26-02-2026
India, China y la sombra de Bagram.
Los recientes enfrentamientos entre Afganistán y Pakistán, que han llevado al ministro de Defensa pakistaní a declarar la "guerra abierta", representan mucho más que un conflicto fronterizo.
Son la manifestación violenta de un realineamiento geopolítico profundo en Asia Meridional, donde el antiguo tablero de la Guerra Fría y la Guerra contra el Terror ha sido barrido.
Esta situación ha dado paso a una nueva partida con fichas reacomodadas y jugadores (tanto regionales como globales) con intereses estratégicos vitales en juego.
La escalada de febrero, con bombardeos pakistaníes en Kabul y Kandahar y la subsecuente incursión terrestre de fuerzas talibanes afganas sobre puestos militares pakistaníes, es la explosión de una olla a presión que venía silbando desde la retirada de la OTAN y la toma del poder por los talibanes en Kabul en 2021.
Islamabad justificó sus ataques como defensa propia contra el Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), un conglomerado de grupos militantes que opera desde suelo afgano y que ha intensificado atentados en Pakistán.
Pakistán exige a los talibanes afganos que cumplan con la promesa de no permitir que su territorio se utilice para atacar a otros países.
Por su parte, el Emirato Islámico de Afganistán niega albergar al TTP, al que considera asunto interno de Pakistán.
Sin embargo, la realidad es más compleja. Existe una fraternidad ideológica y una superposición tribal entre los talibanes afganos y el TTP.
Reprimir a sus correligionarios sería un costo político interno muy alto para el liderazgo talibán en Kabul. Este es el detonante inmediato, pero la raíz del conflicto es estratégica y se juega en dos tableros simultáneamente.
La dinámica actual no puede entenderse sin analizar la relación de ambos actores con sus vecinos inmediatos, especialmente India e Irán.
Para el establishment militar pakistaní, Afganistán ha sido durante décadas la pieza clave para su supervivencia frente a su principal enemigo existencial: India.
La doctrina de la "profundidad estratégica" postula que, en caso de una guerra a gran escala con India, el ejército pakistaní podría replegarse hacia Afganistán. Esto requiere un gobierno en Kabul afín o al menos no hostil.
Por eso, la visita del ministro de Asuntos Exteriores talibán, Amir Khan Muttaqi, a Nueva Delhi, y el anuncio indio de elevar su misión diplomática en Kabul a nivel de embajada, ha sido percibido en Islamabad como una puñalada por la espalda.
Pakistán acusa directamente a los talibanes de haberse convertido en una "colonia de India", un giro dramático considerando que Islamabad fue el principal arquitecto y padrino del movimiento talibán en los años 90.
El interés de Pakistán:
El liderazgo talibán actual, aunque de línea dura, ha mostrado un pragmatismo que sus patrocinadores pakistaníes no anticiparon.
Una vez en el poder, su prioridad ha sido la supervivencia del régimen y la soberanía territorial.
Kabul busca activamente diversificar sus relaciones para no ser un mero títere de Islamabad. El acercamiento a India es una pieza clave de esta estrategia, ofreciendo a Nueva Delhi una puerta de entrada a Asia Central y un contrapeso a la influencia pakistaní.
Los talibanes han dejado claro que no aceptarán la injerencia pakistaní en sus asuntos. La retórica del portavoz Zabihullah Mujahid, acusando a "círculos específicos dentro de Pakistán" de desestabilización, subraya esta nueva postura desafiante.
Ya no son la milicia proxy que Islamabad puede controlar a voluntad.
Consolidar su poder rompiendo la dependencia de Pakistán. Esto implica equilibrar su relación con India sin romper del todo con Islamabad, y buscar el reconocimiento y la inversión de potencias como China y Rusia.
El conflicto actual no ocurre en el vacío. Se desarrolla en un momento de intensa competencia entre Estados Unidos, China y Rusia, y todos ven en esta crisis una oportunidad o una amenaza.
Este es el factor más explosivo y el que añade una capa de desconfianza absoluta. Tanto el gobierno talibán como analistas geopolíticos han señalado que la desestabilización actual podría estar siendo orquestada para justificar el regreso de Estados Unidos a Afganistán.
La base aérea de Bagram, a 40 km de Kabul, es una joya geopolítica. Desde allí EE. UU. puede proyectar poder sobre toda Asia Central, contener a China (su principal rival estratégico) y vigilar de cerca a Irán.
El expresidente Donald Trump ya advirtió que "en Afganistán pasarán cosas malas" si los talibanes no entregan la base.
En este contexto, el resurgimiento de atentados del ISIS-K (Estado Islámico Provincia de Jorasán) y la violencia fronteriza son funcionales a una narrativa que clama por una presencia militar estadounidense para "luchar contra el terrorismo" y "estabilizar" la región.
Portavoces talibanes han acusado explícitamente a "sectores militares paquistaníes" de actuar "en cooperación y a petición de grandes potencias" (EE. UU.) para desestabilizar Afganistán y recuperar el control de Bagram.
El interés de EE. UU.: Recuperar una posición militar estratégica en el corazón de Asia para sus esfuerzos de contención de China e Irán. La inestabilidad es el mejor argumento para lograrlo.
China observa con enorme preocupación la escalada. Pekín tiene dos prioridades en la región:
El Corredor Económico China-Pakistán, una pieza angular de su iniciativa de la Franja y la Ruta, pasa por regiones pakistaníes (como Baluchistán) que son extremadamente vulnerables al contagio insurgente desde Afganistán.
China tiene ambiciones de invertir en las riquezas minerales de Afganistán, pero eso requiere un mínimo de estabilidad.
Por ello, China ha actuado como mediador, pidiendo calma y diálogo a ambas partes. Su interés no es una escalada que pueda desestabilizar a su aliado Pakistán o sus proyectos de infraestructura, pero tampoco ver un regreso de EE. UU. a su frontera occidental.
Moscú y Teherán tienen intereses alineados en evitar el caos y, sobre todo, impedir el regreso de Estados Unidos a la región.
Ve con buenos ojos la diversificación de los talibanes (alejándose de EE. UU.) y mantiene canales abiertos con ellos. Le preocupa que la inestabilidad en Afganistán pueda contagiar a sus "aliados" en Asia Central (Tayikistán, Uzbekistán) y que el ISIS-K, al que consideran un producto de la inteligencia occidental, gane terreno.
Históricamente rival de los talibanes (a quienes casi llega a la guerra en 1998), Teherán ha adoptado un pragmatismo similar al indio. Mantiene relaciones comerciales con Afganistán y ve con buenos ojos cualquier fricción que debilite a su competidor, Pakistán.
Al igual que Rusia, su principal línea roja es que EE. UU. no vuelva a establecer una cabeza de playa en su vecindario.
La declaración de "guerra abierta" por parte de Pakistán no es una amenaza vacía, sino la constatación de que su vieja estrategia de control sobre Afganistán ha fracasado estrepitosamente.
Se encuentra ante un vecino desafiante que coquetea con su archirrival (India) y ante unos antiguos mandantes (EE. UU.) que podrían estar usando la violencia para regresar a la región.
El conflicto actual es, por tanto, una guerra por delegación (proxy) de múltiples capas:
El futuro de la región dependerá de si los esfuerzos mediadores de potencias con intereses en la estabilidad (China, Rusia, Qatar) logran contener la violencia antes de que la lógica de la guerra perpetua y el regreso de las potencias occidentales termine por incendiar todo el corazón de Asia.