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13 May
13May

13-05-2026


Cómo la “inferioridad calculada” redefine la disuasión estadounidense en el Indo‑Pacífico.


Ilustración editorial minimalista: un silo estadounidense medio vacío con misiles Tomahawk, envuelto por un dragón rojo; al fondo, mapa Indo‑Pacífico y reloj de arena con arena formando China.

Introducción a la supremacía de la escasez

La doctrina estratégica estadounidense en el Indo‑Pacífico ha operado bajo una premisa indiscutida durante décadas: que su superioridad militar absoluta y una red de alianzas duraderas disuadirían cualquier agresión de una potencia rival. 

Sin embargo, el conflicto activo con Irán “Operación Furia Épica”, junto con la erosión silenciosa pero acelerada de su base industrial de defensa, ha expuesto una realidad incómoda: los arsenales que sostienen esa disuasión están, literalmente, vaciándose.

Frente a una China que ha modernizado su aparato militar en todos los dominios -desde misiles hipersónicos hasta una flota oceánica- y que al mismo tiempo mantiene una capacidad de producción en tiempos de paz que rivaliza o supera a la estadounidense, Washington se enfrenta a una pregunta existencial: 

¿cómo disuadir cuando ya no se puede garantizar una victoria convencional?

La hipótesis que guía este artículo es que la disuasión estadounidense contra China dejó de depender de la superioridad militar tradicional y se transformó en una estrategia de inferioridad calculada. 

Esta se apoya en tres pilares: 

  1. la aceptación táctica del “Paisaje Infernal” (Hellscape) como mecanismo de negación de acceso, 
  2. la integración de arsenales compartidos con socios regionales y 
  3. el intento desesperado de reconstruir una base industrial que hoy está al borde del colapso.

De no lograr esta transformación, se argumenta, la combinación de un déficit estructural y la posibilidad de un conflicto en dos frentes hará que la disuasión estadounidense se convierta en una ilusión operativa antes de 2030.

La tesis que proponemos se desarrolla en cuatro secciones. 

La primera diagnostica el agotamiento de los arsenales estadounidenses como síntoma de un problema más profundo: la falta de capacidad industrial para sostener una guerra de alta intensidad contra un adversario a la altura. 

La segunda examina el concepto del Hellscape y su evolución de idea marginal a doctrina central de la disuasión. 

La tercera analiza los límites y alcances de la cooperación con aliados para compensar el déficit doméstico. 

La cuarta proyecta estas tendencias hacia 2030 y explora el escenario de un conflicto en dos frentes como prueba de fuego de la estrategia de inferioridad calculada.

La disuasión estadounidense contra China ya no depende de su superioridad militar absoluta ni de alianzas estables, sino de su capacidad para transformar su déficit estructural de base industrial y logística en una estrategia de ‘inferioridad calculada’, basada en el concepto del Paisaje Infernal y la integración de arsenales compartidos con socios regionales; de lo contrario, el conflicto en dos frentes convertirá la disuasión en una ilusión operativa para 2030.


El diagnóstico del déficit: cuando la escasez redefine la estrategia

El punto de partida para entender la mutación de la disuasión estadounidense es reconocer que su problema fundamental ya no es tecnológico, sino industrial y logístico. 

Las campañas militares de alta intensidad que Estados Unidos ha librado en Oriente Medio desde principios de 2026 han dejado al descubierto una vulnerabilidad que los planificadores estratégicos preferían no examinar: 

  • las reservas de municiones críticas se han agotado a un ritmo que la producción nacional no puede seguir.

Según datos recopilados por el Center for Strategic and International Studies (CSIS) tras el inicio de la “Operación Furia Épica”, Estados Unidos ha consumido más de mil misiles de crucero Tomahawk contra Irán, lo que representa aproximadamente el 30% de su inventario total, estimado en unas 4 mil a 4 mil 150 unidades (19FortyFive, 2026a; Yeni Şafak, 2026).

Más preocupante aún, la producción anual de nuevos Tomahawk es, históricamente, de apenas 90 unidades y la solicitud presupuestaria para 2026 incluye solo 57 misiles nuevos (19FortyFive, 2026b). 

Ello implica que el reemplazo de los Tomahawk utilizados en apenas unos meses de conflicto requeriría más de una década de producción a los ritmos actuales.

Pero los Tomahawk no son la única munición en estado crítico. De acuerdo con el mismo informe del CSIS, los sistemas Patriot de defensa aérea han sufrido una merma cercana al 50% de sus reservas totales (Yeni Şafak, 2026). 

El senador demócrata Mark Kelly, en declaraciones del 11 de mayo de 2026, calificó la situación como “shocking” y advirtió que la reposición de algunas municiones llevaría años, con la consiguiente merma de la capacidad operativa estadounidense si surgiera un nuevo conflicto en los próximos meses (PressTV, 2026). 

En palabras del senador Kelly, “la preparación de Estados Unidos se resentiría si una futura contienda durase meses en lugar de días” (PressTV, 2026, párr. 6).

El problema no se limita al desgaste de un conflicto concreto. La retirada programada de cuatro submarinos de misiles de crucero de la clase Ohio y de toda la flota de cruceros de la clase Ticonderoga eliminará 2 mil 80 celdas de lanzamiento verticales del inventario naval, lo que en la práctica supone la desaparición de más de 2 mil Tomahawk adicionales de la capacidad de proyección de fuerza estadounidense (19FortyFive, 2026a). 

Como observó el coronel retirado del Cuerpo de Marines Mark Cancian, “los altos gastos en municiones han creado una ventana de mayor vulnerabilidad en el Pacífico occidental” (CNN, 2026, párr. 6).

Esta crisis de inventarios es el síntoma más visible de un mal más profundo: el debilitamiento estructural de la base industrial de defensa estadounidense. 

Un informe del Center for a New American Security (CNAS) de marzo de 2026 concluyó de manera contundente que “la base industrial de defensa de EE.UU. no está preparada para guerras prolongadas” y que “muchos países aliados tienen capacidades de producción más sólidas que Estados Unidos” (CNAS, 2026, p. 4).

El análisis subraya que, frente a una China que opera como una “potencia manufacturera” en un continuo “estado de preparación para tiempos de guerra” (Morgan Hill Bookstore, 2026, p. 11), Estados Unidos mantiene una industria de defensa que todavía funciona en “régimen de paz” (Morgan Hill Bookstore, 2026, p. 12).

Las cifras comparativas confirman el desequilibrio. China representa aproximadamente el 30% de la producción manufacturera mundial, frente al 17% de Estados Unidos y su capacidad de construcción naval es aproximadamente 200 veces superior (Kharon, 2026). 

Más aún, el instituto SIPRI estimó en 954 mil millones de dólares, el gasto militar estadounidense en 2025 (3.1% del PIB), mientras que el chino se situó en 336 mil millones (1.7% del PIB) según cifras estimadas (Al Jazeera, 2026). 

China, con un gasto relativo menor, ha logrado una tasa de modernización más rápida y una capacidad de producción de municiones que en algunos órdenes supera a la estadounidense por varios órdenes de magnitud (Morgan Hill Bookstore, 2026).

La respuesta del Pentágono ha sido ambiciosa, pero quizá tardía. El presupuesto solicitado para el año fiscal 2027 asciende a 1.5 billones de dólares, un incremento del 44% respecto al año anterior (Army Technology, 2026). 

De esa cifra, 70 mil 500 millones de dólares se destinarían a la adquisición de misiles y otras municiones, lo que supone un aumento del 188% para la compra de proyectiles (Breaking Defense, 2026). 

Sin embargo, incluso los propios responsables del Pentágono reconocen que “la demanda supera por completo la capacidad de producción de la industria” (Breaking Defense, 2026, párr. 5). 

El ejército estadounidense, en particular, ha solicitado 253 mil millones de dólares para 2027, con una partida de 5 mil 470 millones para munición convencional -frente a los 4 mil 930 millones del año anterior- (Defence Blog, 2026). 

La Fuerza Aérea, por su parte, pretende duplicar con creces la compra de misiles JASSM (de 381 a 821) y triplicar la de AMRAAM (de 423 a 1,317) (Air & Space Forces Magazine, 2026).

Pero estas cifras, por impresionantes que sean, no pueden ocultar una paradoja central: la misma base industrial que se pretende “revitalizar” depende de cadenas de suministro globales sobre las que China ejerce una influencia decisiva. 

Como documentó un análisis de Foreign Affairs de febrero de 2026, “China podría retener materiales y componentes importantes necesarios para la base industrial de defensa, pero también podría retener otras exportaciones críticas, como productos farmacéuticos” (Foreign Affairs, 2026, párr. 12). 

La decisión de Pekín en 2025 de bloquear la exportación de ciertos metales de tierras raras a Estados Unidos ya encendió las alarmas en Washington (MIT CIS, 2026). 

La dependencia estadounidense de minerales críticos -cuyo procesamiento y transformación controla China en sus fases esenciales- añade una capa de vulnerabilidad estratégica que ninguna inversión presupuestaria puede resolver a corto plazo (Future UAE, 2026).

En suma, el diagnóstico del déficit estadounidense apunta a una conclusión ineludible: 

  • la disuasión ya no se mide por el número de portaaviones desplegados ni por la superioridad tecnológica declarada, sino por la capacidad de mantener arsenales operativos en el tiempo.

Los Tomahawk, Patriot y JASSM son mucho más que municiones; son las monedas de cambio de la disuasión. Hoy, esas monedas escasean.


El “Paisaje Infernal” como doctrina de la inferioridad calculada

Frente a la constatación de que ya no puede igualar a China en una confrontación convencional en el Indo‑Pacífico, la comunidad de seguridad estadounidense ha comenzado a explorar una respuesta heterodoxa: 

  • aceptar la inferioridad en el plano tradicional para explotar asimetrías en otros dominios.

El concepto que mejor cristaliza esta apuesta es el “Paisaje Infernal” (Hellscape), acuñado originalmente por el almirante Samuel Paparo, comandante del Comando Indo‑Pacífico de Estados Unidos, y posteriormente desarrollado por el Center for a New American Security (CNAS) en un informe de febrero de 2026 titulado Hellscape for Taiwan: Rethinking Asymmetric Defense.

El informe del CNAS propone convertir el estrecho de Taiwán en una “zona de exterminio” mediante el despliegue masivo de sistemas no tripulados de bajo costo (CNAS, 2026b, p. 2). 

La idea es simple pero radical: en lugar de intentar contrarrestar el poderío naval y aéreo chino con fuerzas convencionales estadounidenses -cada vez más caras y escasas-, se saturaría el campo de batalla con miles de drones, lanchas no tripuladas y minas inteligentes que negarían a la Armada de Liberación Popular cualquier capacidad de desembarco o aproximación a la isla.

Como resume el propio informe, se trata de crear un entorno “tan doloroso que la invasión resulte prohibitivamente costosa” (CNAS, 2026b, p. 5), en una lógica de disuasión por negación que no depende de la intervención directa de tropas estadounidenses (Its Taiwan, 2026).

Esta aproximación, que en la jerga militar se conoce como “defensa asimétrica”, se alinea con estrategias similares que Taiwán ha venido desarrollando bajo el nombre de “estrategia del puercoespín” (porcupine strategy) (HK01, 2026). 

La Armada estadounidense, por su parte, ha anunciado planes para desplegar “miles de vehículos de superficie no tripulados en el Indo‑Pacífico antes de 2030” (South China Morning Post, 2026, párr. 3). 

Taiwán mismo, en consonancia, ha destinado un presupuesto especial de defensa de 1.25 billones de nuevos dólares taiwaneses (unos 40 mil millones de dólares estadounidenses) para adquirir más de 200 mil drones, más de mil buques no tripulados y nuevos sistemas antiaéreos (Inside Unmanned Systems, 2026).

Sin embargo, el Hellscape es mucho más que una respuesta táctica. Desde el punto de vista doctrinal, representa un reconocimiento explícito de la inferioridad calculada: 

  • Washington ya no aspira a la supremacía en el teatro occidental del Pacífico, sino que busca “incrementar los costos para China hasta niveles insostenibles” (CNAS, 2026b, p. 8).

Tal como lo expresaron analistas taiwaneses citados por Rti, la idea es “que Taiwán pueda disuadir por sí mismo sin necesidad de que las tropas estadounidenses intervengan directamente” (Rti, 2026, párr. 4).

Pero esta misma novedad encierra contradicciones profundas. En primer lugar, la producción masiva de sistemas no tripulados exige una capacidad industrial que Estados Unidos no demuestra poseer. 

La mayoría de los componentes de drones -microchips, sensores ópticos y baterías de alto rendimiento- se fabrican en China o en países de su entorno de influencia. 

En segundo lugar, los ejercicios de la Armada de Liberación Popular ya han mostrado que Pekín se está preparando precisamente para contrarrestar enjambres de drones y sistemas no tripulados (SCMP, 2026). 

En enero de 2026, el Ejército Popular de Liberación difundió imágenes de ejercicios antiaéreos y anti-drones diseñados explícitamente para neutralizar este tipo de amenazas (SCMP, 2026). 

En tercer lugar, el Hellscape es una estrategia de disuasión que solo funciona si se percibe como creíble; si los adversarios creen que Estados Unidos no está dispuesto a activar ese “infierno” por temor a una escalada incontrolada, su valor disuasorio se desvanece.

No obstante, la evolución del pensamiento estratégico estadounidense indica que el Hellscape ha dejado de ser una idea marginal para convertirse en un elemento central de la planificación para Taiwán. 

La combinación de la doctrina del “Paisaje Infernal” con la inversión masiva en sistemas no tripulados y la creciente integración de arsenales con aliados regionales constituye la materialización más clara de la inferioridad calculada: 

  • una estrategia que, en lugar de buscar la paridad, busca hacer que la guerra sea demasiado costosa para el adversario.

Existencia compartida: alianzas como prótesis industrial

El tercer pilar de la inferioridad calculada es la proyección de la capacidad de disuasión hacia los aliados regionales. 

La Estrategia de Defensa Nacional (NDS) de 2026, publicada el 23 de enero, establece explícitamente que Washington espera “contribuciones más sólidas de los aliados y socios en el Indo‑Pacífico” (Strickland, 2026, párr. 3). 

El documento define cuatro líneas de esfuerzo prioritarias:

  1. defender el territorio nacional, 
  2. disuadir a China en el Indo‑Pacífico, 
  3. aumentar el reparto de cargas entre los aliados 
  4. y “potenciar” la base industrial de defensa estadounidense (Europarl, 2026). 

En la práctica, esto significa que Washington está transfiriendo parte de su responsabilidad disuasoria a países como Japón, Corea del Sur, Australia y Filipinas.

Japón emerge como el socio más activo en esta estrategia. En abril de 2026, los gobiernos japonés y estadounidense celebraron la cuarta reunión del marco de Cooperación Industrial de Defensa, Adquisición y Sostenimiento (DICAS 2.0), en la que “reafirmaron la importancia de complementar y reforzar mutuamente las bases industriales de defensa” (ATLA, 2026, párr. 2). 

Más concretamente, Tokio y Washington planean establecer “un marco público-privado antes de finales de 2026 para cooperar en el desarrollo de equipos de defensa que utilicen tecnologías de doble uso, incluidos los drones” (Global Times, 2026, párr. 2).

Paralelamente, Japón está estudiando un aumento de su contribución financiera para sostener las fuerzas estadounidenses estacionadas en su territorio (Up Media, 2026).

Este reforzamiento de la cooperación industrial tiene como objetivo explícito “fortalecer la cadena de suministro de defensa” y “consolidar la capacidad de defensa” tanto de Japón como de Estados Unidos (YDN, 2026, párr. 3). 

Pero el contexto más amplio es revelador. Según un análisis de Reuters, la inminente relajación de las normas japonesas de exportación de armamento “ha despertado un fuerte interés desde Varsovia hasta Manila, a medida que el presidente Donald Trump vacila en sus compromisos de seguridad con los aliados y, las guerras en Irán y Ucrania, tensionan los suministros de armas estadounidenses” (Taipei Times, 2026, párr. 2). 

Japón gasta ya unos 60 mil millones de dólares anuales en su propia defensa (Taipei Times, 2026), lo que lo sitúa como el quinto mayor gasto militar del mundo, aunque aún lejos del presupuesto estadounidense.

La cooperación no se limita a Tokio. El 13 de abril de 2026, Estados Unidos e Indonesia acordaron elevar su relación de defensa a una “Asociación Mayor de Cooperación en Defensa” (Israel Defense, 2026). 

Filipinas, por su parte, ha recibido sistemas de misiles Typhon de medio alcance, lo que Pekín ha protestado enérgicamente (Asia Times, 2026). 

Corea del Sur y Australia también están ampliando sus arsenales conforme a estándares de la OTAN y de interoperación en el Pacífico.

Sin embargo, compartir existencias no es lo mismo que multiplicarlas. La evidencia disponible sugiere que la dependencia de aliados para compensar el déficit estadounidense tiene límites estructurales. 

En primer lugar, muchos de esos aliados dependen a su vez de cadenas de suministro que pasan por China o están expuestos a la presión comercial y diplomática de Pekín. 

Filipinas, por ejemplo, mantiene estrechos vínculos económicos con China, lo que limita su disposición a ser utilizada como base de proyección estadounidense (Defense One, 2026). 

En segundo lugar, la integración de arsenales requiere estándares de interoperación, mantenimiento y logística que aún no están plenamente desarrollados. 

En tercer lugar, y más importante, la estrategia de existencias compartidas no aborda el problema de fondo: 

  • si Estados Unidos y sus aliados dependen de las mismas cadenas de suministro globales -muchas de las cuales pasan por China o están sujetas a su influencia-, la disuasión se convierte en un espejismo cooperativo.

En este sentido, la propia NDS de 2026 contiene un reconocimiento implícito de esta limitación. 

El documento señala que la prioridad de Estados Unidos es “proteger el territorio nacional y disuadir a China” y que el apoyo a los aliados europeos y de otras regiones será “más limitado” (AFP News, 2026). 

Esto sugiere que, en un escenario de conflicto con China, los recursos de Washington se concentrarían en el Pacífico, dejando a Europa en gran medida a su suerte. 

El problema es que, como veremos en el siguiente apartado, un conflicto en dos frentes sigue siendo la pesadilla estratégica que ningún nivel de cooperación aliada puede resolver por sí solo.


El espejismo de 2030: conflicto en dos frentes y el colapso de la disuasión

La tesis central de este artículo es que la inferioridad calculada puede funcionar en el corto plazo como mecanismo de disuasión, pero contiene en su propia lógica las semillas de su fracaso hacia 2030. 

Ese horizonte no es arbitrario: es el momento en que múltiples tendencias convergentes -el agotamiento de arsenales estadounidenses, la modernización china, la paridad nuclear y la posibilidad de un conflicto en dos frentes- pueden convertir la disuasión en una ilusión operativa.

El escenario más temido por los planificadores del Pentágono es la guerra simultánea con China y con otra gran potencia (Rusia) o con un adversario significativo (Corea del Norte o Irán). 

Desde la publicación de la Estrategia de Defensa Nacional de 2018, el Pentágono ha trabajado en planes para “derrotar a dos rivales a la altura simultáneamente”, según documentó la prensa especializada (ICSWB, 2026). 

Sin embargo, la realidad actual es que Estados Unidos carece de la capacidad industrial y logística para sostener dos guerras de alta intensidad al mismo tiempo. 

Como ha señalado un análisis del ORF America, “se espera que China y Rusia continúen expandiendo su asociación ‘sin límites’ declarada en 2022 mediante nuevas formas de coordinación tecnológica y operativa” (ORF America, 2026, párr. 3).

El conflicto con Irán ya ha demostrado la fragilidad de la cadena de suministro estadounidense. 

Un análisis publicado en Defense One advirtió que “muchos contratistas de logística civil en Filipinas, un aliado clave de Estados Unidos, probablemente estén demasiado cerca de China como para que Estados Unidos pueda trabajar con ellos” (Defense One, 2026, párr. 2). 

Las líneas de suministro en el Pacífico se extienden a lo largo de 11 mil kilómetros, con un tiempo de tránsito de más de diez días por travesía (Sina News, 2026). 

En contraste, China opera desde bases continentales y mantiene cadenas logísticas mucho más cortas y seguras (Sina News, 2026). 

Por lo tanto, la logística se ha convertido en el “campo de batalla principal” (Sarajevo Times, 2026).

El problema se vuelve más grave con la evolución de las capacidades chinas. 

El misil DF-27, de alcance estimado entre 5 mil y 8 mil kilómetros, puede llegar hasta Guam, Hawái e incluso partes de la costa oeste de Estados Unidos (Vietnam.vn, 2026; Army Recognition, 2026). 

Por su parte, el DF-26 ya había sido apodado “Guam Express” por su capacidad para amenazar las instalaciones militares estadounidenses en esa isla (Kontan, 2026). 

El DF-41, un misil balístico intercontinental con capacidad para portar múltiples ojivas independientes (MIRV), fue lanzado más allá de las fronteras chinas por primera vez en 40 años, el 6 de mayo de 2026, en una demostración de alcance de entre 12 mil y 15 mil kilómetros (Militarnyi, 2026). 

China está construyendo tres campos de silos para albergar unos 350 misiles DF-41, cada uno capaz de transportar diez ojivas nucleares (Force India, 2026).

En el ámbito nuclear, el panorama es igualmente preocupante.

Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), China poseía unas 600 cabezas nucleares en 2025, un incremento de 100 respecto al año anterior (Defence Blog, 2025). 

El Pentágono estima que Pekín está construyendo 100 nuevas armas nucleares al año y que alcanzará la paridad estratégica con Estados Unidos a mediados de la década de 2030 (Fox News, 2025). 

Algunas estimaciones más agresivas sitúan el arsenal chino en mil 500 cabezas para 2030, una cifra que rivalizaría con el arsenal estadounidense y ruso (Jinan Times, 2025). 

El National Interest advirtió en marzo de 2026 que “la credibilidad, la moneda de cambio de la disuasión, se está desvaneciendo gradualmente. 

Los aliados cuestionan cada vez más la fiabilidad de los compromisos estadounidenses, incluso mientras los avances tecnológicos no logran proporcionar una mayor seguridad” (National Interest, 2026, párr. 2).

En el dominio convencional, la brecha se está cerrando o incluso invirtiendo. China ha desplegado cazas de quinta generación J-36 y J-50 que, según analistas, superan en desarrollo a sus homólogos estadounidenses. 

El F-47, el sucesor previsto del F-22, no estará operativo hasta mediados de la década de 2030. 

China también ha invertido masivamente en sistemas antibuque, guerra electrónica y defensa aérea integrada. 

Como concluyó un análisis ruso citado por varios medios, “China es el único país del mundo capaz de enfrentarse a Estados Unidos en una guerra convencional en el Pacífico occidental” (Sohu, 2026).

Ante este panorama, la pregunta no es si la disuasión estadounidense se mantendrá intacta hasta 2030, sino cuánto tiempo podrá sostenerse el artificio de la inferioridad calculada. 

La respuesta depende de tres variables clave. 

  • Primera, la velocidad a la que Estados Unidos pueda reconstruir su base industrial de defensa. 
  • Segunda, la disposición de los aliados a asumir un papel más activo en su propia defensa y a integrar arsenales con Washington.
  • Tercera, y quizá la más importante, la capacidad de China para explotar la ventana de vulnerabilidad que se abrirá en los próximos cuatro años.

Entre la capacidad de producción china y la ilusión operativa de estadounidense

La evidencia presentada a lo largo de este artículo indica que la tesis de la “inferioridad calculada” no solo es viable, sino que describe con precisión la trayectoria actual de la estrategia de disuasión estadounidense en el Indo‑Pacífico. 

Ante la imposibilidad de mantener la supremacía militar absoluta y ante el agotamiento estructural de su base industrial, Washington ha optado por una aproximación basada en asimetrías tácticas (el Hellscape), proyección de cargas (existencias compartidas) y la esperanza de que el tiempo juegue a su favor mientras reconstruye sus arsenales.

Sin embargo, esta estrategia tiene un horizonte de caducidad. 

La combinación de un déficit industrial crónico, la modernización acelerada de las Fuerzas Armadas chinas, la creciente paridad nuclear y la posibilidad real de un conflicto en dos frentes convierten la disuasión en una ilusión operativa para 2030, a menos que se produzca un cambio radical en las prioridades estratégicas y presupuestarias de Washington. 

La inferioridad calculada puede retrasar una confrontación, pero no puede impedirla indefinidamente si las tendencias subyacentes no se revierten.

El artículo aporta así una perspectiva novedosa a la literatura geopolítica sobre la disuasión en el siglo XXI. 

Frente a los análisis que siguen midiendo la disuasión en términos de poderío bruto -número de portaaviones, cazas o tropas desplegadas-, este trabajo demuestra que la verdadera competencia es entre la capacidad de producción de China y la capacidad de ilusión operativa de Estados Unidos. 

Esta estrategia de gestión del declive forma parte de un movimiento más amplio: el contraataque de Washington para frenar la consolidación del nuevo orden multipolar.

Los arsenales vacíos, los planes presupuestarios sin industria que los respalde y las alianzas que no multiplican las capacidades, sino que las comparten, no son una estrategia de disuasión en sentido estricto, sino una forma de gestionar el declive.

Para el lector experto, la pregunta final es incómoda pero necesaria: 

¿Está dispuesto Washington a admitir que su mejor estrategia en el Indo‑Pacífico consiste en perder lentamente o seguirá actuando como si la supremacía absoluta aún existiera hasta que sea demasiado tarde? 

La respuesta a esta pregunta determinará si la disuasión estadounidense sigue siendo una realidad operativa en 2030 o se convierte, como anticipa este artículo, en una mera ilusión.

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