Lawfare, competencia multidominio y la lucha por la gobernanza internacional. ¿Cómo está cambiando la naturaleza de la competencia? Las disputas por legitimidad sustituyen parcialmente a las de superioridad militar en el sistema multipolar.
Ensayo de análisis geopolítico
16-07-2026
El 15 de julio de 2026, un tribunal penal de Estambul emitió una orden de arresto internacional contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, por crímenes contra la humanidad, genocidio, tortura y privación ilegal de libertad en relación con la intercepción de la flotilla humanitaria Sumud y las operaciones militares en Gaza.11 La decisión, que busca la activación de una notificación roja de Interpol, no fue un acto aislado: se sumaba a una orden preliminar de noviembre de 2025 y a una acusación formal de abril de 2026 que solicitaba cadenas perpetuas para los líderes israelíes.11
El mismo día, Netanyahu declaraba en una entrevista a Fox News que Turquía era "un gran país, pero gobernado por un hombre que abiertamente pide la aniquilación de Israel". Horas antes, el presidente estadounidense Donald Trump, de visita en Ankara para la cumbre de la OTAN, había sugerido que reconsideraría la venta de cazas F-35 a Turquía, una decisión que, según Netanyahu, "destruiría el equilibrio de poder en Oriente Medio".
La coincidencia temporal de estos acontecimientos no fue fortuita. La retórica incendiaria —Erdoğan calificando a Israel de "Estado adicto a la guerra" y Netanyahu describiendo a Turquía como "un régimen infectado por los Hermanos Musulmanes que odia a Estados Unidos"1— ocultaba un fenómeno menos visible pero estratégicamente más significativo: la creciente instrumentalización del derecho internacional como arena de confrontación.
Lo que durante décadas fue una lucha predominantemente militar y diplomática se estaba transformando en una competencia multidominio —jurídica, narrativa, económica, diplomática, de inteligencia y ciberespacial— donde el lawfare emergía como un instrumento central para erosionar la legitimidad internacional del adversario sin recurrir a la confrontación militar directa.
La rivalidad entre Israel y Turquía no es nueva. Durante décadas, los dos Estados mantuvieron una relación compleja: aliados estratégicos durante la Guerra Fría, distanciados tras el ascenso de Erdoğan, tensos desde el incidente del Mavi Marmara en 2010.
Sin embargo, algo cambió después del 7 de octubre de 2023. Como señala un análisis del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel, "Turquía ya no se conforma con pasos simbólicos que incluyen retórica dura, condenas públicas y la retirada del embajador para consultas como parte de una protesta política focalizada; más bien, está llevando a cabo una campaña legal amplia y contundente contra Israel".
La novedad no reside en la dureza de las declaraciones —Erdoğan ya había comparado a Netanyahu con Hitler en diciembre de 2023— sino en la institucionalización de la confrontación. Turquía ha trasladado la batalla del terreno de la retórica al de los procedimientos judiciales, transformando a Israel de "blanco de condenas y acusaciones" en "un actor sujeto a procedimientos legales concretos".
El lawfare turco está "institucionalizado a través de tribunales, organismos de la ONU, organizaciones internacionales, foros comerciales, instituciones culturales y coaliciones diplomáticas".
Esta estrategia no es meramente táctica. Tiene un objetivo claro: "consolidar una narrativa duradera de culpabilidad sobre Israel, posicionándolo no como un Estado que enfrenta una amenaza de seguridad multifrente y actúa dentro de los límites de la legitimidad estatal, sino como un infractor internacional cuya conducta viola normas básicas y el derecho internacional, representando una amenaza regional y socavando el orden global".
En otras palabras, Turquía no busca simplemente ganar una batalla legal; busca reconfigurar la identidad internacional de Israel, transformándolo de "Estado judío democrático y aliado de Occidente" en "régimen que comete genocidio y viola sistemáticamente el derecho internacional". Como argumentaría Alexander Wendt, las identidades son la base de los intereses: si se logra cambiar la identidad de un actor en el sistema internacional, se transforman las expectativas sobre su comportamiento y, en última instancia, las alianzas que puede forjar y la legitimidad que puede reclamar.
Pero el fenómeno va más allá de la disputa bilateral. La campaña legal de Turquía se inscribe en una lucha estructural por la gobernanza del Mediterráneo Oriental y, por extensión, del orden internacional en su conjunto. Como observa un análisis de Foreign Policy, "la rivalidad de Turquía con Israel se ha convertido en una restricción estructural, que da forma a casi todos los expedientes regionales: Siria, el Mediterráneo Oriental, el cabildeo en Washington y el corredor del Mar Rojo-Cuerno de África".
Turquía no solo busca debilitar a Israel; busca redefinir los criterios de legitimidad internacional que deberían aplicarse en la región. Al hacerlo, desafía el monopolio interpretativo que tradicionalmente han ejercido las potencias occidentales sobre el derecho internacional y las instituciones globales. El ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, lo expresó sin ambages: "Israel no es solo un problema para Turquía, se ha convertido en un problema para todo el mundo"; es una "banda imprudente" que socava el orden internacional.
Este discurso resuena en un contexto más amplio de declive relativo del liderazgo occidental y de erosión del orden liberal internacional. Como ha argumentado G. John Ikenberry, el orden liberal internacional —construido tras la Segunda Guerra Mundial sobre instituciones multilaterales, apertura económica y cooperación en seguridad— enfrenta desafíos existenciales: nuevas potencias rechazan sus reglas, y el propio Occidente muestra signos de fragmentación y pérdida de centralidad.
La estrategia turca de lawfare puede interpretarse como un intento de ocupar los espacios de gobernanza que deja vacantes el debilitamiento de la hegemonía occidental. Turquía no busca simplemente ganar una batalla jurídica contra Israel; busca sentar un precedente sobre cómo deben juzgarse las acciones de los Estados en conflictos asimétricos, y legitimar su propio rol como defensor de los derechos de los palestinos y del mundo islámico frente a un orden internacional percibido como favorable a Israel.
Desde una perspectiva realista, la rivalidad entre Israel y Turquía es, ante todo, una competencia estructural por la maximización de poder e influencia en un Oriente Medio que ha quedado parcialmente vacío tras el debilitamiento de Irán.3 Como señala un análisis del Jerusalem Post, "con la puesta de sol sobre la hegemonía regional de Irán, el sol está saliendo sobre las ambiciones de Turquía".
Turquía, bajo el liderazgo de Erdoğan, busca posicionarse como la potencia hegemónica del Mediterráneo Oriental y el Levante, aprovechando su creciente industria de defensa —drones, misiles y sistemas blindados— que la ha convertido en "una de las potencias militares más capaces de la región".3 Israel, por su parte, intenta preservar su superioridad militar cualitativa, oponiéndose firmemente a la venta de cazas F-35 a Turquía.
La diferencia clave con otros momentos de la historia regional es que esta competencia no se está resolviendo mediante la guerra, sino mediante instrumentos no cinéticos —jurídicos, narrativos, diplomáticos— que sustituyen parcialmente a la confrontación militar. John Mearsheimer, argumenta que en un sistema anárquico los Estados compiten por poder; pero la forma que adopta esa competencia depende de las capacidades disponibles y de las restricciones del entorno. Turquía, al carecer de superioridad militar frente a Israel, ha encontrado en el lawfare un multiplicador estratégico que le permite compensar esa asimetría.
Un elemento que añade complejidad al análisis es la pertenencia de Turquía a la OTAN. Turquía es miembro de la Alianza; un ataque directo contra Israel —aliado clave de Estados Unidos— activaría mecanismos de contención estadounidenses y provocaría una crisis interna en la Alianza. Esta paradoja es, precisamente, lo que hace que el lawfare sea un instrumento tan atractivo para Ankara: permite dañar los intereses israelíes sin traspasar el umbral que desencadenaría una respuesta militar de la OTAN.
Pero la pertenencia de Turquía a la Alianza también genera tensiones internas. Turquía ha impuesto "un veto permanente en la OTAN sobre cualquier cooperación con Israel, incluyendo reuniones, ejercicios y mecanismos de coordinación, condicionando su renovación al fin de la guerra en Gaza". Esta estrategia, que utiliza los mecanismos de la Alianza para aislar a Israel, es un ejemplo perfecto de cómo el lawfare y la diplomacia se fusionan en una campaña coherente.4
Al mismo tiempo, la membresía de Turquía en la OTAN genera una paradoja adicional para Israel: el marco legal de la superioridad militar cualitativa israelí "nunca se ha aplicado a un miembro de la OTAN", lo que convierte la oposición israelí a la venta de F-35 a Turquía en un desafío diplomático tanto como militar. Netanyahu lo expresó con claridad en su entrevista a CNN: vender F-35 a Turquía "destruiría el equilibrio de poder en Oriente Medio porque Turquía, creo, tiene aspiraciones agresivas".
Más allá de los cálculos estratégicos, la rivalidad entre Israel y Turquía tiene una dimensión de identidad. No se trata solo de quién controla qué territorio, sino de quién es reconocido como actor legítimo en el sistema internacional.
Israel, por su parte, ha respondido a la campaña turca con sus propias armas narrativas. El 28 de junio de 2026, el gobierno israelí aprobó una resolución que reconoce formalmente el genocidio armenio.1 2 La decisión, calificada por el Ministerio de Asuntos Exteriores turco como un intento de "encubrir sus propios crímenes contra el pueblo palestino",1 fue interpretada por analistas como una respuesta directa a la ofensiva legal turca. En palabras de Erdoğan: "Israel tiene las manos manchadas con la sangre de 73 mil civiles inocentes en Gaza, la mayoría mujeres y niños".1 2
Esta guerra de memorias —quién fue víctima, quién perpetrador, quién tiene derecho a reclamar justicia— es un componente esencial de la competencia por la legitimidad. Ambas partes intentan reescribir la historia y el derecho para posicionarse como víctimas y al otro como perpetrador. Como señala un análisis del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional, "el núcleo del esfuerzo turco está destinado a consolidar una narrativa de culpabilidad sobre Israel".
La pregunta que subyace a todo este análisis es si el lawfare turco constituye una innovación táctica en la competencia geopolítica contemporánea o una mera retórica de poder doméstico. La evidencia sugiere que es ambas cosas, pero en proporciones desiguales.
Por un lado, el lawfare turco tiene un claro componente de política interna. Un análisis de Foreign Policy, señala que "la política electoral da al líder israelí un incentivo para inflar la amenaza", y lo mismo podría decirse de Erdoğan. La retórica anti-israelí moviliza a la base electoral islamista, refuerza el liderazgo de Turquía en el mundo musulmán y distrae la atención de los problemas económicos internos. Las encuestas reflejan esta dinámica: el 97% de los turcos tiene una opinión negativa de Israel, la cifra más alta entre 36 países encuestados.2
Por otro lado, el lawfare turco tiene consecuencias reales y duraderas que van más allá de la retórica. La campaña legal ha elevado el costo diplomático de Israel, ha contribuido a su creciente aislamiento internacional, ha creado obstáculos legales que dificultarán futuras mejoras en las relaciones bilaterales, y ha establecido precedentes que otros actores podrían seguir.
El Instituto de Estudios de Seguridad Nacional precisa que "las medidas turcas tienen implicaciones que van más allá del daño a las relaciones bilaterales entre los dos países, ya que contribuyen deliberadamente al deterioro de la posición de Israel y a su creciente aislamiento diplomático en la arena internacional".
Además, la campaña turca se ha extendido más allá del ámbito judicial. Turquía ha terminado todas las relaciones comerciales con Israel desde mayo de 2024, ha restringido el acceso a puertos y espacio aéreo4 y ha utilizado su influencia en la OTAN para vetar cualquier cooperación con Israel. Esta integración de instrumentos —jurídicos, económicos, diplomáticos— es lo que distingue la estrategia turca de una mera campaña retórica.
La rivalidad entre Israel y Turquía no es, por tanto, una mera disputa bilateral. Es un microcosmos de una lucha más amplia entre potencias establecidas y revisionistas por el control de los mecanismos de gobernanza global. Foreign Policy remarca que "Oriente Medio está entrando en una nueva fase definida por la competencia entre dos bloques emergentes: una coalición abrahámica y una coalición islámica".
La pregunta que subyace al caso Israel-Turquía no es solo "¿quién ganará esta batalla jurídica?", sino "¿quién tendrá la autoridad para decidir qué es legítimo y qué no lo es en el futuro orden internacional?". En este sentido, el lawfare no es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de una estrategia de competencia multidominio que busca redefinir las reglas del juego en el Mediterráneo Oriental y, por extensión, en el sistema internacional.
La probabilidad de un enfrentamiento militar directo entre Israel y Turquía sigue siendo baja. Ambas partes tienen incentivos para evitar una guerra que ninguna puede ganar decisivamente y que ambas pagarían con un costo desproporcionado. Pero la competencia por la legitimidad —quién es reconocido como actor legítimo, quién tiene derecho a fijar las normas, quién puede reclamar justicia— es una batalla que se libra todos los días, en tribunales, en organismos internacionales, en los medios de comunicación y en las narrativas que moldean la percepción global.
En un sistema internacional multipolar donde el poder militar ya no es la única moneda de cambio, la capacidad de movilizar el derecho, las narrativas y las instituciones como armas no cinéticas se está convirtiendo en una competencia tan crucial como la carrera armamentística. El caso de Israel y Turquía es un laboratorio de esta transformación: una advertencia de que, en el futuro, las guerras pueden no declararse con bombas, sino con escritos de acusación.
Este análisis forma parte de una serie sobre la rivalidad Israel-Turquía. Para un enfoque más prospectivo con datos y escenarios, consulte Israel vs Turquía 2026: análisis geopolítico completo