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09 Mar
09Mar

De Panamá a Lima, Washington transforma la lucha contra los cárteles en arquitectura estratégica regional.

Actualización 11-09-2026


Boceto renacentista: un canal como mecanismo geopolítico, con llaves, engranajes, barcos y potencias en pugna por su control.

De Miami a la geometría del hemisferio

Hay momentos en la geopolítica que se reconocen por un tratado, una guerra o una frontera que cambia de manos. Otros son más silenciosos. Se reconocen cuando una fotografía deja de ser una simple imagen y comienza a convertirse en estructura.

Eso fue lo que ocurrió con el Escudo de las Américas. La iniciativa presentada por Donald Trump el 7 de marzo de 2026 en Doral, Florida, nació como una coalición contra los cárteles y las organizaciones criminales transnacionales. Doce dirigentes y representantes extranjeros participaron en la cumbre inaugural, mientras el compromiso político asociado a la nueva Americas Counter Cartel Coalition (A3C) alcanzó inicialmente a 17 países. 

La Casa Blanca presentó la inciativa como un mecanismo para movilizar capacidades militares, entrenar fuerzas asociadas, combatir las redes criminales y contener influencias externas consideradas adversas.

En marzo, aquello podía parecer una iniciativa más de la política hemisférica de Washington: una declaración contundente, una coalición de gobiernos políticamente afines y una retórica de guerra contra los llamados "narco-terroristas".

Seis meses después, la lectura es diferente. El Escudo comenzó a adquirir una estructura operacional. La activación, el 4 de agosto, de la Joint Task Force Western Hemisphere (JTF-WHEM) por el Comando Sur constituye el verdadero punto de inflexión. Washington creó un mando para sincronizar operaciones militares con aliados y socios del hemisferio, integrar inteligencia, vigilancia y reconocimiento, aumentar la interoperabilidad, apoyar interdicciones marítimas y responder a contingencias regionales. SOUTHCOM señaló que la nueva fuerza integra capacidades con 18 naciones de la A3C.

La diferencia es sustancial. Una declaración política necesita voluntad para sobrevivir; de una fuerza conjunta, procedimientos, comunicaciones, inteligencia, cadenas de mando, entrenamiento y capacidad de despliegue. El Escudo cruza precisamente esa frontera.


Miami: el nacimiento político

La fotografía de Doral continúa siendo el punto de partida. Allí se estableció la política que después sería operatividad. Los países participantes debían combatir de forma coordinada a las organizaciones criminales que operan transnacionalmente y, al mismo tiempo, fortalecer la seguridad del hemisferio frente a influencias externas.

La proclamación presidencial estadounidense del 7 de marzo fue explícita. Washington ordenó coordinar esfuerzos para privar a las organizaciones criminales del control territorial y financiero, entrenar y movilizar fuerzas militares asociadas y mantener alejadas de la región las influencias externas consideradas malignas.

Por eso, no sería correcto interpretar el Escudo únicamente como una iniciativa antidrogas. El narcotráfico es el problema operativo y la seguridad hemisférica, el marco estratégico. La competencia por influencia política, económica, tecnológica y logística de la región constituyen el contexto geopolítico.

Aquí es donde China aparece; no porque el Escudo haya sido creado como una alianza antichina, sino porque la presencia económica del país asiático en infraestructura, minería, energía, puertos, telecomunicaciones y comercio ha modificado el equilibrio de poder en América Latina. La propia estrategia estadounidense vincula a China con seguridad hemisférica y contención de influencias externas.

La vieja lógica de la Doctrina Monroe vuelve a aparecer, pero bajo una forma diferente. Ya no trata de impedir la presencia de una potencia extranjera; ahora, trata de que "x" potencia controle infraestructura, recursos, rutas y nodos logísticos capaces de alterar el equilibrio estratégico del hemisferio.


Panamá: declaración convertida en capacidad

Panamá representa el punto donde la narrativa se vuelve geografía. Los días 11 y 12 de agosto la iniciativa comenzó a materializarse mediante reuniones políticas, cooperación militar y ejercicios de interoperabilidad.

El secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, participó en el encuentro de la A3C mientras PANAMAX 2026 reunía a las fuerzas de 19 países. El ejercicio se desarrolló entre los días 3 y 13 de agosto con actividades planeadas que se extendieron hasta el día 14 y tuvo como escenario la protección del Canal de Panamá frente a una amenaza.

La precisión importa: PANAMAX y la A3C no son exactamente la misma estructura. Comparten países y objetivos de interoperabilidad, pero no poseen una composición idéntica. Sin embargo, desde el punto de vista estratégico, la coincidencia resulta reveladora.

Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú, Paraguay y otros socios participaron en un ejercicio destinado a preparar operaciones multinacionales para preservar la seguridad del Canal. El propio SOUTHCOM subrayó la importancia de mejorar las capacidades combinadas para garantizar el flujo comercial y la estabilidad regional.

El mensaje tuvo dos destinatarios. El primero se dirigió contra las amenazas que Washington y sus socios identifican como criminales: tráfico de drogas, redes transnacionales, organizaciones armadas y amenazas a la infraestructura crítica. El segundo fue estratégico: quien controla la seguridad de los corredores logísticos no controla necesariamente el comercio, pero sí adquiere capacidad para condicionar sus riesgos. Y el Canal de Panamá es uno de los grandes corredores logísticos del planeta.


Del Canal a China

Aquí aparece la segunda capa del Escudo. La competencia hemisférica ya no se libra solamente por territorios. Ahora es por puertos, minerales críticos, cadenas de suministro, telecomunicaciones, corredores ferroviarios y acceso a los mercados.

Perú ofrece un ejemplo particularmente claro. Cuando Marco Rubio llegó a Lima en septiembre, Washington no estaba hablando únicamente de narcotráfico. La agenda incluyó seguridad, migración, comercio y cooperación de defensa. La incorporación peruana al Escudo coincidió con una preocupación estadounidense creciente por la presencia económica china en minería e infraestructura peruana. Reuters señaló que el comercio de Perú con China creció con fuerza durante 2026 y que Beijing mantiene posiciones relevantes en minería, energía e infraestructura.

El puerto de Chancay convierte esta discusión en algo más que una abstracción. El problema para Washington no es que Perú comercie con China; es que una potencia extrahemisférica construya posiciones permanentes en nodos logísticos de importancia sistémica.

Ésa es la lógica que conecta el narcotráfico con el Canal, el Canal con los puertos, éstos con las cadenas de suministro y éstas con la competencia entre Washington y Beijing. El Escudo, leído desde esta perspectiva, es mucho más que una coalición policial; se traduce en un intento de reconstruir una arquitectura de seguridad alrededor de la geografía económica del hemisferio.


Colombia cambia el mapa

Colombia ya no puede aparecer como un país situado fuera del Escudo. El presidente, Abelardo de la Espriella, anunció la incorporación colombiana y asumió el poder el 7 de agosto con una política exterior mucho más alineada con Washington. 

Durante agosto, Estados Unidos confirmó que Bogotá se integraba a la nueva estructura y que el gobierno colombiano había solicitado su cooperación para operaciones conjuntas contra organizaciones vinculadas al narcotráfico.

La importancia de Colombia es extraordinaria, no se trata simplemente de otro miembro; es uno de los principales actores de seguridad hemisférica con experiencia operativa contra organizaciones de narcotraficantes, controla accesos estratégicos al Caribe y al Pacífico; y comparte fronteras con Venezuela, Ecuador, Perú, Brasil y Panamá.

Su incorporación elimina una de las principales discontinuidades geográficas de la primera versión del Escudo. Ahora el mapa empieza a cerrarse. La incorporación colombiana demuestra que la coalición no debe entenderse como una fotografía de los gobiernos que asistieron a Doral en marzo, sino como una estructura dinámica cuyo perímetro cambia conforme evolucionan los gobiernos y sus prioridades estratégicas.


Perú: la pieza que faltaba

El 10 de septiembre, durante la visita de Marco Rubio a Lima, la presidenta Keiko Fujimori anunció la incorporación de Perú. esta decisión refuerza el intercambio de inteligencia y la coordinación contra organizaciones criminales transnacionales. También profundiza una relación de seguridad que ya había avanzado durante el año: Estados Unidos designó a Perú como major non-NATO ally y aprobó una posible venta militar de hasta 1,500 millones de dólares relacionada con la base naval de Callao.

La incorporación peruana modifica nuevamente el mapa. Perú no solo posee una posición geográfica estratégica entre el Pacífico y Sudamérica. Es un importante productor de cobre y mantiene una relación económica creciente con China. Por eso Lima introduce una contradicción fundamental en el proyecto estadounidense. Un país puede acercarse militarmente a Washington y continuar comerciando intensamente con Beijing.

La geopolítica latinoamericana no funciona necesariamente como un sistema de suma cero. Perú puede formar parte del Escudo y seguir considerando a China un socio económico indispensable. Precisamente, por eso la afirmación de que la región debe "elegir" entre Washington y Beijing resulta demasiado simple. El desafío real para los gobiernos latinoamericanos consiste en conservar margen de maniobra mientras las dos grandes potencias intentan ampliar sus respectivas áreas de influencia.


Escudo y nuevo poder militar regional

El Escudo ya no puede describirse simplemente como un "club de afinidad ideológica". No es una alianza militar convencional comparable con la OTAN ni tampoco posee un tratado constitutivo, garantías colectivas ni una estructura institucional. Pero tampoco es solamente una declaración política.

La nueva fuerza de tarea estadounidense incorpora inteligencia, vigilancia, reconocimiento, planificación operacional, coordinación multinacional, entrenamiento combinado, interoperatividad y apoyo a operaciones de interdicción marítima. SOUTHCOM la define como su estructura ejecutiva para misiones en el hemisferio.

La transformación es, por tanto, gradual. Todo inició con una declaración política que evolucionó a coalición de seguridad, luego a interoperatividad militar y finalmente a arquitectura operativa. Aunque todavía no constituye una alianza militar clásica, ya tiene algunos de los elementos funcionales de una, cuyo paso es, quizá, el más importante producido entre marzo y septiembre de 2026.


El dilema del Canal

En este contexto, el Canal continúa siendo panameño y su régimen jurídico internacional no ha sido sustituido por el Escudo. La cooperación militar con Estados Unidos tampoco significa que Washington haya adquirido la soberanía sobre la vía interoceánica.

Pero la seguridad del Canal se ha convertido en un componente central de la arquitectura estratégica estadounidense en el hemisferio. Ahí reside la tensión. Panamá puede defender simultáneamente dos principios: soberanía nacional sobre el Canal y cooperación estrecha con Washington para protegerlo.

La dificultad aparece cuando la cooperación de seguridad comienza a adquirir una dimensión geopolítica que afecta la relación con terceros actores. El Canal debe seguir abierto al comercio internacional. Pero Washington quiere asegurarse de que ninguna potencia competidora pueda transformar su presencia económica en una ventaja estratégica.

Ésa es la verdadera disputa. No se trata de quién posee jurídicamente el Canal. Se trata de quién tiene capacidad para protegerlo, condicionarlo o amenazarlo en una crisis internacional.


¿Qué queda del Mercosur?

Por otro lado, el Mercosur no ha muerto. Continúa siendo una estructura económica, comercial e institucional relevante. Lo que está debilitándose es su capacidad para funcionar como arquitectura política común frente a las grandes disputas estratégicas.

Las tensiones entre Buenos Aires y Brasilia son importantes porque muestran que los principales miembros del bloque no necesariamente comparten la misma visión sobre Washington, China, comercio, seguridad y autonomía estratégica.

Argentina se ha aproximado de manera intensa a Washington; Brasil conserva una estrategia más diversificada, profundizando simultáneamente sus relaciones con China, BRICS y otros actores; mientras que Paraguay mantiene una orientación favorable a Estados Unidos.

Por su parte, Uruguay intenta preservar su margen comercial. Así, el resultado no es la desaparición del Mercosur. Es algo más complejo: la coexistencia de una integración económica imperfecta con una creciente fragmentación geopolítica.

Y ahí el Escudo introduce una competencia institucional indirecta. Cuando Washington necesite coordinar seguridad, inteligencia, narcotráfico, fronteras o infraestructura crítica, puede recurrir a una red distinta de la arquitectura económica del Mercosur. No reemplaza al Mercosur. Pero crea otra vía de articulación regional.


El nuevo mapa de las Américas

El mapa que emerge en septiembre es más complejo que el de marzo. Ya no existe un grupo de países que asistieron a una fotografía con Trump y otro grupo que no lo hizo. Lo que ahora hay es una reconfiguración geopolítica en expansión, con diferentes grados de participación. Estados Unidos proporciona capacidad militar predominante y el Comando Sur la estructura operacional; en tanto que los gobiernos asociados acceso territorial, inteligencia, fuerzas y legitimidad regional.

En ese tenor, Panamá aporta su posición geográfica; Colombia profundidad estratégica, experiencia en seguridad y acceso a dos océanos; Ecuador su experiencia operativa en la lucha contra organizaciones criminales; Perú incorpora profundidad en el Pacífico y una posición estratégica frente a la creciente presencia económica china; en tanto que Chile, Argentina, Paraguay, Centroamérica y el Caribe completan distintas piezas de la red.

No todos participan del mismo modos y prioridades; y tampoco  están dispuestos a convertir la relación con Washington en una política de alineamiento absoluto. Por eso, ésta es precisamente la razón por la que resulta más preciso hablar de arquitectura de cooperación que de bloque homogéneo.


Washington gana capacidad; América Latina conserva incertidumbre

El éxito del Escudo dependerá de algo que todavía no está demostrado: su capacidad para convertir coordinación militar en resultados sostenibles contra las redes criminales. Combatir cárteles no consiste únicamente en interceptar cargamentos. Las organizaciones criminales poseen redes financieras, corrupción política, control territorial, capacidad logística, inteligencia propia y vínculos internacionales.

La respuesta militar puede destruir infraestructura, pero no necesariamente la economía que la reproduce. Éste es el principal riesgo estratégico de una arquitectura excesivamente militarizada: confundir la capacidad de golpear a una organización con la capacidad de eliminar el fenómeno criminal.

La experiencia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos para recordar que el narcotráfico se adapta. Cuando una ruta se cierra, aparece otra. Cuando un cartel se fragmenta, nacen varios; y cuando un líder es eliminado, la estructura puede descentralizarse.

Por eso el Escudo tendrá que demostrar que puede integrar inteligencia financiera, control fronterizo, justicia, inteligencia policial, cooperación judicial y desarrollo institucional con sus capacidades militares. De lo contrario, habrá construido una poderosa maquinaria de interdicción sin resolver el problema estratégico que pretende combatir.


El desafío: evitar una nueva bipolaridad

La mayor amenaza para la autonomía latinoamericana no es necesariamente que Estados Unidos recupere influencia. Es que la región termine atrapada en una nueva lógica de bloques.

En dicha lógica, Washington puede exigir cooperación en seguridad; China infraestructura, comercio, financiación y acceso a mercados; pero, los gobiernos latinoamericanos necesitan ambas cosas. El error estratégico sería obligarlos a escoger cuando sus intereses nacionales exigen diversificar.

La paradoja del Escudo es precisamente ésa: cuanto más eficaz sea como instrumento de seguridad, mayor será su potencial para convertirse en una plataforma de alineamiento geopolítico. Y cuanto más se convierta en plataforma de alineamiento, mayor será el incentivo de China para construir mecanismos alternativos.

La consecuencia podría ser una América Latina dividida por redes de seguridad, infraestructura y dependencia económica; lo que sería mucho más profundo que la vieja división entre izquierdas y derechas.


Del escudo a la arquitectura

El Escudo de las Américas comenzó como una declaración política en Miami. En agosto adquirió músculo operacional en Panamá, en septiembre amplió su profundidad estratégica con Colombia y Perú; y con la creación de JTF-WHEM, Washington dio el paso más significativo: transformar una coalición política contra los cárteles en una estructura capaz de coordinar capacidades militares en el hemisferio.

La fotografía de marzo, por tanto, ya no explica por sí sola el fenómeno. El mapa está cambiando. La pregunta estratégica ya no es si el Escudo existe. La cuestión es qué terminará siendo.

Puede convertirse en un sistema regional eficaz contra las organizaciones criminales, con cooperación multinacional y respeto a la soberanía de sus miembros. Puede evolucionar hacia una plataforma de seguridad hemisférica cada vez más estrechamente vinculada a la estrategia estadounidense frente a China. O puede convertirse en ambas cosas simultáneamente. El resultado dependerá de cuánto margen de autonomía conserven sus integrantes.

La verdadera batalla geopolítica de las Américas no se libra únicamente contra los cárteles. Se libra por la capacidad de cada Estado para decidir quién protege sus fronteras, quién garantiza sus rutas, quién financia sus infraestructuras, quién controla sus recursos estratégicos y, sobre todo, quién define las reglas de seguridad de la región.

En ese sentido, Panamá fue el escenario; Colombia, la expansión; Perú, la última pieza incorporada; y Washington el constructor de algo mucho más ambicioso que una coalición antidrogas: una nueva arquitectura estratégica para las Américas.



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