El dilema de la seguridad y el acceso al Mar Rojo.
La relación entre Etiopía y Eritrea constituye uno de los ejes más sensibles del Cuerno de África, una región clave por su proximidad al Mar Rojo y a rutas críticas del comercio global.
Aunque el acuerdo de paz firmado en 2018 puso fin formalmente a dos décadas de hostilidad, la relación bilateral no ha transitado hacia una normalización plena.
En la práctica, se mantiene una paz fría, atravesada por intereses estratégicos divergentes, dinámicas internas y presiones regionales.
Eritrea obtuvo su independencia en 1993 tras una guerra prolongada contra Etiopía.
Sin embargo, el nuevo orden estatal nació con una falla crítica: la delimitación fronteriza incompleta, especialmente en zonas como Badme.
Entre 1998 y 2000, ambos países se enfrentaron en una guerra convencional de alta intensidad.
El conflicto dejó decenas de miles de muertos y consolidó una lógica de enemistad estructural, incluso después de los Acuerdos de Argel.
Aunque una comisión internacional otorgó Badme a Eritrea, Etiopía evitó implementar completamente el fallo durante años, manteniendo la tensión latente.
La llegada al poder de Abiy Ahmed marcó un giro inesperado. En 2018 firmó un acuerdo con Isaias Afwerki que incluía:
Este movimiento tuvo un impacto geopolítico inmediato:
Pero la implementación fue parcial y desigual.
Las fronteras volvieron a cerrarse en la práctica, el comercio no se consolidó y la institucionalización del acuerdo fue débil.
Etiopía es el país sin litoral más poblado del mundo. Su dependencia de puertos externos —principalmente en Yibuti— es una vulnerabilidad estratégica.
En los últimos años, Addis Abeba ha intensificado su discurso sobre la necesidad de acceso soberano al Mar Rojo, lo que introduce una variable altamente sensible:
Este punto es hoy uno de los principales focos de fricción geopolítica, con implicaciones que van más allá de lo bilateral (involucrando a actores como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Turquía).
El conflicto en la región de Tigray (2020–2022) reconfiguró completamente la relación bilateral.
Eritrea intervino militarmente del lado del gobierno etíope contra el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), su enemigo histórico.
Esto generó una alianza táctica basada en intereses convergentes:
Sin embargo, esta alianza no equivale a confianza estratégica.
Más bien, es una convergencia coyuntural que podría disolverse si cambian las condiciones internas en Etiopía.
Diversos reportes internacionales han documentado:
Aunque no hay guerra abierta, el escenario actual puede definirse como postconflicto inestable con capacidad de escalada.
A nivel práctico, el acuerdo de 2018 presenta tres problemas clave:
No existe una normalización económica ni apertura sostenida de fronteras.
La relación depende más de liderazgos personales que de mecanismos formales.
La guerra en Tigray desplazó el eje del acuerdo hacia objetivos militares.
Conclusión: el acuerdo sigue vigente en lo formal, pero erosionado en lo operativo.
Se mantiene la cooperación limitada, sin guerra abierta pero con tensiones estructurales persistentes.
Una presión excesiva de Etiopía por acceso portuario podría detonar una crisis con Eritrea o incluso con otros actores regionales.
Cambios en el equilibrio político interno podrían alterar la relación con Eritrea, especialmente si el TPLF recupera influencia.
La relación entre Etiopía y Eritrea no ha transitado de la guerra a la paz plena, sino a una zona gris geopolítica donde coexisten cooperación táctica, rivalidad histórica y competencia estratégica.
El verdadero punto de tensión ya no es solo la frontera, sino el reposicionamiento de Etiopía como potencia regional sin acceso al mar, lo que convierte al Mar Rojo en el eje central del conflicto futuro.