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04 Sep
04Sep

Entre la epopeya y la geopolítica, el elogio como instrumento de poder revela su permanencia desde los reyes míticos hasta los líderes contemporáneos.

Epitoma Rei Militaris


Relieve conceptual e hiperrealista en piedra envejecida donde aparecen Gilgamesh, Temístocles y Augusto en una escena diplomática.

Desde los albores de la civilización, el poder ha necesitado del elogio como espejo y del cálculo como escudo. En la epopeya de Gilgamesh, el rey de Uruk aprende que la fuerza sin reverencia es estéril: busca la inmortalidad no solo en la hazaña, sino en la palabra que lo exalta. Su diálogo con los dioses inaugura la adulación ritual, donde el reconocimiento se convierte en moneda política. 

En ese gesto primitivo se funda la diplomacia: persuadir mediante el elogio, fingir humildad para obtener favor divino o humano.

Siglos después, Temístocles, el estratega ateniense, perfeccionó esa técnica. Tras las Guerras Médicas, comprendió que la supervivencia de Atenas dependía tanto de la astucia como de la espada. Su trato con los persas y los espartanos fue una danza de elogios y silencios: aduló para ganar tiempo, para sembrar duda en el enemigo y confianza en el aliado. 

Su diplomacia calculada no era servilismo, sino inteligencia política: el elogio como arma invisible, la palabra como fortaleza.

En Roma, Augusto transformó la adulación en sistema. El príncipe no necesitó imponerse por la violencia, sino por la veneración institucionalizada. El Senado lo exaltó, los poetas lo divinizaron, y el pueblo lo adoró como símbolo de estabilidad. La adulación estratégica se convirtió en arquitectura del poder: un mecanismo de legitimación que fundía política y estética. 

Roma aprendió que el elogio sostenido puede ser más eficaz que el miedo.

En el tablero geopolítico contemporáneo, Vladimir Putin reproduce esa tradición milenaria. Su elogio hacia Donald Trump —envuelto en diplomacia calculada— no es un gesto de debilidad, sino una táctica de influencia. 

Como Gilgamesh ante los dioses, como Temístocles ante los imperios, como Augusto ante el Senado, Putin usa la palabra para moldear la percepción del poder. 

La adulación se convierte en estrategia: un lenguaje que disfraza la confrontación con cortesía, que transforma la rivalidad en aparente respeto.

Así, la historia revela una constante: el poder no solo se ejerce, se interpreta. La adulación es su teatro, la diplomacia su guion. Desde Uruk hasta Moscú, el elogio calculado ha sido la forma más refinada de dominación: un arte que convierte la palabra en instrumento de control y la cortesía en táctica de supervivencia.


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