La caída de aliados estratégicos de Moscú y Pekín en Medio Oriente y América Latina sugiere un momento de ventaja táctica para Washington, pero no necesariamente una transformación definitiva del equilibrio global.

Marcador provisional en la disputa hegemónica: Estados Unidos toma ventaja sobre el eje euroasiático.
El 8 de diciembre de 2024, cayó el ex presidente de Siria, Bashar al-Ásad. Para Rusia y China, Siria no era solo un aliado ideológico, sino un nodo estratégico clave. El líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, señaló a Israel y Estados Unidos como responsables de la rápida caída de Ásad.
El 3 de enero de 2026, Estados Unidos llevaron a cabo una incursión militar en Venezuela, incluyendo bombardeos sobre Caracas y bases estratégicas, y la captura del ex-presidente Nicolás Maduro, lo que desató protestas diplomáticas de Rusia, Irán y Cuba.
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel atacaron Irán provocando la muerte del líder supremo (político y religioso) Alí Jamenei, y una serie de condenas cruzadas en el Consejo de Seguridad de la ONU, así como pedidos de desescalada, con Rusia insistiendo en que se priorice una solución política basada en derecho internacional.
Como vemos, la administración Trump ahora tiene un giro activo en política exterior, más centrado en la proyección de poder que en el tradicional enfoque aislacionista, lo que ha generado tensiones mayores con Rusia y China, así como en América Latina.
Sin embargo, estos conflictos muestran que el “marcador” no es unilateral: hay contragolpes, alianzas regionales y una amenaza real de escalada más amplia.
Rusia ha condenado rotundamente los ataques en sus zonas de influencia, especialmente en Venezuela e Irán, y ha pedido réplicas diplomáticas y políticas en foros internacionales.
China ha denunciado el uso de negociaciones como cobertura para intervenciones militares, subrayando la necesidad de respetar el derecho internacional y la soberanía de los Estados.
Ambos países continúan manteniendo relaciones estratégicas con varios actores globales (como Irán y regímenes opositores a Washington) y no están retirados del escenario global, sino posicionándose en términos diplomáticos, económicos y militares.
Lo que está ocurriendo no es simplemente una goleada unilateral, sino un momento de transición profunda en las relaciones internacionales:
El mundo que predominó desde 1991 ha estado sujeto a tensiones crecientes entre grandes potencias, con esfuerzos por reformular su posición global —desde Asia y Medio Oriente hasta América Latina y Europa.
Conflictos múltiples —Ucrania aún latente, tensiones en el Caribe, Oriente Medio y África— muestran que el tablero global tiene varios frentes que no se “resuelven” fácilmente. En otras palabras, ninguna gran potencia tiene hegemonía absoluta; todas están compitiendo por influencia, recursos y alianzas en un entorno multipolar.
Estados Unidos ha ejercido acciones decisivas recientemente en varios frentes, pero no ha logrado una victoria diplomática o estratégica definitiva: hay fuertes reacciones de rivales, crisis legales internacionales y varias zonas de conflicto activo.
Rusia y China, aunque bajo presión en ciertas áreas, todavía mantienen capacidades de contrapeso —político, económico y militar— y no están fuera de la competencia global.
Geopolíticamente, esto no es un partido decidido con marcador final: lo que vemos es una sesión constante de juego ofensivo y defensivo entre grandes potencias en múltiples frentes, con resultados aún muy abiertos.
Conviene matizar que:
La cuestión de fondo no es solo si Estados Unidos “marca goles”, sino si esos avances tácticos se traducen en consolidación institucional, estabilidad posterior al cambio de régimen o expansión duradera de influencia. Históricamente, en Medio Oriente, la fase posterior al “gol” suele ser la más compleja.
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Análisis de Estrategia Global e Inteligencia Geopolítica
"Anticipando el tablero mundial, un movimiento a la vez”