Contratos millonarios, guerra en Irán, vigilancia migratoria y una doctrina que quiere convertir Silicon Valley en contratista de guerra.
04-05-2026
No es solo un contratista militar. Palantir, la empresa fundada por Peter Thiel con inversión de la CIA, ha lanzado un manifiesto que pide servicio militar obligatorio para ingenieros y la militarización de la IA.
Mientras sus algoritmos definen bombardeos en Irán, rastrean migrantes en Texas y aterrizan sigilosamente en la inteligencia argentina, una pregunta emerge: ¿estamos ante el nuevo sistema operativo del orden mundial?
Este es el primer artículo de tres sobre Palantir. Los otros dos analizan: la hipótesis de la paz por código y el mercado de la desobediencia civil.
El 18 de abril de 2026, el CEO Alex Karp publicó un resumen de 22 puntos de su libro The Technological Republic. El texto es directo: Silicon Valley tiene una “deuda moral” con Estados Unidos, por lo que su élite de ingenieros debe participar activamente en la defensa nacional, incluso mediante servicio militar obligatorio.
Para Karp, no se trata de si se construirán armas de IA, sino de quién las construye y con qué propósito. Proclama: “La paz no vendrá porque no haya guerras, sino porque aplastaremos a los enemigos”. En sus palabras, el iPhone debe servir no para “hacer artistas”, sino para “hacer soldados”.
Las reacciones no se hicieron esperar. El filósofo Mark Coeckelbergh lo calificó como “tecnofascismo”. La revista Wired habló de “tecnofeudalismo”. Críticos señalan que el manifiesto esconde un plan más profundo: una reordenación mundial donde el software gobierna sin controles democráticos y las tecnológicas operan como feudos de poder.
Sin embargo, en los círculos del Pentágono, el texto fue recibido con alivio: por fin un ejecutivo de Alto Valle que no se avergüenza de la guerra.
Al calor del conflicto abierto con Irán (febrero-abril 2026), Palantir opera el Maven Smart System (MSS), que integra el modelo de IA de Anthropic.
Este sistema no se limita a analizar datos: identifica objetivos en minutos y automáticamente genera paquetes de ataque.
En el bombardeo del 28 de febrero contra una escuela en Minab, murieron más de 160 personas, entre ellos más de un centenar de niños.
El Congreso de Estados Unidos exigió saber si Maven identificó ese blanco. La respuesta oficial fue evasiva, pero filtraciones internas indican que el sistema clasificó la escuela como “blanco militar” basándose en una base de datos desactualizada.
Pese a estos errores, la plataforma se ha convertido en el “sistema operativo del Pentágono”. En la primera jornada de la guerra, Maven generó más de mil opciones de ataque.
Palantir tiene un contrato marco de 10 mil millones de dólares con el Ejército de Estados Unidos para el desarrollo y mantenimiento de MSS.
La velocidad del sistema es tal que los comandantes reciben recomendaciones antes de que los analistas humanos terminen de verificar los datos—un cambio cultural que los propios militares empiezan a cuestionar en privado.
Mientras Maven actúa en el frente internacional, en el doméstico la aplicación “Elite” (Enhanced Leads Identification & Targeting for Enforcement) se usa para rastrear migrantes.
Funciona como un mapa interactivo que señala barrios “ricos en objetivos”, cruza datos de salud pública (como Medicaid) y asigna una “puntuación de confianza de dirección”.
En marzo de 2026, un juez federal calificó las operaciones de ICE con esta tecnología como violatorias de la Cuarta Enmienda.
Una coalición de más de 30 legisladores demócratas exigió explicaciones al Departamento de Seguridad Nacional por la falta de transparencia y el riesgo de vigilancia masiva sobre ciudadanos estadounidenses.
Organizaciones civiles denuncian que, en 2025, uno de cada cinco detenidos por ICE no tenía antecedentes penales—un indicador de que la “inteligencia predictiva” está generando detenciones indiscriminadas.
Palantir defiende el sistema argumentando que “identifica patrones, no perfila personas”, pero los manuales internos filtrados muestran que los agentes utilizan la puntuación de confianza como sustituto de orden judicial.
Pese al contexto bélico y la tensión con Irán, que inicialmente disparó la acción un 15%, Palantir acumula una caída del 21.5% en seis meses (al 3 de mayo de 2026) y del 17% en lo que va de año.
La causa no es el negocio —los ingresos del gobierno de Estados Unidos crecieron un 55% en 2025, hasta 1,855 millones de dólares— sino la compresión de múltiplos en el sector software, agravada por el temor a que nuevos modelos de IA generativa (como los de Anthropic, ahora vetados por Trump) erosionen sus barreras de entrada.
Aun así, grandes firmas mantienen la confianza. Wedbush (Dan Ives) reiteró un precio objetivo de 230 dólares, en tanto que Rosenblatt subió a 200.
UBS la considera una “historia de crecimiento líder” en la convergencia de IA y defensa.
La verdadera pregunta es si los fundamentales pueden justificar una relación precio-ganancias superior a 200 veces—y si los inversores institucionales comenzarán a descontar el riesgo geopolítico de depender de un contratista tan personalista.
Palantir sostiene que la era del “poder blando” (diplomacia, ayuda humanitaria, intercambio cultural) ha terminado. Ahora toca el “poder duro”: IA para vigilancia, deportación y guerra.
El presidente Trump los elogió en Truth Social el 20 de abril: “Solo pregunten a nuestros enemigos”.
La doctrina Karp supone que Silicon Valley debe abandonar su neutralidad política y convertirse en un complejo militar-industrial de nueva generación.
Académicos como Shoshana Zuboff la acusan de liderar la “guerra cognitiva”: no solo propaganda, sino predicción de comportamientos colectivos y modelado de escenarios sociales para neutralizar protestas como “anomalías”.
Algunos críticos en la revista Jacobin compararon a Palantir con IG Farben, el conglomerado alemán que fue engranaje clave del nazismo—una analogía que Karp desestimó como “ignorancia histórica”.
La compañía ya firmó con el NHS británico (contrato polémico de £330 millones) y ahora busca aterrizar en Argentina mediante el Decreto de Necesidad y Urgencia 941/2025, que reformó la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) para usar Gotham, su plataforma estrella.
La tesis oficial: Argentina ofrece costo bajo, un marco regulatorio nuevo y puede convertirse en un polo tecnológico regional.
La tesis crítica: organizaciones gremiales locales advierten que “Palantir no vende software: vende una cosmovisión” y acusan al gobierno de abrir la puerta al “tecnofascismo”.
La visita de Peter Thiel a Buenos Aires en abril de 2026, en reuniones bajo hermetismo oficial, avivó las sospechas.
A estas alturas, la mayoría de los análisis repiten que Palantir es peligroso porque facilita la vigilancia y la guerra. Eso es cierto, pero también es superficial.
La verdadera novedad es que Palantir ha pasado de ser una herramienta a ser una doctrina: propone que el siglo XXI se gana con código, no con diplomacia, y que las tecnológicas deben ser contratistas de guerra con pleno derecho político.
Esta semana, entre el manifiesto de Karp, su rol en los bombardeos a Irán y el escándalo de ICE, quedó claro que Palantir está peleando por ser el sistema operativo del nuevo orden mundial.
No un sistema entre otros: el sistema que define qué es un blanco, qué es una anomalía y qué es un enemigo.
Las preguntas abiertas no son técnicas: son constitucionales.
¿Quién audita el código? ¿Qué Parlamento puede modificar los umbrales de “sospecha”? ¿Qué sucede cuando el software se equivoca y no hay manera de recurrir la decisión algorítmica?
Para dos respuestas hipotéticas y falsables que profundizan estas preguntas, consulte los otros dos artículos: