tiempo estimado de lectura : 12
19 Aug
19Aug

La ofensiva arancelaria contra Ottawa y la retórica del "estado 51" no son hechos aislados, sino expresiones de una lógica de presión destinada a aumentar la capacidad de Washington para condicionar las decisiones de su vecino norteño.


Manos tirando de dos piezas de ajedrez mediante una cuerda, las piezas simbolizan la lucha comercial entre EEUU y Canadá.

La relación entre Estados Unidos y Canadá atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas. No se trata solamente de una nueva disputa comercial ni de una excentricidad verbal del presidente Donald Trump. Lo que está en marcha es una dinámica de poder que combina aranceles, presión política, incertidumbre negociadora y una narrativa destinada a cuestionar, al menos discursivamente, la autonomía del vecino norteño.

En apariencia, el conflicto gira alrededor de tarifas, reglas de origen, acceso a mercados y sectores sensibles. En realidad, revela una disputa más profunda por las condiciones que habrán de regir la arquitectura económica de América del Norte y por la capacidad de Washington para condicionar las decisiones de uno de sus principales socios.


La economía como campo de coerción

Los nuevos aranceles estadounidenses de hasta 50% no afectan indiscriminadamente a todos los productos canadienses. Las medidas anunciadas por Washington se concentran en determinadas categorías y fueron justificadas por la Casa Blanca como respuesta a lo que considera prácticas discriminatorias de Canadá en sectores como los lácteos y las bebidas alcohólicas. La administración Trump incluyó, además, excepciones para determinados productos y mercancías sujetas a otros regímenes arancelarios.

La precisión importa porque el verdadero efecto de estas medidas no depende únicamente del porcentaje nominal del arancel. Las nuevas tarifas amenazaban con alcanzar aproximadamente 20,000 millones de dólares en exportaciones canadienses y afectar bienes que hasta ahora gozaban de la protección del T-MEC. Su impacto, por tanto, se extiende más allá del costo inmediato de importar: introduce incertidumbre en las decisiones empresariales, altera cadenas de suministro y coloca a sectores particularmente expuestos bajo presión.

Ahí aparece la dimensión coercitiva. El poder del arancel no reside solamente en cobrar un impuesto fronterizo. También reside en la amenaza de hacerlo, en la incertidumbre que genera y en la capacidad de utilizar esa amenaza para modificar el comportamiento del interlocutor.

La pausa anunciada esta semana lo demuestra con particular claridad. Trump suspendió durante tres días la entrada en vigor de los nuevos gravámenes mientras ambos gobiernos intentan cerrar un acuerdo. El presidente estadounidense afirmó que Washington y Ottawa habían alcanzado un entendimiento, pero el primer ministro Mark Carney señaló que todavía quedaba trabajo por resolver y las negociaciones continuaban.

La pausa, por tanto, no elimina necesariamente la amenaza. Puede convertirse en parte del mecanismo de presión: el castigo permanece como posibilidad mientras la negociación continúa.

El poder de la amenaza no reside necesariamente en ejecutar el castigo, sino en conseguir que el adversario negocie antes de que éste sea ejecutado.


La soberanía como mensaje político

La retórica de Trump sobre convertir a Canadá en el "estado 51" tampoco debería analizarse como un asunto separado de la disputa económica. Aunque la anexión no constituya una propuesta formal de política exterior, la reiteración de esa idea introduce una dimensión simbólica en una relación que ya se encuentra sometida a una fuerte tensión comercial.

En geopolítica, el lenguaje importa porque contribuye a definir el marco mental dentro del cual se desarrolla el conflicto.

Cuando un jefe de Estado plantea públicamente la posibilidad de que otro país deje de existir como Estado soberano para incorporarse a su propia estructura política, aunque lo haga de manera provocadora, el mensaje trasciende el terreno de la retórica electoral. Introduce cuestiones de identidad, soberanía y prestigio nacional en una relación que hasta hace poco estaba sustentada principalmente en la cooperación económica y estratégica.

La secuencia importa: cuando la independencia del interlocutor comienza a ser relativizada en el discurso político, la presión económica adquiere una dimensión que trasciende el comercio.

Canadá, por ello, no puede responder únicamente como negociador comercial. También debe responder como Estado.


Norteamérica bajo presión

La disputa revela, además, una transformación más amplia del orden económico norteamericano.

Durante décadas, Estados Unidos, Canadá y México construyeron una profunda interdependencia productiva que culminó en el actual T-MEC. Esa arquitectura no eliminó las asimetrías entre sus integrantes, pero permitió administrarlas mediante reglas compartidas.

La creciente utilización de medidas arancelarias y negociaciones bilaterales bajo presión introduce una lógica diferente. Cuando Washington negocia individualmente con sus socios y utiliza el acceso al mercado estadounidense como fuente de presión, la relación trilateral pierde parte de su carácter institucional y adquiere una dinámica más transaccional.

La fragmentación puede resultar funcional para la potencia dominante: negociar por separado reduce la capacidad de respuesta coordinada de los socios y permite extraer concesiones diferenciadas según las vulnerabilidades de cada uno.

Canadá enfrenta así un dilema clásico de los Estados de poder intermedio frente a una potencia hegemónica: resistir puede tener costos elevados, pero ceder también puede producir costos estructurales.

Si Ottawa acepta concesiones bajo presión, puede establecer un precedente que facilite el empleo futuro del mismo mecanismo. Si endurece demasiado su posición, puede provocar una escalada perjudicial para sectores productivos que dependen profundamente del mercado estadounidense.

La cuestión, por tanto, no consiste en elegir entre conflicto o sumisión. Consiste en encontrar un punto de defensa soberana que permita preservar la relación sin aceptar que la asimetría económica se convierta automáticamente en subordinación política.


La dependencia también tiene límites

Canadá posee una vulnerabilidad evidente: su economía está profundamente integrada con la estadounidense.

En 2025, Estados Unidos continuó siendo, con diferencia, el principal destino de las exportaciones canadienses de mercancías, aunque su participación descendió hasta 72.5%, frente al 76.3% de 2024. Al mismo tiempo, las exportaciones canadienses hacia mercados distintos del estadounidense crecieron con fuerza. El Gobierno canadiense señala que los mercados no estadounidenses ya representan el 32.8% de sus exportaciones totales de bienes y servicios, la proporción más alta en más de cuatro décadas.


Infografía sobre las exportaciones canadienses y su diversificación. Barras y diagramas con datos estadísticos ilustran la presentación.

Esto no significa que Canadá pueda desprenderse rápidamente de su dependencia estadounidense. No puede.

Pero sí significa que la presión de Washington puede producir un efecto paradójico: cuanto mayor sea la percepción de vulnerabilidad frente al mercado estadounidense, mayor será también el incentivo de Ottawa para diversificar mercados, cadenas de suministro e inversiones.

La coerción puede producir obediencia inmediata y resistencia estratégica futura.

Ésa es una de las paradojas del poder económico: el instrumento que permite imponer concesiones en el corto plazo puede, si se utiliza con demasiada frecuencia, estimular al adversario a reducir precisamente la dependencia que hace posible la coerción.


El fondo estratégico

Canadá posee recursos y capacidades que tienen un valor estratégico considerable para América del Norte: energía, minerales críticos, capacidad industrial, infraestructura, conocimiento tecnológico y una posición geográfica privilegiada entre los océanos Atlántico y Pacífico.

Por ello, los instrumentos utilizados por Washington permiten inferir una búsqueda de mayor capacidad de influencia sobre sectores estratégicos y cadenas de suministro continentales.

No es necesario suponer la existencia de un plan único y perfectamente articulado para reconocer esa tendencia. Basta observar la combinación de instrumentos: aranceles, exigencias de acceso a mercados, reglas de origen, presión sobre sectores específicos y utilización de la negociación comercial como mecanismo para obtener concesiones.

El objetivo inmediato puede ser comercial. Sus consecuencias, sin embargo, son geopolíticas.

Trump parece partir de una concepción del poder en la que el tamaño del mercado estadounidense constituye una fuente extraordinaria de capacidad de negociación. Esa premisa puede producir resultados de corto plazo. Pero si la presión se convierte en norma, también puede deteriorar la confianza y acelerar la búsqueda de alternativas.

Una potencia puede utilizar su superioridad para obtener concesiones. Otra cuestión, mucho más compleja, es utilizarla de tal manera que conserve la estabilidad del sistema que pretende dirigir.

La hegemonía, cuando se ejerce sin prudencia, deja de ser orden y puede convertirse en desgaste.


Conclusión

Lo que ocurre entre Estados Unidos y Canadá constituye una advertencia sobre una determinada concepción del poder internacional: una política en la que la economía puede convertirse en instrumento de presión, la palabra en mecanismo de humillación y la negociación en una prueba de resistencia.

El arancel no es necesariamente el fin; puede ser el medio.

El “estado 51” no es una propuesta formal de anexión; pero tampoco es una expresión políticamente neutra cuando se emplea reiteradamente para describir el futuro de un Estado soberano.

Y el acuerdo que Washington y Ottawa intentan cerrar todavía no puede considerarse la resolución definitiva de la disputa. La pausa de tres días anunciada por Trump ha abierto una ventana de negociación, no ha eliminado la asimetría que originó la presión.

Canadá conserva margen de maniobra, aunque no ilimitado. Su fortaleza reside precisamente en su capacidad para resistir sin romper, negociar sin humillarse y defender su soberanía mientras reduce, gradualmente, las vulnerabilidades que permiten ejercer presión sobre ella.

Ahí se encuentra la verdadera batalla.

No en el porcentaje de un arancel, ni en una declaración presidencial aislada, sino en la capacidad de un Estado para preservar su autonomía cuando su principal socio económico dispone de instrumentos extraordinarios para condicionarla.

Porque la cuestión de fondo no es cuánto puede soportar Canadá antes de ceder.

Es cuánto tiempo puede una potencia utilizar la dependencia de su vecino como instrumento de poder antes de provocar que ese vecino empiece, precisamente, a liberarse de ella.



Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.