condiciones bajo las cuales podrá ejercer su política exterior?

Porque la soberanía no consiste únicamente en colocar una bandera sobre un territorio. Un Estado puede conservar sus instituciones, su himno y sus fronteras y, sin embargo, disponer de un margen de autonomía estratégica extraordinariamente reducido.

La soberanía efectiva también depende de quién controla los recursos estratégicos, las finanzas, la infraestructura crítica, las alianzas militares, los mercados y la capacidad material para tomar decisiones independientes. Y Venezuela se encuentra precisamente ante esa encrucijada.


La lección venezolana

La historia venezolana ofrece una advertencia que trasciende las ideologías. Un Estado puede poseer enormes riquezas naturales y, al mismo tiempo, ser extremadamente pobre en capacidad estratégica.

Puede tener petróleo, gas y minerales. Puede tener territorio, población y posición geográfica. Puede incluso intentar desafiar a una gran potencia. Pero si su economía es excesivamente dependiente de una sola renta, sus instituciones se debilitan, su aparato productivo se deteriora y su sociedad se fractura profundamente, sus recursos naturales pueden terminar convirtiéndose en una vulnerabilidad en lugar de una fuente de poder.

La tragedia venezolana quizá no consista en que una de las dos grandes interpretaciones sea completamente verdadera y la otra falsa. Tal vez consista en que ambas contienen una parte de la verdad. El chavismo cometió errores estructurales que debilitaron al Estado, Estados Unidos ejerció una presión extraordinaria que profundizó esa debilidad, la oposición venezolana actuó dentro de una sociedad fracturada y desesperada, y las grandes potencias observaron, participaron y aprovecharon las oportunidades que les ofreció el deterioro de la situación.

La historia no suele presentar culpables perfectamente aislados. Presenta procesos, y el venezolano, parece estar conduciendo hacia una nueva realidad:

un país extraordinariamente rico en recursos naturales cuya soberanía efectiva podría quedar condicionada, durante las próximas décadas, por quienes posean la capacidad de controlar esos recursos y convertirlos en poder económico y estratégico.

Esa es, finalmente, la pregunta que deberá responder el futuro. No quién ganó Venezuela. Sino quién terminará teniendo la capacidad real de decidir sobre ella.


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