
Columna
En el corazón del desierto de Sonora, México está trazando las coordenadas de su futura seguridad energética. El Plan Sonora, con el Parque Solar Puerto Peñasco como pieza de corona, no es solo una obra de infraestructura eléctrica; es un tablero donde convergen la ambición soberanista del Estado mexicano y la indiscutible hegemonía tecnológica de la República Popular China.
Con una inversión que supera los 1,600 millones de dólares, este megaproyecto liderado por la Comisión Federal de Electricidad (CFE) proyecta una capacidad total de 1,000 megavatios. Las cifras son contundentes: las primeras dos etapas ya suministran energía al noroeste del país, mientras que el horizonte de 2027 y 2028 marca la culminación de un ecosistema que incluirá almacenamiento masivo en baterías, una tecnología crítica para la intermitencia solar.

En el desierto de Sonora se levanta el proyecto fotovoltaico más ambicioso de América Latina. Con una inversión de 1,600 MDD y tecnología de gigantes chinos, la CFE busca conectar a Baja California y asegurar el suministro eléctrico.
Sin embargo, detrás de los paneles solares se esconde una compleja red de intereses que sitúa a México entre la necesidad de energía limpia y la influencia tecnológica de Beijing en la frontera con Estados Unidos.
Lo que hace a Puerto Peñasco un caso de estudio geopolítico es su ADN. Aunque el activo es 100% propiedad del Estado mexicano, su motor es predominantemente asiático. Gigantes como China Energy International Group y Chint Solar (Astronergy) han desplegado la ingeniería y los componentes necesarios, consolidando a Sonora como un nodo de influencia tecnológica china en la frontera más sensible de América del Norte.Para México, este movimiento representa un acto de equilibrio pragmático. Por un lado, busca la transición energética y la interconexión de Baja California al Sistema Eléctrico Nacional —una deuda histórica de infraestructura—. Por otro, integra proveedores chinos en un momento donde las cadenas de suministro globales están bajo el escrutinio del T-MEC y la política de nearshoring.
El cronograma es claro: la tercera fase entrará en operación en el verano de 2027, seguida por una cuarta etapa que sellará el destino de Puerto Peñasco como el parque fotovoltaico más grande de América Latina.
El éxito de este proyecto no se medirá únicamente en gigavatios hora enviados a la red o en hogares iluminados. El verdadero indicador será la capacidad de México para gestionar esta interdependencia tecnológica sin comprometer su posición estratégica en el bloque norteamericano. El Sol de Sonora brilla con fuerza, pero sus sombras se proyectan hasta los despachos de Washington y Beijing.