Si Marruecos pudo doblegar a España, no fue por su fuerza, sino por una debilidad que tiene nombre desde 1930.
Policy brief
Leonardo Gargallo Hernández
Cuando miles de jóvenes cruzaron nadando la frontera de Ceuta en mayo de 2021 y de nuevo en 2026, la mayoría de los analistas en Madrid y Bruselas hicieron la misma pregunta:
¿qué quiere Marruecos? Sin embargo, lo que habría preguntado José Ortega y Gasset sería: ¿qué le ha pasado a Europa para que pueda ser chantajeada por abrirle una puerta?
La rebelión de las masas, publicada en 1930, no es un libro sobre migración. Trata sobre el suicidio de una civilización por confort.
Para Ortega, la historia de Europa hasta el siglo XX fue la de una tensión creadora entre dos tipos antropológicos, no económicos. La minoría selecta es aquel hombre que —sea obrero, ingeniero o duque— vive exigiéndose a sí mismo. Siente la vida como disciplina, como un deber de estar a la altura de la cultura que le precede. El hombre-masa es su opuesto: sea rico o pobre, es quien se siente completo en sí mismo, sin carencias, satisfecho de ser tal cual es. No necesita superarse; solo necesita que el mundo siga dándole facilidades.
El drama de 1930 y más aún el de 2026 es que la técnica, la medicina y el Estado liberal crearon un nivel de bienestar inédito. El hombre-masa nació en un mundo lleno de comodidades que él no creó y que, por tanto, no comprende ni valora. Es, en la definición inmortal de Ortega, "el niño mimado de la historia".¹
El niño mimado cree que la casa siempre estuvo caliente, que la nevera siempre estuvo llena y que la frontera siempre estuvo cerrada por naturaleza. Desconoce el esfuerzo de fontanería, electricidad y vigilancia que todo ello requiere. Y cuando se le pide un sacrificio para mantenerlo, se indigna. Pide al Estado que lo solucione todo, pero a la vez desprecia a ese Estado por no ser perfecto.
Esa es exactamente la psicología de la Europa que vivió la crisis de Ceuta: una Europa que quiere seguridad sin ejército, fronteras sin guardias, energía sin centrales y opinión sin estudio. Una Europa que, ante el chantaje, prefiere pagar.
Ortega introduce dos conceptos que hoy resultan proféticos.
El primero es la "barbarie del especialismo". El experto que sabe todo sobre su parcela minúscula —un algoritmo, una subvención europea o un protocolo de asilo— pero es un completo analfabeto en historia, estrategia y naturaleza humana. En Bruselas, durante la crisis de Ceuta, no faltaron especialistas en derecho migratorio que explicaron que Marruecos violaba convenios internacionales. Ninguno supo explicar por qué lo hacía ni cómo responder. El especialista es el nuevo bárbaro, porque su hipercompetencia técnica esconde una incultura radical sobre el conjunto.²
El segundo es el hiperdemocratismo: no la democracia liberal que Ortega defendía, sino la perversión por la cual toda jerarquía del espíritu se considera opresión. Si todas las opiniones valen lo mismo, la valoración del ingeniero sobre cómo gestionar una frontera tiene el mismo peso que la de quien opina solo por indignación pasajera. El debate público se convierte en un coro de hombres-masa que gritan sus derechos, incapaces de articular un deber común.
Frente a ellos, el otro lado no actúa como hombre-masa. Marruecos, Turquía o China son actores que Ortega habría reconocido como "minorías" en sentido histórico: no porque sean mejores moralmente, sino porque tienen un proyecto. Tienen hambre, disciplina y una idea clara de lo que quieren ser en cincuenta años. El Sahara, el neo-otomanismo, la reunificación: proyectos discutibles, pero proyectos al fin. Y aquí se revela una ley: un proyecto siempre derrota al confort.
Lo que en el Policy brief Coerción geopolítica: cómo los Estados convierten la frontera en arma se define como la asimetría invertida no es solo una técnica geopolítica, sino el síntoma de la rebelión de las masas a escala continental. Funciona mediante el mecanismo llave – palanca – negación, y solo actúa si el dueño de la casa ya no quiere serlo.
La llave funcionó porque Europa descuidó el cuidado de sus fronteras, sus reservas de litio, su suministro de gas y otros activos estratégicos. Actuó como el niño mimado que entrega la llave de su casa al vecino para no tener que levantarse a abrir la puerta: fue una forma burocrática de decir "no quiero hacerme cargo".
La palanca —la presión mediante la llegada masiva— funcionó porque el hombre-masa europeo es impresionable y sentimental. Ortega decía que la masa "no atiende a razones, solo a emociones y eslóganes". La imagen de ocho mil personas en una playa desbordó emocionalmente a una sociedad que ha perdido la capacidad de pensar estratégicamente y solo sabe reaccionar desde el juicio moral. Esa hipertrofia moral se usó como arma.³
La negación funcionó porque la sociedad del hombre-masa ha convertido la ingenuidad en virtud. Preferimos creer que "fue un fallo técnico" o "una turba espontánea" antes que aceptar la dura realidad de que estamos siendo coaccionados.
Aceptarlo exigiría una respuesta que implica sacrificio, y el hombre-masa odia el sacrificio.
Por eso Marruecos no necesita ganar una guerra. Le basta con poner un espejo delante de nosotros.
Ortega no era pesimista. Terminaba La rebelión de las masas con una llamada a Europa para reconstruir un proyecto que la ilusionara: una "gran empresa común" que obligara a los individuos a superarse.⁴
La lección de Ceuta leída con Ortega es incómoda: no resolveremos la coerción construyendo muros más altos o entregando pagos mayores. Eso no es más que seguir siendo el niño mimado que paga para no enfrentar la realidad.
La única respuesta es dejar de ser masa. Volver a entender que una frontera —como una casa— no existe por naturaleza. Existe porque alguien, día tras día, hace el esfuerzo de mantenerla, defenderla y merecerla.
Y eso exige lo que el hombre-masa más detesta: disciplina, jerarquía del conocimiento y sentido del deber.
Mientras Europa no recupere esa ética propia de la minoría selecta, seguirá enfrentando los mismos problemas. Y cada uno de ellos, inevitablemente, acabará siendo su dolor.
Lectura recomendada: Creonte-Antígona | El poder estatal entre la presión selectiva y la coerción diplomática.